UN DIOS EN TRES PERSONAS

El cristianismo se diferencia de inmediato de muchas religiones, ya que arranca de la concepción de una Divinidad compuesta por tres personas. Muchos militantes de la fe cristiana llegan a aceptar la idea de la presencia de un Dios creador del universo, incluso han superado el escollo de si el Hijo es sempiterno con el Padre. Pero la presencia del Espíritu como persona turba a un gran grupo todavía hoy en día. Incluso hay quienes a pesar de asumir al Espíritu Santo como una persona presentan dudas repentinas, basados en el supuesto de que se trata de una doctrina de hace un poco más de 1.400 años, cuando hubo discusión al respecto.

Pero más allá del fondo histórico, la Escritura habla por sí sola. Como dijera un teólogo contemporáneo: la doctrina de la Trinidad ha sido una revelación progresiva en las Escrituras. Es decir, no fue dada de una sola vez sino que a medida que los autores inspirados escribían la doctrina aparecía más clara. Pero la Biblia nos sorprende de nuevo, ya que encontramos muchos textos que hablan del tema. Ciertamente, hay quienes sostienen que algunos párrafos del Nuevo Testamento fueron añadidos en forma espuria, para poder bajo ese argumento refutar la tesis de la Trinidad.

Pero se les podría regalar uno que otro texto de la Biblia basados en su argumentación, mas con eso no podrían anular la enorme información acerca del Espíritu como una de las Tres Personas del Dios Trino. Dios es el Alfa y la Omega, el principio y el fin; con ello se habla de la eternidad de las tres personas y no tan solo de una de ellas. Dios es uno, una afirmación que habla de la unidad de las mismas tres personas, como quedó demostrado en la coherencia exhibida en el bautismo de Jesús. Mientras Juan bautizaba al Señor se oyó una voz del cielo decir que ese Jesús era el Hijo amado en quien Jehová tenía complacencia. El hecho de referirse a Jesús como Hijo denota al Padre como el que habla; pero se añade de inmediato que el Espíritu Santo descendió sobre él como una paloma (Mateo 3:16-17).

John Gill, en sus Comentarios de la Biblia, señala una referencia importante respecto al ave en relación. Dice que en la época del diluvio, cuando Noé vio volar a la paloma con un ramo de oliva en su pico, como un regalo de reconciliación y de paz del Dios creador. Asimismo, el Espíritu representaba la paloma en el bautizo lo que Jesús cumpliría con su ministerio: traer La paz para los redimidos. Lo cierto es que el Cristo recibió gloria sobre él con ese mensaje del Padre, a través del Espíritu, misma gloria que tenemos los creyentes al poseer el Espíritu Santo como arras de nuestra redención final.

El hecho del Espíritu como Persona, y no como una fuerza divina, lo relata Pablo en la despedida planteada de una carta: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén (2 Corintios 13:14). No se tiene comunión con un poder o con una fuerza, sino con una persona; así lo dijo Cristo: Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho (Juan 14:26). Decimos de igual forma que una fuerza no nos enseña y no nos recuerda lo dicho por Jesús, sino que lo hace una Persona.

El Espíritu de Dios se movía sobre las aguas, dice el Génesis 1:1, mismo Espíritu que creó a Job: El Espíritu de Dios me hizo (Job 33:4). En Hechos 5 leemos el relato de Ananías y Safira, dos personajes que pecaron contra Dios. Pedro le dijo a Ananías que Satanás había llenado su corazón para mentir al Espíritu Santo, por lo que no había mentido a los hombres sino a Dios (Hechos 5: 3-4). Lo mismo le aconteció a Safira, su mujer, quien también expiró por haber tentado al Espíritu del Señor. Sabemos que pecar y tentar es posible contra una persona pero no contra una fuerza. Y si Ananías mintió al Espíritu Santo, mintió a Dios.

Una fuerza tampoco nos consuela, pero sí que lo hace el Consolador enviado por Jesucristo para que habite en nosotros por siempre (Juan 14:16). Isaías 48:16 viene a ser un texto altamente probatorio del Antiguo Testamento, en referencia a esta doctrina de la Trinidad. Dice así el verso: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto, desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu.

Ese Señor que habló desde el principio refiere a Jesús, como lo atestigua Juan 18:20: Hablé abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el templo, y no dije nada en secreto. Ese Jesús existía desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), es el Creador de todo (Juan 1:1-3). Pablo habla de la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos (2 Timoteo 1:9). Es parte de la Trinidad del Génesis, cuando se dijo Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; pero lo es también el Espíritu y el Padre. Ese Dios Salvador tiene potencia y majestad, imperio y gloria, por todos los siglos (Judas 1:25). Ese Jesús que existió desde siempre fue enviado por Jehová el Señor, y por su Espíritu, para que en forma de carne predicara el Evangelio, cumpliera la ley, de manera que pudiera redimir con su crucifixión y resurrección a todo su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

Jesucristo es el Hijo de Dios, el Mediador entre Jehová y los hombres, es también el que envió al Espíritu a su pueblo para que sea nuestro Consolador. Si Dios es nuestro Padre nosotros amaremos al Hijo, porque habríamos nacido del Espíritu y éste habitaría en nosotros. El Espíritu Santo nunca asumió la forma de un ser humano, pero es representado en la Biblia bajo muchas imágenes: luz, agua, viento, fuego y un ave (una paloma). Sin embargo, su carácter y su ministerio reflejan acciones propias de una Persona.

Horrenda cosa es minimizar la personalidad del Espíritu Santo, ya que Jesús habló contra todo aquel que blasfeme contra el Espíritu. Fijémonos bien en esa sentencia del Señor, ya que no resulta posible que alguien blasfeme contra una fuerza impersonal, como también resulta ilógico que un poder impersonal nos enseñe, nos guíe a toda verdad, interceda por nosotros con gemidos indecibles, comprenda la mente del Señor y nos consuele y ayude a pedir como conviene.

La controversia de Arrio generó la herejía del arrianismo, la cual sostenía que Jesús no era coeterno con el Padre. Poca mención se hizo en el Concilio de Nicea, en el año 325 de la era cristiana, al tema del Espíritu Santo. Sin embargo, una ampliación del mismo, ya por el 381, defendió la tesis del Espíritu Santo como Persona Divina. Hay quienes hoy día pretenden argumentar contra esta tesis por cuanto apenas tiene cerca de 1.400 años, como si fuese un invento de un Concilio. Sin embargo, si se critica el hecho del debate en aquella época, habrá que criticar por igual el debate sobre la consubstancialidad del Hijo con el Padre, el hecho de que en ese Concilio del 325 se defendiera que Jesucristo es coeterno con el Padre.

Una cosa son los concilios para discutir asuntos teológicos, los cuales pueden aclarar dudas, execrar herejías o incluso defenderlas; pero otra cosa es considerar que la Biblia no contenga pruebas suficientes para demostrar el hecho de que Jesucristo como Hijo de Dios es coeterno con el Padre, o que no pruebe que el Espíritu Santo como enviado del Padre y del Hijo sea igualmente Dios eterno y forma parte del Dios Trino. Lo que se discute en los concilios tiene fuero histórico para la historicidad de la iglesia; puede ser algo positivo o negativo, pero lo que la Biblia dicta y expone no puede ser objeto de rechazo por el hecho de que algunos de sus aspectos hayan sido sometidos a discusión en los Sínodos o Concilios.

César Paredes

cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

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