CARGA PESADA (MATEO 23:4 Y 11:28)

Jesucristo ofreció a sus seguidores que fueran a él todos los que estuvieran trabajados y cansados, porque él los haría descansar. Los fariseos colocaban cargas pesadas que ni ellos se atrevían a mover con un dedo, ni siquiera se molestaban en dar un movimiento en apoyo a favor de aquellos a quienes turbaban con sus recomendaciones jurídico-teológicas. La religión convierte en oneroso cualquier pensamiento para que de esa manera el individuo ofuscado por su culpa acuda con diezmos y ofrendas como si hiciera una penitencia. No solo el orden económico resulta oneroso, también se turba la mente con la idea de la culpa.

Un fariseo estaba acostumbrado a recomendar actividades para expiar el pecado, mientras ellos se creían a sí mismos libres de condenación. En realidad, Jesucristo los calificó como sepulcros blanqueados, podridos por dentro. Cualquier trabajo humano deviene obra de hombre inútil, ante el tamaño de la infracción cometida contra el Hacedor de todo. La dimensión del pecado no puede ser medida, el daño que ocasiona resulta enorme, lo que la sentencia bíblica demuestra: la paga del pecado es la muerte (Romanos 6:23).

Esa muerte se define eterna, frente a la vida otorgada por Dios como su dádiva ofrecida a todos los que son suyos. La vida eterna en Cristo Jesús vino como contraparte de la muerte que encubría la serpiente antigua, cuando dijo que nada malo pasaría si desobedecían al Señor. La promesa satánica anunciaba que seríamos como dioses, cosa que no anhelaban en lo más mínimo ni Adán ni Eva. Pero como el diablo siempre quiso ser como Dios, procuró subir al trono del Altísimo y ser como Él. Su maldad surgió como producto de su soberbia, de la altivez propia de la divinidad que se propuso ser. Su deseo fue transferido a las primeras criaturas humanas.

Ciertamente, conocimos el bien y el mal, pero este último se apoderó de nosotros. Cada cual se apartó por su camino, no quiso conocer a Dios (al verdadero), habiendo caído en injusticias apareció la enemistad contra el Creador. El enojo divino no se hizo esperar pero como todo estuvo sujeto al plan que el mismo Dios había ideado desde los siglos, el hombre no fue borrado de la faz de la tierra. Ya el Cordero de Dios había sido ordenado desde antes de la fundación del mundo, es decir, deste antes de la caída de Adán. Ese Cristo aparecería en el tiempo apostólico para beneficio de su pueblo escogido (1 Pedro 1:20).

Jesús ofreció el descanso, el reposo continuo, el alivio de la culpa. Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados, ofreciéndose como Cordero sin mancha, sin pecado alguno, a través de un sacrificio perfecto. Al expresar en la cruz que su trabajo había sido consumado, el inconveniente para la enemistad contra el Creador fue eliminado de en medio. Entonces apareció la esperanza por medio de la luz que existe en el rostro de Jesucristo, para alumbrar dos cosas antagónicas: 1) el pecado humano; 2) el camino para la restauración del corazón del hombre. 

El arrepentimiento al que hemos sido llamados implica un cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y a quiénes somos nosotros. Por un lado comprendemos la absoluta soberanía de Dios, pero al mismo tiempo miramos nuestra pequeñez, limitación y miseria. No hay justo ni aún uno, dice el Señor; no hay quien haga lo bueno. Aún la ofrenda del impío resulta en una abominación a Jehová. Las acciones buenas propuestas por los fariseos fueron cargas pesadas que no se pueden mover para borrar ni un solo pecado. La enemistad del hombre con Dios no se quita con limosnas, con sacrificios humanos, con penitencias y azotes. La memoria de la culpa no se borra y continúa como tormento eterno. 

En cambio, toda la infracción del hombre arrepentido para perdón de pecados viene a ser borrada en forma absoluta, al mismo tiempo que todo pecado del hombre redimido es arrojado al fondo del mar. Esta metáfora nos ayuda a comprender que el Señor no mirará más nunca nuestro pecado porque la limpieza que hiciera Jesucristo resultó suficiente como justicia interpuesta entre Dios y el pecador. En un sentido el pecado fue eliminado en la cruz, por lo que Juan el Bautista tenía razón al decir que Jesús era el que quitaba el pecado del mundo. Pero al mismo tiempo son miles los que mueren sin esa limpieza de sus manchas porque no fueron bendecidos con el levantamiento de las cargas pesadas de la culpa eterna.

Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cansados, y yo os haré descansar. Esa es la oferta de Jesús para todos aquellos que están atados a una conducta hostil contra ellos mismos. El pecado es una atadura de una carga en nuestros lomos, implica un dolor por el esfuerzo continuo por eliminarla. El saber que otros dirigen sus miradas hacia nuestros errores puede afligir al alma sensible. Hay almas con callosidades, con conciencias cauterizadas por el pecado, acostumbradas a la suciedad y que no perciben las cosas del Espíritu de Dios. Jesús sigue llamando como lo hace cualquier persona que ha nacido de nuevo, con el anuncio de la esperanza para una mejor vida. 

La obstinación humana puede conducir no solo a la tumba, sino a la condenación eterna. En la crucifixión de Jesús vemos a dos malhechores a su lado; uno fue más sensible que el otro. En un ladrón cargado y cansado se produjo el arrepentimiento para perdón de pecados, el que da el Espíritu a los que son suyos. En el otro, la hostilidad ante el dador de la vida prevaleció por su dureza de corazón. Este último hacía burlas al Señor, pretendiendo ser oído como si el Cristo podría salvarlo si se salvara a sí mismo. Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y también a sálvanos a nosotros (Lucas 23:39). Ese malhechor anduvo por el camino de una fe equivocada.

La fe desafiante es la misma utilizada por Satanás cuando probó al Señor en el desierto. Si tú eres Hijo de Dios, fue el sintagma preferido por el tentador. Ese desafío continúa en esta vida en las almas cuya conciencia permanece cauterizada. Dios no va a demostrarle a nadie que Él es el Señor como si de un número de magia se tratara; Dios llama a sus ovejas al redil, en tanto el Buen Pastor dio su vida por esas ovejas. El Espíritu es el que da vida, se mueve como quiere y nadie puede ver de dónde viene. 

Herodes ponía mucha atención al discurso de Juan el Bautista, como queriendo comprobar sus palabras y en un esfuerzo por conocer su sentido. Sin embargo, ese interés se opacó por el grito de su lujuria, al ceder a la petición que se le hiciera de servir en bandeja la cabeza del profeta. Esto sirve de reflexión para aquellas personas que se interesan en la palabra de Dios pero cuya conciencia continúa esclava del pecado. Arrepentíos y creed en el evangelio, para que podáis disfrutar del descanso ofrecido por Jesucristo. Para esto nadie es suficiente, pero para Dios todas las cosas son posibles.

César Paredes

cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

absoluta soberania.org

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