EN JEHOVÁ ESTÁ LA JUSTICIA Y LA FUERZA

Tenemos completa rectitud en Él, por cuanto un valor espiritual que se comparte no lo hace más débil. Esa justicia se nos ha otorgado de gracia y para permanencia, como un regalo eterno a las ovejas de su prado. Jesucristo vino como nuestra pascua, ya que por su trabajo en la cruz el Padre pasó por alto el castigo en nosotros. La ira de Dios fue descargada en el Hijo, el que se hizo pecado por causa de su pueblo, de tal forma que no temamos más porque nuestro llamamiento ha sido eficaz. El mundo por el cual Jesús no rogó la noche antes de su crucifixión no goza de la redención provista, solamente su pueblo fue el objeto de su vida y muerte (Mateo 1:21; Juan 17:9).

La salvación por obras nadie la puede alcanzar, así que su opuesto absoluto viene a ser la gracia. La fe nos es dada como algo útil, como una providencia para asir la gracia que nos ha sido otorgada; más bien la gracia nos trae la fe como instrumento de salvación (Efesios 2:8). Los que procuran por obra entrar al santuario sacrifican contra la sangre del Hijo, contra la gloria que Dios le dio. Ellos serán avergonzados, ya que serán convencidos de su imposibilidad y falta de atino. Los ídolos confundirán a los que buscan obra para ayudar a la gracia, como si la una no se opusiera a la otra. Si por obras, la gracia ya no sería gracia.

El Israel de Dios (judíos y gentiles) será justificado en la justicia alcanzada por el Hijo de Dios. Cristo nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención (1 Corintios 1:30). ¿De qué hemos de gloriarnos, sino del Señor? Tantos como hemos recibido a Cristo hemos llegado a poseer el derecho de ser hijos de Dios, por ser creyentes en su nombre. ¿Quiénes somos esas personas? Los que hemos nacido de la voluntad de Dios y no de voluntad humana. Los asuntos religiosos son encantadores y pueden confundir a muchas personas, para que piensen que el oficio de los rituales agrega capacidad.

La Biblia insiste en que no podemos añadir nada más al trabajo completo que Jesucristo realizó en la cruz. El que oye la palabra de Cristo y cree al que lo envió, tiene vida eterna y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida. El trabajo de Dios es que usted llegue a creer en aquel que Él ha enviado (Juan 6:29). Por las obras de la ley (de hacer y no hacer) ninguna carne será justificada, porque por medio de la ley viene el conocimiento del pecado. En cambio, la justicia de Dios se ha revelado a nosotros, por medio de la fe en Jesucristo.

Todo e mundo ha pecado y por ello quedó destituido de la gloria de Dios, de manera que solamente podemos ser justificados por medio de la gracia. Dios es justo y justifica al que es de la fe de Jesús (Romanos 3:26). Estamos bajo la ley de la fe (Romanos 3:27) pero sabemos que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), sino que ella es un don de Dios (Efesios 2:8). La Biblia agrega que sin fe resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). Incluso Agraham creyó a Dios y le fue contado por justicia (Romanos 4:3), de manera que no tuvo en qué gloriarse sino en el Señor.

La Biblia dice que el ser humano ha muerto en sus delitos y pecados, que la paga del pecado es la muerte, pero añade que el regalo de Dios consiste en la vida eterna en Cristo Jesús. Dios da vida a los muertos y llama las cosas que no son, como si fuesen (Romanos 4:17). Abraham creyó contra toda esperanza, pero lo hizo con la esperanza de que llegaría a ser padre de muchas naciones. Abraham no tuvo ningún tipo de debilidad en la fe que Dios le otorgó, por lo que se sobrepuso a los hechos (como el de su viejo cuerpo y el de Sara su mujer). De esa manera su fe no solo le fue contada por justicia, sino que le permitió llegar a ser padre de multitudes. Se le llama el padre de la fe.

La fe no puede ser creada por la voluntad humana, de manera que no podemos ponerle fe a las cosas para que sucedan. Más bien la fe viene como un regalo divino, la esperanza y certeza de aquello que Dios nos ha prometido, de que acontecerá de la manera como Él lo dijo. Dios cumple lo que promete porque le acompañan el poder absoluto de su soberanía y la fidelidad que lo distingue. Habiendo creído que Dios levantó a Cristo de entre los muertos, que lo entregó por nuestras culpas y pecados, hemos sido justificados por la fe y hemos alcanzado paz para con Dios.

Estas declaraciones bíblicas nos conducen a otros textos de la Escritura que anuncian el mecanismo de salvación. No depende de aquel que quiera o corra sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla (Romanos 9:16). En el contexto desarrollado por Pablo cuando escribe a los romanos, vemos que habla de la elección. Las acciones de la vida del hombre no han motivado a Dios a elegir a quien ha elegido, más bien de la misma masa de barro configuró vasos de honra y vasos de deshonra. Sin mirar en las obras buenas o malas de la humanidad, amó a Jacob pero odió a Esaú. Lo que ellos hicieron después de la elección lo hicieron como consecuencia de esa elección.

El objetor se levanta de inmediato para disputar con Dios y le reclama por la tremenda injusticia cometida contra Esaú. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Será Dios injusto? Pablo responde de inmediato: En ninguna manera, mas antes oh hombre ¿quién eres tú para que alterques con tu Hacedor? ¿No tiene potestad el Alfarero para hacer con su barro lo que quiera? En síntesis, los que disputan con Dios sostienen su injusticia porque la gracia no fue dada a todos por igual, pero para calmar sus ánimos se han inventado una teología universalista, que habla de Dios como más bueno si Jesucristo murió por todos, sin excepción. No se dan cuenta de que de esta manera la obra humana sería la ganadora ante la gracia: la decisión humana se apropiaría de la salvación y la mala decisión humana condenaría al hombre por la eternidad.

Pero si es por obras, la gracia ya no sería gracia; y si es por gracia, la obra ya no sería obra (Romanos 11: 6). Ningún hombre es justificado por las obras de la ley (del hacer o del no hacer), sino por la fe en Jesucristo. Faraón fue levantado con la dureza de su corazón que Dios le dio, para exhibir la justicia divina en toda la tierra. De la misma manera Dios puede endurecer cualquier corazón en esta tierra, para que el castigo por el pecado le otorgue más gloria. Dios sigue siendo soberano y eternamente justo, así que sirva toda esta lección de la Biblia para humillar nuestras almas ante aquel que es poderoso para salvar a quien Él quiere salvar o para condenar a quien tenga a bien condenarlo. Lo que también resulta cierto es que nadie podrá jactarse en la presencia del Altísimo y alegar su inocencia.

César Paredes

retor7@yahoo.com

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