El pecado que nos habita lo hace porque su esencia de ley lo exige. Pablo habla como Pablo, nunca como Saulo, pese a lo que algunos religiosos asustadizos dicen. En Romanos 7, el apóstol para los gentiles asegura que existe la ley del pecado que lo lleva a hacer el mal que no quiere, así como le impide realizar el bien que desea. La fuerza de la ley nos compele para caer una y otra vez, para abandonar el bien que anhelamos cumplir. Sería una ley moral retorcida de distintas formas sobre nuestra mente, para doblegar nuestra voluntad hacia las cosas prohibidas. Eso le aconteció a Pablo el apóstol, pero sucede en cada creyente por igual.
Mientras Saulo perseguía a la iglesia, el que incluso participó en la muerte de Esteban mientras sostenía sus vestiduras, jamás tuvo remordimiento por el mal que hacía. Más bien suponía que su rol de fariseo perseguidor lo colocaba en buen sitial frente al Dios que había conocido con las Escrituras del Antiguo Testamento. Pero ahora que se convirtió en Pablo, el apóstol señala que reconoce lo malo que hace (y no solamente lo que hacía), que lamenta no hacer el bien que se propone, pero da cuenta de una ley a la que denomina la ley del pecado.
Véase bien que Saulo de Tarso no mostró remordimiento alguno por el mal que realizaba, mientras Pablo el apóstol sí que lamentaba no hacer el bien deseado, pero mucho más el hacer el mal que no quería. Esta mirada a estos dos sujetos bastaría para comprobar que el autor de Romanos 7 hablaba como Pablo y se refería a su vida de creyente en Cristo. Veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros (Romanos 7:23).
¿Cuál es esa ley de su mente, tan diferente de la ley del pecado? No es otra que la ley del Espíritu de Dios, como lo declara unas líneas más adelante, de acuerdo a lo que aparece en Romanos 8:2: Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Esta ley del Espíritu no la tuvo Saulo de Tarso, hasta que Jesús se le apareció y lo derribó del caballo. El Evangelio cuando viene a ser una experiencia nos traduce toda su teoría con la práctica. Pablo supo que existía otra ley en sus miembros, pero ya no como un elemento teórico que hubiese escuchado de algún predicador sino por experiencia propia.
Supo Pablo que él era carnal, vendido al pecado (Romanos 7:14). La norma del evangelio nos resalta lo horroroso del pecado (verso 13), para que comprendamos que no somos más que personas carnales vendidas al pecado (verso 14). Pablo llega a descubrir que no era él quien hacía ese mal sino el pecado que en él moraba (verso 17). El querer el bien lo habitaba pero no el hacerlo, por esa razón supo que si hacía lo que no quería se debía a una causa extraña a él mismo: el pecado que moraba en él (Romanos 7: 20). Dos normas parecen encontrarse en la vida de cada creyente: la ley del hombre interior, que se deleita en la ley de Dios, y la ley de sus miembros, que se rebela contra la ley de nuestra mente.
Esa relación legal entre dos normas antagónicas nos conduce a la miseria emocional y espiritual, pero si damos gracias a Dios por Jesucristo significa que hemos comprendido todo lo relacionado con el trabajo del Señor en la cruz (verso 25). La gracia de Cristo nos obsequia una voluntad para el bien, para querer deshacer los negocios del pecado. En ese sentido Juan dice que el creyente no peca (1 Juan 3:9), ya que el creyente que ha nacido de Dios no se ocupa del negocio de pecar. No sirve más como esclavo del pecado, puesto que su semilla es Cristo.
Tenemos perfección en Jesucristo, no en nuestras vidas; de la misma forma nuestra justicia es la de Jesucristo, no la que podamos generar por nuestro diario vivir. El hombre no regenerado vive en un continuo pecar, con placer y sin disgusto. En realidad, este individuo no tiene el Espíritu de Dios como arras de su salvación, ya que no ha sido regenerado. Las tentaciones de Satanás son su día a día, obedece a las corrupciones de la carne, a la concupiscencia de su corazón. Satanás lo conserva y el Espíritu de Dios no lo preserva, así vive la persona que no ha sido alcanzada por la gracia de Dios.
El que ha nacido de Dios posee una voluntad para hacer el bien, una disposición continua hacia lo que considera espiritualmente santo. Su voluntad ahora se inclina hacia lo correcto, posee una tendencia hacia el amor de los estatutos divinos. Lo que antes le era intolerable para su mente, ahora se ha convertido en el placer de su existir. Eso no quiere decir que no caiga en el pecado, ya que la ley que gobierna sus miembros lo lleva a hacer lo que detesta hacer. Pero al tener un espíritu nuevo porque le ha sido dado, al haberse producido el cambio de corazón (el de piedra fue sustituido por uno de carne), indaga en otros tesoros diferentes a los propios del mundo. Esa es la razón de nuestra soledad en el mundo, de nuestra aflicción, ya que el mundo no nos ama porque no somos del mundo, y nosotros tampoco amamos estar en él.
Elías vivió solo, perseguido por el rey Acab y por Jezabel su mujer; los profetas de Baal estuvieron enfurecidos contra el siervo de Jehová. Tuvo que vivir oculto en el monte, a veces fuera de su patria (en Sarepta), pero pese a su soledad fue confortado una y otra vez por la mano del Señor a quien amaba. Las buenas cosas le salían de los buenos tesoros del corazón transformado, como buenos frutos que testificaban del profeta.
La ley del pecado parece ser la Constitución del Mundo, el instrumento jurídico por el cual se rigen los siervos de Satanás. Como estamos de tránsito por este mundo (porque no pertenecemos al mundo), sus leyes nos gobiernan en algún sentido. Tenemos, en cambio, una nueva Constitución en virtud de nuestro nuevo nacimiento. Somos llamados ciudadanos del reino de Dios, poseemos una patria celestial hacia la cual marchamos, anhelamos estar en las moradas eternas donde ya tenemos casa preparada.
En esta gran metáfora jurídica presentada por la Biblia, aparece el Acusador de los hermanos. Ese es el sustantivo con el cual nombra Juan a Lucifer, a la serpiente antigua, calificando su labor como la de un fiscal público. El diablo (diabalo -el que lanza cosas alrededor nuestro) funge como fiscal para que se cumpla el castigo de la ley; Dios en realidad es el Juez eterno e inmutable, así que urgía un abogado defensor. Ése es Jesucristo, el abogado que tenemos para con el Padre (1 Juan 2:1). Pablo, quien amaba las metáforas jurídicas, alegó en un escrito: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:33-34).
El Siervo Justo justificará a muchos (Isaías 53:11), un rey reinará con justicia (Isaías 32:1), Él reinará y practicará el derecho y la justicia en la tierra (Jeremías 23:5), juzgará al pobre con justicia, y fallará con equidad por los afligidos de la tierra (Isaías 11:4). En el evangelio la justicia de Dios se revela por la fe: Mas el justo por la fe vivirá (Romanos 1:17), somos hechos justicia de Dios en Él (Jesucristo) (2 Corintios 5:21), porque nuestra pascua, que es Cristo, fue sacrificada por nosotros (1 Corintios 5:7).
Todo creyente verdadero ha pasado de la esclavitud del pecado a una vida plena fundamentada en el amor. Jesús asumió nuestras faltas, habiendo sufrido el castigo por ellas. De esa manera el Padre quedó satisfecho con su justicia, ya que no pasaría por alto ninguna de nuestras transgresiones. Pero el Hijo se hizo pecado para llevar todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras. Dios no va a castigar dos veces por la misma falta, así que habiendo sido casados nuestros pecados en Cristo ya no tenemos culpa que soportar. La paga del pecado es la muerte, pero la dádiva de Dios fue superior: vida eterna en Cristo Jesús para los creyentes, aquellos que el Padre eligió desde la eternidad para que sean conformes a la imagen de su Hijo (Efesios 1:3-11; Romanos 8:29), a los cuales llamó, justificó y glorificó (Romanos 8:29-30).
César Paredes
cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org
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