NOS HAN MENTIDO

Nos han mentido una y otra vez, con el cuento de la evolución de las especies. En el siglo XIX se promovió a Darwin para destruir la infalibilidad de la Biblia, de tal forma que pudieran los políticos cercenar las bases de la monarquía impuesta por Dios. Esa también fue otra ilusión, la de aceptar cualquier despotismo monárquico como si hubiese de aceptarse la injusticia sin crítica alguna. Pero más allá de lo político, quedó como un baluarte biológico la tesis de la evolución, dándose por verdad probada la cercanía entre el ADN humano y el de los chimpancés.

La tesis de la evolución asegura que todos los seres en la tierra evolucionaron a partir de un ancestro común. Además, añaden que la evolución de los seres vivos se ve impulsada por procesos naturales. Se habla del estado de necesidad, en la medida en que el medio ambiente exige el desarrollo de una habilidad el ser vivo la desarrolla aunque tenga que proceder a rediseñar la forma de un órgano, o la aparición del mismo. Acá cabe preguntarse quién le dio a la ameba (organismo microscópico unicelular) la idea de la necesidad del ojo, porque si no veía no sabía que le era necesario ver.

La idea de que Dios concibió a todas las criaturas del planeta fue una voz casi universal, hasta la tesis de Charles Darwin. Una ideología atea se ha erguido detrás de la tesis de la evolución, otorgándole amparo para que diga en alta voz que Dios no tuvo nada que ver con el relato de la creación. Pero de igual manera aparece una contraideología, la que ataca a la ciencia como si fuese una gran mentira que está en enemistad contra Dios. Recordemos oportunamente al apóstol Pablo, quien nos hablara de la falsamente llamada ciencia. Así que ciencia es conocimiento, pero la falsa ciencia resulta un engaño en todo sentido.

Los que desean reconciliar la Biblia con la Teoría de la Evolución de las Especies señalan el aspecto lírico del relato de la creación. En cambio, apuntan, la ciencia tiene un método diferente para exponer los hechos. Surge el Diseño Inteligente como una postura de los hombres de fe, un Dios diseñador, un Ser Inteligente que ideó todo cuanto acontece. Tal vez el relato del Génesis expone un conjunto de metáforas que no necesitan estar contra la ciencia, ya que ésta tiene un punto narrativo distinto. Nos encontramos con el principio religioso de un Dios organizador frente a la teoría de la selección natural. ¿Pueden ambas tesis pretender reconciliarse?

Esta confrontación reconciliada supone partir de la Biblia como una lírica que al igual que el arte pretende dar sentido a la vida; en cambio, la ciencia daría cuenta del origen de lo que existe. Sin embargo, el creacionista se pregunta cómo apareció el pecado en la tierra y cuáles fueron sus consecuencias. Al parecer, la Biblia asegura que la muerte no entró al mundo sino por el pecado; en otros términos, el cristiano debería escoger si los parámetros de la teoría evolutiva son suficientes para opacar el hecho del pecado y la muerte como consecuencia.

La tesis de la evolución plantea ensayo y error en los procesos naturales, con la aparición de múltiples fósiles que probaron muerte, desde hace millones de años. Pero la Biblia data la aparición del hombre apenas 6.000 años atrás. ¿Qué pasó con esos restos humanos que testifican de la muerte antes de que entrara el pecado en el mundo? Al parecer resulta irreconciliable una tesis con la otra, a no ser que el eclecticismo nos conduzca a la aventura de la asimilación de las dos posturas.

El antagonismo de la Biblia con la evolución se despliega en sus páginas. Dice el necio en su corazón: No hay Dios (Salmo 14:1). Asegura la Escritura que las cosas invisibles de Él (Dios), su eterno poder y deidad, se hacen visibles en forma clara desde la Creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas (Romanos 1:20). Dios como Creador de todo cuanto existe viene a ser el objeto de las páginas bíblicas, para demostrar la gloria del Altísimo. Puede haber inteligencia en los científicos, pero su necedad al negar al Creador los delata como no sabios (Proverbios 1:7). Sí, vale la pena colocar el texto: El principio de la sabiduría es el temor de Jehová. Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza.

La historia nos ha demostrado que pese a la negación de ciertos eventos relatados en la Biblia, con el paso del tiempo la arqueología ha encontrado pruebas de la veracidad de sus páginas. Así sucedió con los Hititas, con la destrucción de Sodoma y Gomorra, ciertos episodios narrados en el libro de Jeremías, para mencionar algunos pocos. Así que la arqueología bíblica ha probado datos históricos descritos en el relato de la Escritura, de los que en tiempos anteriores se dudaba (por ejemplo, el Túnel de Ezequías, el estanque de Siloé, el Gólgota, etc.).

De igual forma algunos físicos han expuesto sus investigaciones que apuntan a una coherencia del relato bíblico. Por ejemplo, un físico de la extinta Unión Soviética llegó a la conclusión de que la tierra no podría tener más de 20.000 años de edad. Su síntesis se basó en los datos de medición de la radiación que el planeta recibe a diario y en la radiación que expele. Si se computa la radiación restante, en un período mayor a 20.000 años hacia atrás, la cantidad de radiación acumulada en el tiempo implicaría una explosión en partículas hasta la extinción del planeta. Esa interesante aseveración no tiene eco en los medios de comunicación controlados por las fuerzas de los Estados interesados en la negación de la palabra de Dios.

De igual forma la medición del carbono 14 resulta un hecho curioso. Tal vez sea un ´reloj´ que permita medir correctamente dentro de un espectro de tiempo, pero no lo haría convenientemente en un período de tiempo mayor. Hay pruebas de radiación aumentada después de la explosión de la bomba atómica en 1945, así como de otros ensayos atómicos posteriores. Tal vez el planeta se vio sometido a influencia radioactiva por cataclismos que alteraron la medición de este prestigioso reloj científico.

En fIn, confiemos en la palabra de Dios antes que en la falsamente llamada ciencia. Ciertamente, la ciencia verdadera es obra de Dios, debemos usarla y aplicarla en todo momento. Ella no está reñida con la lógica que el Creador nos ha dado, ya que Él mismo es el Logos eterno. En el principio era el Logos (el Verbo), dice Juan en su evangelio, por él fueron creadas todas las cosas. Ese es nuestro axioma de fe, no lo vamos a desechar por hipótesis surgidas que pretenden arrebatarnos la esperanza. Sí hemos de creer en la ciencia, porque todo conocimiento proviene de Jehová, sí debemos tener un espíritu científico, ya que los que tienen celo de Dios pero no conforme a ciencia (no científicamente) colocan su propia justicia y no la de Dios (Romanos 10: 1-4). Tenemos que evitar las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia (1 Timoteo 6:20-21).

La historia nos demuestra con creces como en algunos períodos humanos se creían cosas como verdaderas pero resultaron falsedad. La alquimia hablaba de la transmutación de los metales en oro; la abiogénesis pretendía que los organismos vivos se generan espontáneamente; la metempsicosis se mostraba como una verdad acerca de la transmigración de las almas. Esos son algunas muestras de creencias de la falsamente llamada ciencia, al lado de supuestas pruebas fósiles de la evolución de las especies. Por cierto, se han hallado fósiles de peces distintos, que no podrían cohabitar porque uno sería el antecedente del otro en la cadena evolutiva. De esos errores de la ciencia los científicos muchas veces callan, pero se animan en tildarnos de subinteligentes a los que tenemos la fe de Jesucristo.

Ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza. Permanece en ellas para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren (1 Timoteo 4:13-16). Ay de los que dicen verdadero a lo falso y falso a lo que es verdad; ay de los profetas de mentiras. Nos han mentido, pero seguirán mintiendo. La oveja que sigue al buen pastor huye de los extraños (mentirosos) porque no lo conoce.

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