Initium sapientiae timor domini dice un escudo de una universidad. El principio de la sabiduría es el temor del Señor, de acuerdo a las palabras de Salomón; pero el proverbio continúa con su parte final: sapientam atque doctrina stulti despiciunt (los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza). Vemos dos tipos de personas en este escrito bíblico: 1) los que se benefician del temor al Señor; 2) los que desprecian la enseñanza o doctrina de Jehová. A ambos los hizo Dios, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4), precisamente escrito en la Biblia para que sepamos que nadie escapa a la presencia del Creador.
Los que desprecian la doctrina de la gracia soberana, o la enseñanza de la absoluta soberanía de Dios, no pueden escapar de su destino marcado para que actúen de acuerdo al plan divino. Judas Iscariote iba conforme a las Escrituras, para que ellas se cumplieran en todo cuanto había señalado que ocurriría. Sin embargo, ir conforme a las Escrituras puede resultar irónico, ya que su lamento por el pecado no le sirvió de nada bueno a Judas. Jesucristo dictó un ay por lo que Judas haría, pero no le impidió hacer el daño planificado. Mientras que a Pedro le vaticinó su mal que estaba por hacer, pero le indicó que él había orado al Padre para que su fe no faltara. El resultado lo conocemos: después de la traición enjundiosa del apóstol al Señor, éste lo miró y el pescador lloró amargamente para perdón de pecados.
¿Qué podemos decir del destino de Esaú? Aún antes de que hiciera bien o mal, para que no mediara obra alguna, el Señor lo destinó como hijo de perdición. No fue que miró en su corazón y descubrió que era malévolo, porque de haberlo hecho de esa manera Pablo no habría escrito esta aclaratoria: sin que hubieran aún nacido ni hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9: 11).
El texto citado no tiene manera de evadirse, pero los que buscan su propia perdición lo tuercen, haciéndolo decir lo que no dice. No obstante, para eso también parecen haber sido destinados, ya que en la paciencia de Dios han sido soportados para el día de la destrucción. El destino humano fue decidido desde la eternidad, sin que se pueda acusar a Dios de injusto. El derecho divino sobre la masa de barro creada le otorga al Creador la potestad de hacer lo que desea con su obra. No solo creó vasos de ira (Faraón, Esaú, Caín, cualquier otro réprobo en cuanto a fe), sino que hizo vasos de misericordia (Moisés, Jacob, Abel, todos los demás elegidos por el Padre para vida eterna, desde antes de la fundación del mundo).
El ser humano vuelve al mismo punto de discusión por los siglos: Dios sería injusto si no respeta el libre albedrío humano. El problema es que eso no existe como tal, porque el sentido de libertad que tenemos no implica su existencia absoluta. Si cada persona nace con un destino, las consecuencias de sus actos forman parte de ese destino. La criatura no puede compararse con el Creador, ya que mientras ella continúa sometida Dios aparece soberano y libre en forma absoluta. La Biblia es tajante respecto al remanente: aunque Israel sea como la arena del mar, solamente el remanente será salvo (Romanos 9:27).
Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia, como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes (Romanos 9:29). Dentro del gobierno divino hemos descubierto normas generales y decretos absolutos. Una norma puede ser un mandato general para que la gente actúe de acuerdo a sus postulados. Estas pueden quebrantarse en ese juego humano de resistencia normativa. Sin embargo, un decreto eterno aparece inmutable y nadie puede desviar el curso de su historia. El deber ser de Judas Iscariote se construyó bajo las normas de la ley de Moisés, donde no encontramos jamás un mandato para traicionar al Señor. Al contrario, esas normas promovían la equidad, el buen juicio y la obediencia debida a la ética divina. Pero el decreto manifiesto por medio de los profetas señalaba por igual lo que debía acontecer con el Mesías que vendría a la tierra para ser sacrificado como Cordero. Uno de sus compañeros con quien Jesús compartía el pan habría de traicionarlo. Contra ese decreto inmutable Judas no pudo resistirse.
Los teólogos defienden a Judas, ahora lo han perdonado en el nombre del Señor a quienes dicen servir, pero la maldición no se apartó de ese apóstol señalado como hijo de perdición. Esos teólogos son los mismos que abanderan la inocencia de Esaú, los que dirigen palabras de maldición al Señor cuando lo declaran injusto por exigirle a alguien lo que no puede cumplir. En realidad, ¿quién puede resistirse a la voluntad de Dios? ¿Por qué, pues, inculpa? La respuesta de la Escritura de inmediato aparece: ¿Y tú quién eres para que alterques con tu Creador? No eres más que una olla de barro formada con el material que le pertenece al alfarero. Precisamente, por ser una criatura frente al Todopoderoso le debe rendición de cuentas; no al contrario, Dios no le debe a nadie y todos compareceremos ante su trono de justicia.
La doctrina de la predestinación no acobija la injusticia humana, no aplaude el cobijo que la impiedad pueda buscar como víctima del destino. Si alguien se cree predestinado para cometer un delito, sepa que habrá otro (tal vez un juez) que también le estará aguardando para condenarlo (en virtud de la predestinación, dicho como ironía). Pablo fue uno de los apóstoles que más expuso esta doctrina, pero cuando escribió Romanos 7 no se refugió en el destino marcado por Dios sino que comprendió lo que le sucedía a cada creyente en relación con el pecado. Daba gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría de su cuerpo de muerte, pero jamás se refugió en la doctrina de la gracia para justificar el mal que hacía sin querer hacerlo.
Hubo un rey en Jerusalén llamado Amasías. Este fue a la guerra contra los edomitas y obtuvo una gran victoria, pero su sensatez se trastabilló cuando trajo los dioses de los hijos de Seir para adorarlos y quemarles incienso. Por esta razón vemos que la ira de Jehová se encendió contra Amasías, a quien le envió un profeta para advertirle. Pero el rey le refutó al enviado señalándole que él no era ninguno de sus consejeros para que le interrogara al respecto. Su soberbia imperó y su caída vino de inmediato, pues el profeta le dijo que Dios había decretado destruirlo, por causa de sus palabras (su respuesta) y por su desobediencia ante las proféticas palabras (2 Crónicas 24:14-16).
El principio de la sabiduría es el temor del Señor, una frase para colgársela en el cuello, para guardarla en el registro de la memoria. El insensato Amasías despreció la sabiduría y la enseñanza del profeta que venía de parte de Jehová. El conocimiento viaja por un camino en el que podemos transitar, para aprenderlo y mejorar nuestras técnicas y conceptos. Sin embargo, la sabiduría no siempre marcha de su lado, sino que hemos de inquirirla para asirla cuanto podamos. Dios hace sabio al sencillo, pero el soberbio se distancia de su Creador con facilidad. Lo mismo le sucedió al Faraón ante Moisés: ¿Y quién es Jehová para que yo deje ir a su pueblo? Bueno, los que demandan pruebas de la existencia de Dios las tendrán de muchas maneras: puede ser por la vía fácil, la obra de sus manos que resulta evidencia suficiente para el alma humilde, pero puede ser también por las pruebas que Dios envía airadamente contra la insensatez humana.
César Paredes
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