La voluntad humana a muchos les parece libre, pero de acuerdo a las Escrituras veremos varias características que nos harán meditar al respecto. Si el ser humano fue formado a semejanza e imagen del Creador, la criatura tuvo inocencia, inteligencia y voluntad. Pese a esa voluntad Dios le dio órdenes específicas, como la de llenar la tierra y sojuzgarla (Génesis 1:6). En síntesis, Dios hizo al hombre recto, pero la humanidad buscó la perversión (Eclesiastés 7:29).
Ahora vemos que de una voluntad libre en principio apareció una voluntad atada. Existe una coerción contra la voluntad del hombre, una que lo dirige hacia el mal, como si estuviese atado a sus delitos y pecados. Esto aconteció inmediatamente después de la caída de los primeros padres, al creerles la mentira del diablo y al desobedecer en consecuencia al mandato del Señor. La serpiente le prometió a la mujer que no moriría si comiese del fruto prohibido en el centro del huerto. Le aseguró que al comerlo los ojos de ellos se abrirían y conocerían el bien y el mal, llegando a ser semejantes a Dios mismo.
A partir del momento de la desobediencia el ser humano pasó de la inocencia a la depravación total, cayendo en la posteridad de Adán el peso del pecado junto con sus consecuencias. La paga del pecado es la muerte.
La voluntad humana pasó a ser una cautiva más del mal, del pecado y del príncipe de las potestades del aire. Se observa un contraste entre la voluntad inicial del hombre en inocencia y la voluntad posterior del hombre caído. Uno se pregunta, ¿por qué razón la voluntad de los recién formados a imagen de Dios no prevaleció frente a la tentación de la serpiente antigua? La respuesta no puede soportarse sobre el azar, sobre la posibilidad del cincuenta por ciento, como si el hombre pudiera no haber pecado. Fijémonos en que el Cordero de Dios ya había sido ordenado desde antes de la fundación del mundo para la propiciación (1 Pedro 1:20).
Nos damos cuenta de que aquella voluntad libre nunca fue independiente de la voluntad del Creador. Hubo un plan desde el principio, un propósito con la creación del hombre y con su intromisión en el pecado. Dios, como Autor de todo cuanto acontece, hizo conforme a sus planes y propósitos eternos. Quiso en su sabiduría y dominio glorificar con mayor gloria a Su Hijo, en tanto lo convertiría en el Salvador del mundo. Ese mundo que el Padre tanto amó como para entregarle al Hijo, de manera que todos los creyentes sean salvos por él.
En realidad fuimos salvos en la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos (Tito 1:2). La Biblia nos presenta dos pueblos antagónicos, el mundo y los escogidos de Dios. Estos últimos estamos habitando el mundo, sintiendo su enemistad y odio, porque el mundo ama lo suyo pero odia a Cristo. Es normal por la enemistad que existe entre la simiente de la serpiente y la simiente de la mujer (Génesis 3:15). Así que el mundo tiene una voluntad atada al mal, pero nuestra vieja naturaleza continúa en nosotros batallando contra la nueva, para que no hagamos lo que queremos (Gálatas 5:17; Romanos 7:14).
La voluntad humana, cautiva al pecado, está también cautiva a Dios. El propósito eterno lo ha determinado el Creador para realzar la gloria de su justicia y verdad. Dios decidió desde antes de la fundación del mundo el destino humano, amó a Jacob pero odió a Esaú. La gente de religión queda impactada con tal declaración, por lo que forma fila con el objetor de Romanos 9 para levantar su puño contra el Dios de la creación. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistir a su voluntad? Fijémonos en que el objetor reconoce su impotencia frente a la voluntad de Dios, ya que no puede oponer resistencia a lo que Dios decide y hace. En otras palabras, el objetor reconoce que su voluntad resulta inútil frente al arbitrio divino.
Sin embargo, no conforme a esta realidad, ataca a Dios señalándolo de injusto. Dios no tiene derecho de culpar a Esaú si lo creó de una manera que lo hiciera permanecer en enemistad perpetua. La Biblia le responde al objetor de inmediato, diciéndole que en ninguna manera Dios es injusto (Romanos 9:14, 19-20). El protoevangelio lo vemos en el momento en que Dios hizo vestiduras con pieles de animales para Adán y su mujer, para cubrir su vergüenza (Génesis 3:21). De esa manera se anunciaba el derramamiento de sangre para perdón de pecados, como una prefiguración del Cristo que habría de venir.
La Biblia nos habla de una voluntad hacia el mal, pero no podemos hacer lo que queremos. Ni siquiera el más impío de los hombres podrá por voluntad propia ser independiente de su Creador, ya que Dios ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Jehová controla los pensamientos del rey, a todo lo que quiere lo inclina; Dios hace justicia contra la impiedad de los hombres, pero soporta con paciencia los vasos de ira preparados para castigo eterno. Así que todo cuanto acontece está sujeto a su voluntad inmutable, con el propósito de reunir todas las cosas en Cristo.
No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda ni quien busque al verdadero Dios. Cada cual se apartó por su camino, sin provecho alguno, sin que se encuentre quien haga lo bueno, ni siquiera uno solo (Romanos 3:12). La boca del hombre impío viene a ser como amargura y maldición, como si tuviese veneno de áspides bajo su lengua. Apartado del camino de la paz sus pies se apresuran para derramar sangre, para crear destrucción y miseria en sus pasos. El temor de Dios se ha apartado delante de los ojos de los hombres.
La gran promesa fue que por la obediencia de uno solo muchos llegaríamos a ser justos. Así aconteció con el Cordero sin mancha al propiciar en favor de todos los penados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21). De esa manera los dos conjuntos de personas se distinguen por la carne o por el Espíritu. Los que vivimos de acuerdo al Espíritu, pensamos y nos ocupamos de las cosas del Espíritu (Romanos 8:5). La mente carnal resulta hostil hacia Dios, sus designios no se sujetan a la ley de Dios y tampoco pueden.
No hay posibilidad de invocar a un Dios que no se conoce, así que hace falta anunciar el evangelio para que Dios pueda ser invocado. En la Biblia encontramos el anuncio del siervo justo al cual hemos de conocer para ser justificados (Isaías 53:11). Conocer a Cristo en relación a su persona y a su obra resulta vital para comprender lo que hizo por su pueblo. Decir que Cristo murió por toda la humanidad, sin excepción, habiéndola salvado en potencia, pero que ahora depende de los muertos zombies en delitos y pecados el aceptar ese sacrificio resulta en una herejía. Cristo murió por los injustos que su Padre le dio, aquellos por los que oró la noche previa a su crucifixión, pero no lo hizo por el mundo (Juan 17:9).
Creer el verdadero evangelio será el signo de ser un buen árbol que da su buen fruto; porque de la abundancia del corazón habla la boca. No puede el árbol bueno dar un mal fruto, pero tampoco podrá el mal árbol (la cabra) dar un fruto bueno.
César Paredes
cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org
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