OIDORES OLVIDADIZOS

Muchos oyen la palabra y luego la olvidan, como un reflejo de lo acontecido en la parábola del sembrador. En el Nuevo Testamento aparecen dos textos referidos al oír y al hacer, como vocablos entrelazados, uno dependiente del otro. Santiago nos dice que no seamos oidores olvidadizos, mientras Pablo nos habla de los oidores de la ley frente a los hacedores de ésta. Los que no solamente oímos la ley de Dios sino que la hacemos, somos los justificados (Romanos 2:13 y Santiago 1:22). ἀκροατής (AKROATÉS) es quien oye y escucha, el que pone atención sobre lo dicho, sobre aquello que oye del Espíritu que testifica de Jesús el enviado. La persona que pone atención a los mensajes de la Escritura puede hablar sobre ella, pero si no hace conforme a lo escrito de nada le sirve. Un compromiso se yergue sobre los hijos de Dios, el de la acción como consecuencia de lo que oye. El vocablo griego usado es ποιητής, (POIETÉS), un hacedor, un poeta. La palabra viene como estímulo para la actuación, no como un ejercicio solamente retórico sino como praxis de vida. Lo que les aconteció a los judíos que oyeron el mensaje de Moisés (y no solamente a ellos sino a todos aquellos que escucharon al respecto cuando se leía en las sinagogas los escritos del Antiguo Testamento) parecieron no entender. Eso se demuestra por su arraigo religioso que ilustraba su apego a la letra pero con distanciamiento de la justicia. A Jesús no lo comprendieron sino que lo crucificaron, precisamente en nombre de esa ley que oyeron pero que no hicieron.

Una ironía divina aparece de nuevo en las páginas bíblicas, ya que por no oír la ley hicieron exactamente lo que la ley decía: condenaron al Hijo de Dios para que la Escritura se cumpliese: Maldito todo aquel que es colgado de un madero. Gracias a esa maldición sufrida por el siervo justo, muchos fuimos justificados. Pero igual ironía cayó sobre Judas el Iscariote, porque él iba conforme a las Escrituras para que se cumpliese. Así que los desobedientes a la palabra divina parece que fueron ordenados a tropezar con ella, contra la roca que es Cristo.

La ley ha de cumplirse no en sentido literal sino espiritual, ya que su espíritu demuestra el propósito del dador de la ley. Al Señor lo criticaban porque sanaba enfermos en día sábado, por su forma de romper con la literalidad de la ley. Los que lo criticaron habían olvidado la justicia y la misericordia encerrada en esa ley del Dios de amor y de justicia. Claro, la ley requiere una obediencia perfecta para evitar su maldición, pero para ello nadie es suficiente ante ella.

Descarriado el hombre frente a la imposibilidad de guardar la ley en un todo, quedó fuera de la gloria de Dios. Para dar solución a ese problema general de la raza humana, quiso Dios preservar a un pueblo para la alabanza de la gloria de su misericordia. De esa manera se propuso desde los siglos adoptar una familia de hijos, para que heredase las bendiciones celestiales. De igual forma, para cumplir con su propia justicia, porque Dios no iba a saltársela ni siquiera por su pueblo escogido, envió a su Hijo para que recibiera el castigo de todo el pecado de su pueblo (Mateo 1:21). De esta forma hubo un intercambio en la cruz del Calvario, por un lado, el Hijo de Dios recibió la maldición y castigo por el pecado, mas por el otro lado, nosotros, el pueblo escogido, vinimos a ser declarados justos por medio de la justicia del Hijo.

En otros términos, Cristo llegó a ser la justicia de Dios y por eso se convirtió en nuestra pascua. Somos justificados por la fe de Cristo, para lo cual hemos de oír el evangelio y convertirnos en hacedores de la palabra de Dios. No que podamos hacer toda la ley porque nadie lo puede lograr, sino que habiendo Cristo cumplido toda la ley se nos imputa a nuestro favor ese trabajo imposible para nosotros. Pero nos queda un deber para con Dios frente a esa dádiva inconmensurable: convertirnos en hacedores de la palabra escrita. ¿Cómo lograrlo, si ya hemos afirmado que resulta imposible?

Bien, el deber ser fue instaurado y nosotros debemos reconocerlo. Esto para no descuidarnos en los trabajos de la carne, como si por no cumplir toda la ley no procuremos dar servicio a ella. La ley del pecado nos gobierna los miembros (Romanos 7), pero damos gracias a Dios por Jesucristo quien nos librará de este cuerpo de muerte. En tal sentido, somos oidores y hacedores de la ley en tanto poseemos la justicia de Jesucristo. Fue un acto judicial divino el que ocurrió para nuestro beneficio: Jesucristo tomó nuestro pecado y pagó por él, mientras nos concedió al mismo tiempo su justicia perpetua.

Pero tanto Santiago como Pablo nos instan a no ser oidores olvidadizos sino hacedores de justicia o de la ley divina. Esto significa que tenemos ese deber ser pendiente, una tarea diaria para marchar hacia la perfección. Es como si mirásemos al espejo para contemplar nuestro rostro y valorar si hemos mejorado la apariencia o si todavía debemos tratar de mejorar la imagen. La Biblia nos habla de la predestinación para ser semejantes a la imagen de Jesucristo y precisamente esa se convierte en nuestra tarea. Es un trabajo cotidiano, no de un instante, sino dado en un proceso de vida donde nos erguimos pese a nuestras caídas.

El creyente sabe que si ha pecado abogado tiene para con el Padre, a Jesucristo el justo. Entiende que si confesamos nuestros pecados, Jesucristo es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9). En alguna medida somos como los artistas que se esmeran en sus obras, pero que nunca quedan satisfechos porque quisieran haber podido expresarla en una mejor forma. Sin embargo, para evitar cualquier crisis de frustración y abandono, miramos hacia el Cristo que como enviado de Dios fue constituido como la justicia del Padre. En ese sentido seguimos a la meta del supremo llamamiento.

Los judíos del momento apostólico fueron condenados por haber sido oidores de la ley y no hacedores de ella. También les acontece lo mismo a los gentiles, es decir: toda la humanidad caída en Adán corre el mismo peligro y la misma maldición. Convertirse en hacedor de la ley resulta un imposible para el hombre caído (muerto en delitos y pecados), por lo cual muchos hombres de religión colocan su propia justicia al lado de la de Jesucristo, como si ese acto pudiera ayudarlos a ser hacedores de la ley. Pablo resulta enfático cuando escribe en Romanos 10 sobre los que tienen celo de Dios pero no conforme a ciencia. Así que la recomendación queda para nosotros, para que miremos la justicia de Dios que es Jesucristo, sabiendo que por su perfección resulta imposible sumarle la nuestra (por inexistente y por imperfecta). Además, lo que ya es perfecto no necesita completar nada más. En realidad, Jesucristo vino a ser la justicia de Dios porque fue un Cordero sin mancha, ordenado para ese fin a favor del pueblo escogido desde los siglos. Jesús murió por todos los pecados de su pueblo, no por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9).

Si escuchamos esta verdad legal y solamente la oímos, no estamos haciendo nada bueno. Seremos hacedores de esa ley en tanto comprendamos que por el conocimiento del siervo justo seremos justificados (Isaías 53:11). Estamos en presencia de un hacer por comprensión, pero ese entendimiento lo da el Espíritu con el nuevo nacimiento. Si no fuere de esa manera, seríamos semejantes a los judíos descritos en Romanos 10, los cuales teniendo celo de Dios ignoraron la justicia divina que es Jesucristo. Y Jesucristo es justicia de Dios para los que el Padre ha llamado como hijos herederos de la bendición celestial (Juan 6).

César Paredes

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