GRACIA EFICAZ

La gran pregunta bíblica fue escrita en el libro de Job: ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia (Job 38:3). Si se puede responder a esta inquisitoria entonces no habrá duda en reconocer que la gracia resulta eficaz cuando ella es dada como regalo. En Efesios 2:8 Pablo dejó en forma explícita que la gracia, la salvación y la fe son un regalo de Dios. En otros términos, lo que viene de gratis no se paga, aunque eso no implique que no costó nada. A Dios le costó su Hijo y éste tuvo que pagar el precio por el pecado de su pueblo.

Esa gracia que nos ha sido dada no nos convierte en robots, y si así fuese bienvenido sería que fuésemos como robots que van al cielo y no como libres al infierno. En realidad, el amor de Dios no exige libertad de albedrío, como si Él esperara que sus criaturas lo aceptaran libremente. En realidad, al leer el texto de Juan 6 vemos que hay un verbo griego utilizado por Jesús: ELKO, que quiere decir arrastrar, traer a la fuerza. Esa es la figura que usa Jesús cuando dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere (ELKO: arrastrara a la fuerza). Ese arrastre parece que dibuja el panorama en que nos encontrábamos: en enemistad con el Creador, en incredulidad acerca de las cosas del Espíritu de Dios.

Una vez que hemos sido llevados por el Padre al Hijo nos convertimos en un pueblo de buena voluntad, porque a partir de ese momento hemos visto el poder de Dios. La gracia eficaz llega para producir la regeneración por el Espíritu, la conversión de las tinieblas a la luz, la restauración de lo que se había perdido. El que sea gratuito el don no implica que se ignore el evangelio, ya que la Biblia nos declara que nadie puede invocar a Jesús si no se le conoce. Al oír de Jesús por medio del evangelio, la persona que recibe la gracia soberana llega a creer con la fe de Jesucristo. Por supuesto, hay muchos que oyendo desobedecen el llamado general del Señor, porque para eso parecen haber sido destinados.

¿Por qué, pues, Dios inculpa? Esa es otra de las interrogantes que muchos se plantean, pero que ya fue expuesta en las Escrituras. En Romanos 9 Pablo nos habla del objetor que eleva su puño contra el Creador, el que parece que supiera dónde estaba cuando Dios fundaba la tierra. El supone que vino por voluntad propia, que fue producto del azar, que si hubo un Dios tuvo que ser a semejanza humana. Por esa razón argumenta contra la decisión soberana de Dios frente a su obra de barro, cuando hizo vasos de honra y vasos de deshonra.

Acá surge un interesante momento de reflexión. Todos estamos metidos en un asunto de conciencia sobre el bien y el mal; todos tenemos un llamado general (la ley de Dios en los corazones humanos) para lo cual estamos en posición de dar una respuesta. En realidad la única respuesta posible es la negativa, dada la enemistad propia entre la criatura y su Creador. Sin embargo, esa enemistad no anula el deber de la criatura. El deber ser continúa en nosotros todos los días, como la deuda que asumió Adán desde el momento de su desobediencia.

Dios pasó por alto la enemistad que hubo en todo momento, por lo cual llama como buen pastor a sus ovejas. Las cabras jamás acudirán a su llamado, aunque sean atraídas en virtud del fruto de la pasión de los predicadores, de los evangelistas que desean número en sus actas. Las presuposiciones humanas en materia de teología no resultan comparables con las presunciones bíblicas. Mientras la Escritura nos viene como materia de autoridad, los presupuestos humanos apenas se asoman como proposiciones filosóficas de lo que debería ser la divinidad. La pregunta en Romanos 9 nos abre el abanico de posibilidades de lo que sería el Dios ideal para el ser humano, cuando cuestiona al Dios de la Biblia. Debería ser, primero que nada, un Dios justo (de acuerdo al criterio del que condena al Dios bíblico). ¿Hay injusticia en Dios? ¿Quién puede resistir a su voluntad? Entonces, ¿por qué inculpa a Esaú si fue odiado antes de ser concebido? (Romanos 9:13–19).

Esas inquisitorias nos conducen de nuevo al plano de la gracia. Dios muestra su amor para con su pueblo, independientemente de la libertad de respuesta de su pueblo. A Dios no le preocupa la voluntad del elegido, como si lo hubiese escogido porque tenía cualidades morales superiores a los réprobos en cuanto a fe. Al contrario, ha dicho que lo necio del mundo escogió Dios para deshacer a lo que es (o se dice ser). Podríamos más bien preguntarnos: ¿Por qué razón Dios salvó a algunos de entre toda la humanidad? Esa pregunta surge porque resulta evidente que ha podido dejar a todo el mundo en el mismo pozo de la desesperación.

Los que resultan molestos por el odio de Dios contra Esaú parece que miran con recelo el hecho de que Dios haya amado sin renuncia a Jacob. No hubo nada bueno en la masa de barro, ni nada malo -como lo asegura Pablo; Dios hizo de la misma masa vasos de honra y vasos de deshonra. Esto fue hecho para la alabanza de su gloria al exhibir su ira por el pecado, pero por igual para exaltar su gloria por la misericordia sobre los vasos de misericordia preparados para vida eterna.

No somos robots, fuimos libres para el mal. Sin embargo, en la soberanía divina esos libres para el mal son controlados como lo hizo Dios con el Faraón de Egipto, con Caín, como lo hace con aquellos que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo. En realidad Dios hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4). No solo eso, aún el corazón del rey está en sus manos y a todo lo que Él quiere lo inclina (Proverbios 21:1). Dios está airado contra el impío todos los días (Salmo 7:11).

Dios es un Dios justo y en su naturaleza no hay engaño; de esa forma puede estar enojado siempre contra el hombre pecaminoso. Puede ser que no todo el tiempo veamos el derrame de su ira, pero estará apuntando la iniquidad del impío para destruir al pecador. Aunque a veces parezca un Dios silencioso, su odio continúa contra el réprobo en cuanto a fe. Ahora bien, ese mismo Dios silente ama perpetuamente a los que ha escogido y llama su pueblo. Puede ser que parte de su pueblo todavía yazca bajo la ira de Dios -lo mismo que los demás- pero como son llamados a huir de Babilonia todas las ovejas acudirán al buen pastor en el día del poder de Dios. Ese es el día de su gracia manifiesta para la criatura que habrá de salvar.

Precisamente, el amor de Dios se manifiesta en nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Estando nosotros muertos en delitos y pecados, Dios nos dio vida abundante en su Hijo. La paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro. El deseo de quien evangeliza apunta a que el mensaje sea recibido y acogido en buena tierra; ese terreno lo prepara el Padre para que la semilla lleve fruto y el Hijo reciba el galardón de los hijos que Dios le dio.

César Paredes

cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

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