El evangelio encubierto subyace en los que se pierden, en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos. De esa manera, la luz del evangelio de la gloria de Cristo no llega a resplandecerles, por lo cual en ellos no se cumple el que la luz en las tinieblas resplandece. El evangelio de los falsos maestros no lleva luz en las tinieblas, solamente resplandece en la religiosidad del individuo que sigue al maestro de mentiras. La gloria de Cristo resplandece como luz en medio de tinieblas, aclara y educa; resulta imposible que el iluminado renacido por el Espíritu y por la Palabra de Dios continúe en la penumbra de las falsas doctrinas.
Saulo de Tarso nos viene como ejemplo, por cuanto perseguidor de la iglesia, habiendo participado con furia en el asesinato de Esteban (sosteniendo sus vestiduras y aceptando semejante crueldad) fue llamado de las tinieblas a la luz. Su conversión fue un solo acto, del error pasó a la verdad, sin que mediara un proceso de mentiras y medias verdades. Las verdades a medias no salvan a nadie, solamente hacen religiosa a la persona. Una verdad a medias puede brindar apariencia de piedad a quien en ella milite, pero el militante continuará en la oscuridad del dios de este siglo.
Con Cristo manifestado en la carne, la ceremonia legal ha quedado relevada para que se predique el evangelio a judíos y gentiles. En ese sentido el evangelio no se le esconde a nadie, pero sabido resulta que no todos lo asumen ni lo aceptan. Por esa forma continúa escondido, como obra del enemigo de las almas que ha cegado el entendimiento de los incrédulos. El conocimiento salvador (el conocimiento del siervo justo de Isaías 53:11) permanece escondido de aquellos que se aferran a la incredulidad. Pero en los que la luz alumbra la condenación eterna desaparece, ya que la fe otorgada por Dios se convierte en un útil para la gracia salvadora. En otros habrá perdición eterna, en los cuales el evangelio permanece todavía escondido.
La mente reprobada, la ceguera espiritual, la tiniebla judicial, aparecen como signos del extraviado que continúa en oscuridad. Ellos están como ciegos ante el sol, no lo pueden mirar y se afianzan en su impiedad como sostén. Satanás pasa a ser definido como el príncipe de este mundo (Juan 12:31), el ser influyente sobre lo peor que pueda concebir el alma humana. Si el mundo yace bajo el maligno, no se puede esperar sino malevolencia a granel de la voluntad de los hombres caídos en delitos y pecados. Lucifer tiene tal influencia en los moradores del mundo que llega a cegarles el entendimiento, para que permanezcan en incredulidad.
La figura bíblica nos muestra los ojos de la mente. Satanás se encuentra tan metido en las mentes de las personas que gobierna hasta la capacidad de ver, por lo que no en vano Juan escribiera su advertencia contra los deseos de los ojos, de la carne y de la vanagloria de la vida (1 Juan 2:16). Satanás influye para que la gente se burle del evangelio, para ridiculizar a los que lo predicamos, para que nos señalen como menos inteligentes por creer en el Dios de las Escrituras. El diablo sabe que para él no hay evangelio posible, que su condena eterna le ha caído encima, que tiene poco tiempo antes de ser enviado a su morada. Por esa razón busca el engaño como una manera de satisfacer su ego, ya que ha sido catalogado como el padre de la mentira.
Cristo es la suma y sustancia del Evangelio, por lo tanto de la luz que alumbra en medio de las tinieblas. Jesucristo viene a ser el gran sujeto del Evangelio, la imagen del Dios viviente. Una de las formas en que Satanás oscurece la mente de los que moran en la tierra es haciéndoles pensar en un evangelio diferente. En ese sentido se ha dicho que el maligno pervierte la doctrina de Cristo, abarata su gracia salvadora, la universaliza en un estado de generalización que hace pisotear la sangre del Hijo de Dios. Su abaratamiento del evangelio de Cristo continúa cegando a multitudes enteras, conformados solamente con tener la religión como engaño. Han caído en la trampa de las falsas doctrinas, apartándose de la simpleza con que se expresa la Escritura.
Cuando las pasiones de la carne destruyen el alma, deshonran por igual el cuerpo, causando un gran daño al carácter de la persona víctima del error. Los deseos de los ojos conducen al individuo a la intemperancia (el ojo no se satisface con ver ni el oído con oír -Eclesiastés 1:8). No en vano el salmista clamó a Dios para que apartara sus ojos de la vanidad (Salmo 119:37). El oro, la plata, las posesiones, las riquezas y la lujuria, todo junto se hilvanan como vanidad para que el hombre desee y su corazón se incline a la carne antes que al Espíritu de Dios. Existe un amor particular hacia la fama, para tomar los primeros lugares de cualquier sitio, al encumbramiento, hoy día muy predicado por los habladores de la Nueva Era. Un llamado continuo a ser uno mismo, al auto amor, como si la autoestima fuese la solución a los problemas del alma. El Predicador de Eclesiastés nos lo dice, que no se abstuvo de nada y descubrió por igual que todo es vanidad y aflicción de espíritu. Ese conjunto de elementos reseñados por Juan en su Carta provienen del mundo. Los que no somos del mundo no debemos amar esas cosas, sino huir de ellas como se huye de la tentación.
Una clara oposición se desprende del texto que nos habla de la luz en las tinieblas. Ya no solamente luz frente a oscuridad se contraponen, sino el Evangelio frente al otro evangelio considerado anatema, así como en carácter del verdadero Dios frente a la mala compostura de Satanás, en tanto dios o príncipe de este mundo. El Dios creador ordenó que fuera la luz y así se hizo, habiendo separado la luz de las tinieblas; ese mismo Dios a través del Hijo ha hecho resplandecer su luz ante las tinieblas de Satanás. Esto lo hace por medio del Evangelio de Cristo, junto a toda su doctrina, habiéndonos recomendado que conozcamos al siervo justo. De igual manera, el Hijo nos recordó lo dicho por los profetas: Que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido iríamos a él (Juan 6:45).
Vemos que ese conocimiento de Cristo entra en el incrédulo una vez que ha sido transformado o renacido por el Espíritu de Dios, de lo contrario siempre será una locura indiscernible. El hombre natural no puede discernir las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura y no puede entenderlas. Así que las tinieblas que ciegan al individuo incrédulo no lo dejan ver ni dónde está la medicina para su alma. Pero Dios que es soberano actúa con su poder para acercar a aquellas ovejas extraviadas que serán llamadas eficazmente para que sigan al buen pastor.
Predicamos el evangelio de Cristo para que el hombre se arrepienta y crea ese evangelio, pero sabemos que continúa siendo una locura en los que cegados no pueden discernir el llamado de Dios. Sin embargo, en aquellos ordenados para vida eterna habrá arrepentimiento para perdón de pecados, de manera que creerán la verdad para ser libres y dejar de seguir de inmediato al extraño (Juan 10:1-5).
César Paredes
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