El sitio de fuga, el lugar de escape, allí corremos los que desesperamos del mundo. ¿Cuál es ese sitio? El Señor no solo es el camino sino el lugar de refugio. El que ayuda en nuestros conflictos, el ayudante que aparece siempre en los relatos para dar sentido a la trama. Como en una narración donde existen sujetos perversos que rodean al justo, así aparece Jehová como el ángel de la guarda, como aquel que protege a los que son suyos. Pero al mismo tiempo se ve no solo como quien va a ayudar sino como el Dios quieto que semeja a una roca con una cueva para escondernos.
Las fobias que nos consumen a diario pueden ser relevadas de nuestras almas, los miedos por viejas culpas, por la incertidumbre del momento, por aquello que el mundo se goza en anunciarnos calamidades como noticias. Nos alarmamos como lo hizo José con María, pero después de que el ángel en la visión le advirtiera al carpintero, José dejó de temer: No temas recibir a María tu mujer (Mateo 1:20). Ese mandato lo encontramos muchas veces en las Escrituras: No temas…porque yo estoy contigo para librarte (Jeremías 1:8); Soy yo, no teman (Juan 6:20); el salmista decía: Cuando tengo miedo, pongo en ti mi confianza (Salmo 56:3). No se inquieten por nada, porque yo soy el Señor, tu Dios, que sostiene tu mano derecha; el Señor está conmigo, y no tengo miedo. El amor perfecto echa fuera el temor; depositen en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes (1 Pedro 5:7).
Dios no nos dio espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7). Jesús un día dijo: No tengan miedo, manada pequeña, porque es la buena voluntad del Padre el darles el reino (Lucas 12:32). Dios puede ser considerado como el Señor del intercambio: cambió nuestros pecados por la justicia de su Hijo, quita nuestra debilidad para otorgarnos su fortaleza. El miedo se desvanece en su poder y refugio, mientras nuestra prudencia cobra fuerza en su sabiduría.
El Señor todavía gobierna el mundo y los que en él habitan, por lo tanto no hemos de vivir con temores. El impío huye sin que nadie lo persiga, pero nosotros hemos alcanzado la paz de la vida eterna. El llamado de la Escritura se hace constante: No temas ni te desanimes (Deuteronomio 31:8). Los enemigos del justo suelen presentarse en número, con poder y ánimo insolente. Sus agitaciones intentan socavar nuestro ánimo, pero sepamos siempre que la presencia del Señor va con nosotros para darnos descanso.
El creyente conoce que si coloca su atención sobre los problemas, éstos llegan a ser el centro de su vida, merodean su mente y aplacan su fuerza. En cambio, cuando su foco apunta al Señor y su palabra, encontrará suficiente refugio para que el enemigo no lo alcance. Al mismo tiempo, podrá enfrentar con fuerza necesaria la calamidad que se le asoma. Consideremos este tránsito terrestre como un ejercicio del día a día, de nuestro Carpe Diem en Cristo. Vive el día con Cristo, sumergido en sus intereses, en el conocimiento del siervo justo para que su justicia brille en tu vida. Pero al mismo tiempo tenemos la certeza no solo del momento sino del futuro, así que hagamos a diario lo que el afán del día proponga. Basta a cada día su afán (eso es el Carpe Diem de la Biblia).
Con lo ya dicho, sepamos también que nuestro deber supone que tratemos de vivir íntegramente, para evitar muchos males. Por ejemplo, el que no refrena su lengua sufrirá muchas desilusiones. En las muchas palabras no falta el pecado, mas el que refrena sus labios es prudente (Proverbios 10:19). El que ahorra sus palabras tiene sabiduría, dijo Salomón, el hombre entendido será de espíritu prudente. Incluso el necio, cuando calla, se cuenta por sabio, porque el que cierra sus labios resulta entendido. Como un pequeño fuego capaz de incendiar un bosque, así resulta la persona que no refrena su lengua. Una pequeña brida capaz de controlar la fuerza del caballo, o el timón que conduce un barco, así se compara el que refrena su lengua y coloca prudencia por sazón.
No debemos colocar nuestra confianza en el brazo humano, en ninguna criatura fuerte, preponderante en la sociedad, triunfante en la política, aunque luzca encantadora su presencia. Maldito el hombre que confía en el hombre, y pone carne por su brazo y su corazón se aparta de Jehová (Jeremías 17: 5). Esa criatura no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales del desierto, en tierra despoblada y deshabitada. En cambio, será bendito el varón que confía en Jehová, cuya confianza es Jehová. Ese será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto (Jeremías 17: 7-8).
No nos equivoquemos, los judíos de antaño confiaron en Moisés y en su ley, se jactaron de tenerla y de conocerla, pero no pudieron cumplirla. Ellos se sostenían en su propia justicia, despreciando a los demás pueblos y naciones pero llegó el Mesías y lo ignoraron. En realidad ellos no confiaron en Jehová sino en ellos mismos, en que eran descendientes biológicos de Abraham. Ellos no tuvieron en cuenta la simiente de la mujer, la cual era el Cristo que les sería dado por medio de Isaac. Hoy día existen millones de personas cristianizadas que confían en sus pastores, en sus líderes de turno, en sus religiosidades, hábitos y costumbres de religión que acometen con esmero. El Señor también dijo que a muchos les dirá un día que nunca los conoció. Así que si alguno se gloría, gloríese en conocer al Señor (Jeremías 9:24).
Existe mucha gente que honra de labios al Señor, pero cuyo corazón permanece lejos de él. Su temor al Señor no es más que un mandamiento de hombre enseñado, como si tener en cuenta que Dios existe resultare suficiente, como si se le temiese de la boca para afuera pero con su carne se regodeara con el mundo. Por esa vía fatua la inteligencia se desvanece y los sabios serán contados como necios. El pueblo de Israel se acercaba a Dios en su aflicción, pero en momentos de tranquilidad lo deshonraba. Por esa razón Isaías habló de la honra de labios, y Jesús citó al profeta para llamar hipócrita a ese pueblo que en vano lo adoraba y enseñaba doctrinas de hombres (Mateo 15:7-8).
Hemos de alabar a Dios de acuerdo a lo que Él ha prescrito, para que podamos disfrutar del refugio que ofrece su presencia. Mi presencia irá contigo, y te daré descanso (Éxodo 33:14). Conoceremos que hemos hallado gracia en los ojos de Dios si Él anda con nosotros, en el hecho de que seamos verdaderamente sus hijos, ovejas de su prado que siguen al buen pastor. El eterno descanso de nuestras almas ha sido una promesa que creemos, de manera que pasaremos la vida eterna conociendo al Padre, y al Hijo el enviado, junto con el Espíritu Santo. Pero por igual en este tránsito terrestre recibiremos tranquilidad mental, liberación de nuestros miedos y temores, limpieza de nuestras culpas y errores.
Con Dios como nuestro refugio todo resulta en ganancia. Sin desperdicio continuamos conscientes de que el mundo no puede creer a menos que le sea dado el regalo de la gracia salvadora. A menos de que Dios envíe arrepentimiento para perdón de pecados a la criatura afligida, no habrá redención posible ni refugio seguro. Por esa razón escribió el salmista: Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones (Salmo 46:1).
César Paredes
absolutasoberaniadedios.org
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