EN EL PRINCIPIO DIOS

Esas primeras palabras de la Escritura nos dan cuenta de la eternidad del Dios creador. El principio lo es para nosotros, pero en ese momento ya Dios existía. El mundo creado no se hizo por voluntad propia sino por mediación de la voluntad divina. Dios hizo la materia con la cual formó al hombre a su imagen y semejanza, así que la materia no siempre estuvo ahí sino que también fue creada. El Génesis 1:1 nos habla de la magnitud del Creador y de la pequeñez del hombre que no existía en ese principio. Fue poco después que apareció la criatura humana formada del polvo de la tierra (Génesis 2:7).

Existe una revelación natural en cada criatura humana, en relación a la existencia de ese Dios Creador. Las culturas lo demuestran a lo largo de la historia, aunque hoy día se pretenda negar esa gestión del alma humana. Pero la manifestación de la gloria de Dios por su creación solamente ha hecho responsable al hombre ante su Creador. Sin embargo, el pecado humano impidió el reconocimiento de la criatura y ésta prefirió dar culto a lo creado antes que al Creador mismo. Dios nos dio otra revelación, la inspirada por su Espíritu, a través de la agencia humana. A estas personas la Escritura los llama: los santos hombres de Dios.

El evangelio de Juan comienza con la misma idea del inicio de todo: En el principio era el Verbo (Juan 1:1). Juan desarrolla el concepto del Verbo creador, del Jesús que hizo todas las cosas y para quien todas las cosas son hechas. Ese Verbo era Dios mismo, aunque sea el Hijo que vino a morir por todos los pecados de su pueblo.

Pese a la inspiración divina de las Escrituras, la Biblia no apunta a inspirar o a alumbrar a sus lectores. Ella queda como testimonio de la revelación que Dios quiso darnos para que conozcamos su voluntad. Hay cosas secretas de Dios que no fueron reveladas (Deuteronomio 29:29). Aquellos santos hombres de Dios tuvieron el privilegio de que el Señor les confiara la palabra. Ellos fueron inspirados por el Espíritu Santo y hablaron de parte de Dios, de allí que ella sea suficiente maná para nosotros en el desierto de la vida. La suficiencia de la Escritura deja por fuera cualquier otra revelación que pretenda añadirse o aclarar la Escritura, ya que el Espíritu es quien nos guía y jamás se contradice. Esa palabra fue refrendada como verdad por Jesucristo, cuando oraba en el Getsemaní: Tu palabra es verdad (Juan 17:17). La Escritura ha salido de la boca de Dios (Mateo 4:4), por lo que no puede ser quebrantada (Juan 14:26). Por lo tanto, toda la Escritura ha sido inspirada por Dios y resulta en gran utilidad para el hombre de Dios (2 Timoteo 3:16).

La Biblia nos pone de manifiesto la ley divina, un peso que se inclina sobre nuestra cabeza, que nos acusa de nuestros fracasos. La ley nos educa por igual, pero su ideología intrínseca enseña que nadie puede cumplirla en todos sus puntos. De allí que hiciera falta la expiación anunciada en el Antiguo Testamento, modelo de lo que habría de venir. También la Biblia nos habla del evangelio, ya anunciado en las primeras páginas del Génesis. Cuando Dios cubrió al hombre con pieles de animales, anunciaba la expiación por derramamiento de sangre. De inmediato se hizo una promesa, la simiente de la mujer le daría por la cabeza a la simiente de Satanás. Esa simiente prometida es el Cristo, como lo asegura Pablo en una de sus cartas; por esa razón se hacían sacrificios en la época Veterotestamentaria y, llegado el tiempo, el Mesías daría su vida en expiación por los muchos que el Padre le dio.

La ley divina sigue como espada de Damocles, continúa por siempre en esta tierra de gente caída. Ella recuerda la paga por el pecado, que es la muerte; pero hay una muerte peor, la muerte eterna, el apartamiento por siempre de la gracia de Dios. En ese lugar será el lloro y crujir de dientes, donde el gusano no muere (la conciencia, por ejemplo), donde el fuego no se extingue. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. Así que también esta ley acusatoria forma parte del Evangelio anunciado, para que resalte la gracia de Dios que nos viene como regalo. La Escritura nos habla de la redención que hizo Jesucristo, de acuerdo a los planes eternos del Padre. Ya el Cordero de Dios estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo, como se relata en 1 Pedro 1:20.

Con la muerte de Jesucristo el Padre eliminó la enemistad entre Él y su pueblo escogido. Ahora tenemos una nueva justicia, la que es perfecta, la cual se llama Jesucristo, nuestra pascua. Jesús oró en el Getsemaní por todo su pueblo la noche previa a su martirio, pero dejó de lado al mundo que no fue escogido desde antes de la fundación del universo. Ese mundo comprende los Esaú, los Faraones, los Caínes, cualquier otro réprobo en cuanto a fe, los mismos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del cosmos (Apocalipsis 13:8; 17:8). Esa oración de Jesús presupone que al día siguiente fue a morir en la cruz por los beneficiarios de su ruego al Padre, de tal manera que llevó nuestros pecados y nos impartió su justicia.

La salvación nos viene de pura gracia y no por obra alguna que hagamos. Ni siquiera el conocimiento teológico hace falta para llegar a ser redimido, aunque necesitamos todos de la predicación del evangelio. El conocimiento del siervo justo justificará a muchos (Isaías 53:11), por lo cual conviene averiguar quién es el Cristo y qué hizo. Pero el hombre natural no puede comprender las cosas del Espíritu de Dios porque le parece que son una locura. Habiendo quedado imposibilitado para el conocimiento del siervo justo, resta el nuevo nacimiento pendiente. Si el hombre no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios.

Ese nuevo nacimiento opera por obra del Espíritu Santo, sin mediación humana alguna. Una vez que el individuo nace de lo alto, el Espíritu habita en él y lo lleva a toda verdad. Es de esa manera que dará el fruto bueno de la confesión de aquello que tiene en su corazón. Es decir, que el que ha creído de verdad tiene vida eterna, posee por igual el conocimiento del siervo justo y sabe a ciencia cierta quién es Jesucristo y cuál es su obra. No pensará jamás que Cristo expió los pecados de todo el mundo (incluido el mundo por el cual no rogó), sino que entenderá que Cristo murió por los que el Padre le dio, de acuerdo a las Escrituras (Juan 17, por ejemplo).

El Hijo del Hombre vino a poner su vida en rescate por muchos (Marcos 10:45). De esta forma queda descartada la idea de que puso su vida por todo el mundo, sin excepción. Cuando Juan habla de Cristo como expiación de los pecados de todo el mundo, se refiere al mundo judío y al mundo gentil. Pero dentro de ese macro conjunto se entiende que está su pueblo escogido. También los fariseos aseguraban que todo el mundo se iba tras Jesús, pero ellos no lo siguieron. Tampoco lo siguieron los saduceos (los cuales negaban la resurrección de los muertos), ni lo hicieron los del Imperio Romano ni un gran etcétera de personas. En otras palabras, no siempre que la Biblia habla de todo el mundo se refiere a cada persona en particular, más bien se refiere a conjunto de personas de distinta índole.

En el principio del mundo ya estaba el Cordero de Dios preparado para su pueblo. Ese es el buen pastor que conoce a sus ovejas, a quien también nosotros conocemos. Ese pastor puso su vida por las ovejas -judías y las de otro redil, los gentiles. El Padre amó a Jesucristo porque puso su vida para volverla a tomar (Juan 10:14-18). Más adelante, Jesús habla con unas personas y les dice que ellos no creen en él porque no forman parte de sus ovejas (Juan 10:26). Las ovejas del Señor no se van jamás tras el extraño, sino que siguen al buen pastor porque desconocen la voz del extraño.

La condición de ser oveja precede a la condición de creer. Los cabritos no creerán jamás, pero las ovejas pueden deambular perdidas y serán buscadas y halladas, serán conducidas al redil y oirán la voz del Señor. Esa es la predestinación de Dios, tan anunciada a lo largo de todos los libros de la Escritura. Mucho gozo produce saber que Dios haya pensado en nosotros, desde antes de la fundación del mundo. En Juan 6:37, el Señor predica la predestinación y la soberanía de Dios, pero muchos no creyeron porque se ofendieron por sus palabras. En Juan 10: 26 el Señor reafirma su tesis frente a un grupo de personas turbadas en su alma porque no podían creer. Ellos insistían en pruebas especiales (señales y prodigios) para evaluarlas y sopesar si deberían o no creer en él. El Señor les dijo que él ya les había anunciado que era el Cristo, pero que ellos no creían; las obras o prodigios que hacía las hacía en nombre de su Padre, para que fuesen un testimonio de él.

El problema con esa gente que veía señales y no podían creer, pero insistían en preguntar e indagar si Jesús era el Cristo, era que no formaban parte del redil de ovejas elegidas por el Padre. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene no lo echo fuera (Juan 6:37). Queda entendido que aquellas personas de Juan 10:26 no habían sido enviadas a Jesús por el Padre, razón por la cual no podían creer. En resumen, en el principio creó Dios los cielos y la tierra; en el principio era el Verbo y el Verbo era Dios. Ese Verbo habitó entre nosotros, vino para darnos ejemplo de vida y la confianza de la redención eterna.

César Paredes

cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

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