LA VANA JACTANCIA

Dios odia a todos los que operan la iniquidad porque el pecado y cualquier injusticia aparece contrario a la naturaleza divina. El pecado pasa por abominación contra la santidad de Dios, pese a que Dios lo ordenó para la glorificación suprema de su Hijo Jesucristo. El pecado entró por causa de un hombre, Adán nuestro padre, pero dado que por su efecto viene la muerte el regalo de Dios fue la vida eterna en su Hijo. En su soberanía absoluta Dios se propuso glorificar al Cristo con el título de Salvador, dándole hijos escogidos desde antes de la fundación del mundo. Aparte de esta razón (la gloria de Jesucristo) está la gloria de su justicia contra el pecado, por lo cual podemos asegurar que no se deleita jamás en la maldad.

El Espíritu de Dios viene a este mundo con muchas finalidades, una de las cuales nos advierte acerca de la regeneración y conversión que hace en algunos pecadores. El hombre malvado continúa en sus pecados y muere en ellos, pero en vida sigue manteniéndose como enemigo y como quien odia a Dios. Los que tienen los sentidos perdidos en la maldad, aparecen como los desprovistos de cordura. Así los describe el Señor a partir de lo escrito por el salmista (Salmo 5:5). Estos son los glorificadores de oficio, los que se dan gloria a sí mismos, alabándose de muchas maneras.

Poco importa que el hombre inicuo se convierta en religioso, o que se haga llamar creyente cristiano, ya que su injusticia descubre la realidad de su alma. Existe mucha gente en el mundo que dedica su vida como operador de la iniquidad. La maldad aparece como su negocio, en todo momento su lascivia se muestra como la del caballo frente a las yeguas. Los hombres ahora relinchan por la mujer ajena, su falta de entendimiento amerita que los aten con cabestro como al mulo. Estos son de los que en el día final se les dirá que nunca fueron conocidos por el Señor (Mateo 7:22), pese a sus maravillosas obras humanas hechas en el nombre de Jesús.

Resulta indudable que la Biblia habla de los religiosos que se creen a sí mismos justos. Ellos se glorían en sus obras de caridad, en haber alcanzado por sus propios méritos la redención de sus almas. Ciertamente, dirán que fue Jesucristo quien los salvó, hablarán por doquier de su gracia y misericordia, intentarán adaptarse a un modelo de vida más probo que el que tenían cuando desconocían del todo las Escrituras. Pero su jactancia resultará en vanidad y su justicia se plasmará como engaño, por lo que el Señor les dirá: Apartaos de mí, hacedores de iniquidad.

Coincidimos con John Gill cuando comenta que el amor de Dios por su pueblo precedió al pecado, habiéndonos colocado en Cristo, por quien siempre somos el placer del Padre. Pese a que hayamos sido hijos de la ira, lo mismo que los demás, en Adán, y aunque actualmente continuamos transgrediendo la ley divina, el amor eterno con que nos amó nos salvó de su ira desviándola hacia el Hijo que nos representó en la cruz.

En Romanos 9:13 se lee: Cómo está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí. En el verso 11 nos habla Pablo sobre cuándo apareció ese amor por Jacob y ese odio por Esaú: no habían aún nacido (concebidos -de acuerdo a la lengua griega), ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino el que llama. Muchos autodenominados cristianos consideran una blasfemia presentar estos textos de la Escritura, ellos quisieran que el texto dijera algo diferente. De hecho, algunos de sus filólogos han procurado dar un sentido distinto al texto griego original, por lo que se habla de Dios amando menos a Esaú. En otras palabras, suprimen el odio en Dios y lo mutan hacia un amor disminuido.

La Biblia nos conduce a la aseveración de que Dios odia a los réprobos en cuanto a fe, a los operadores de iniquidad que no se apartan jamás de su maldad. Ellos no se pueden devolver de sus pecados porque su naturaleza caída se los impide, por lo cual continúan con el puño levantado contra el cielo y vistiéndose con ropaje religioso, en el alegato de una moralidad superior a la divina. Acusan a Dios de injusto por no amar a Esaú, pero sostienen que está bien que ame a Jacob. Pablo responde a estos religiosos o no religiosos pero impíos siempre que en ninguna manera existe injusticia en Dios. Él ha hecho de la misma masa pecaminosa vasos para honra y vasos para deshonra, unos para misericordia y otros para ira.

Ante la elección de Dios que no toma en cuenta la obra humana, el hombre caído (aunque sea religioso) se molesta por la soberanía absoluta de Dios. Dice que no hay virtud alguna en amar a Dios a la fuerza, que para que resulte justo el castigo tiene que haber oportunidades de escape. Por ejemplo, aducen que ellos aceptaron de buena voluntad a Cristo como su Salvador y Señor, pero que existe gente endurecida que niega al Señor. En otras palabras, ellos están jactándose de ellos mismos, de su sabia decisión, de su buen corazón que aceptó la dádiva de Dios. De esa manera, el Jesús en el que han creído suena más justo que el bíblico, porque murió por todos, sin excepción.

Por esta vía, estos falsos creyentes militan en la idea de que ellos establecieron la diferencia entre cielo e infierno. Sí, fue su decisión oportuna por Cristo lo que los salvó. Nada dicen del Dios que amó a unos desde siempre pero odió a otros desde siempre. Eso los espanta y no entra en su doctrina. La razón obvia de actuar de esa manera se debe a que siguen siendo operadores de iniquidad. Estos insensatos reseñados en el Salmo 5:5 son los que se jactan de ellos mismos, de acuerdo al vocablo hebreo que aparece designándolos. Se tradujo como locos o insensatos, pero el origen de su locura se basa en la jactancia. De allí que Pablo sabiamente nos haya legado sus palabras: Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo. En cuanto a mí, jamás se me ocurra jactarme de otra cosa sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo (Gálatas 6:14).

Dios odia en especial varias cosas: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras y el que siembra discordia entre hermanos (Proverbios 6:16-19). Antes de la caída viene la altivez, así que no podemos jactarnos en nuestra pericia de hombres rectos, como si pudiéramos por nosotros mismos estar de pie. Fue Dios en su soberanía quien nos amó de acuerdo a sus planes eternos e inmutables, para que fuésemos semejantes a su Hijo. Nos dio herencia en Cristo, para ser adoptados como sus hijos, para obtener la vida eterna y sus riquezas celestiales.

No nos hicimos nosotros a nosotros mismos, ni siquiera a nivel espiritual. Jehová tiene misericordia de los que quiere tener misericordia pero endurece al que desea endurecer. De esa manera tuvo misericordia de Moisés, pero endureció al Faraón de Egipto. Todos los profetas del Antiguo Testamento dan fe de que eran hombres comunes e inicuos pero Jehová los limpió para que fuesen sus servidores. Pensemos, finalmente, en el testimonio que nos dejó Isaías: Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado. Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí (Isaías 6: 6-8).

César Paredes

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