JUAN SE MOVIÓ EN EL VIENTRE

Elizabet era la madre de Juan el Bautista, esposa de Zacarías. Su criatura saltó en su vientre tan pronto como María embarazada la visita y saluda, por lo que la madre de Juan dijo: ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre… María respondió: Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues de aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones (Lucas 1:39-48).

El Poderoso Dios hizo misericordia de generación en generación, esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones, quitó de los tronos a los poderosos, exaltó a los humildes. Entretanto, Elizabet da a luz y a los ocho días van a circuncidar al niño; le colocan el nombre de Juan, con el asentimiento de su padre Zacarías, quien estuvo mudo por un tiempo como reprimenda por su incredulidad, pensando que su mujer estaba muy anciana para concebir de acuerdo a las palabras del ángel (Lucas 1:21-24). Esto le aconteció a Zacarías en el oficio de su sacerdocio.

Gabriel, el ángel, que visitó tanto a Zacarías como a María, le dijo a esta última: Porque nada hay imposible para Dios (Lucas 1:37). Esa es la firma de Jehová, el que es, el que hace posible todas las cosas. Los demás existimos por su causa, para su propósito eterno, en virtud de su voluntad inquebrantable, gracias a su soberanía absoluta. La alegría de Juan en el vientre de su madre se debió a que reconoció a su Señor, el Jesús que habría de nacer del vientre de María. La gran pregunta de muchos se abre ahora: ¿Puede un feto sentir y conocer a una persona determinada? Lo que se desprende de la Escritura es una afirmación rotunda.

De hecho, hoy día, la neurociencia nos aporta datos de la formación fetal y de cómo esa persona por nacer (nasciturus) oye, piensa, percibe, de tal forma que la madre y su entorno físico, social, biológico, puede ayudar en gran manera a su cerebro. Pero más allá de lo que la ciencia aporte, el relato bíblico nos habla del poder de Dios: ¿Habrá algo que sea difícil para mí? (Jeremías 32:27), dicho por el Dios de toda carne. Si Dios le dio entendimiento a Juan el Bautista, aún siendo un feto, nos indica de su voluntad inquebrantable para cumplir sus objetivos. Él redime a quien quiere redimir, pero lo hace por su palabra, por el evangelio (las buenas nuevas de salvación). Ese evangelio continúa siendo el poder de Dios para salvación de los creyentes, de acuerdo también a las afirmaciones de María y de Elizabet en sus momentos recogidos en las Escrituras. Alababan al Señor y daban gracias por su presencia en sus vidas. El Espíritu Santo hizo posible el embarazo de María, quien no había conocido varón; al igual el Espíritu procuró por igual que Juan brincara en el vientre de su madre gracias a la alegría por la presencia del Señor en el vientre de María.

María reconoció la bajeza que poseía como cualquier otra pecadora, porque Dios miró hacia la tierra y vio que todos se habían apartado, que no existía justo ni aún uno. María llamó a su hijo Señor y Salvador, porque estuvo perdida (como todo pecador) pero fue encontrada por el Señor que perdona y salva. Entonces, lo que Roma ha reclamado como doctrina no es otra cosa que su propio sofisma: una María sin pecado concebida. Con esa lógica, si seguimos sus aristas, llegaremos a una genealogía sin pecado concebida, dado que para que la madre de María la hubiese concebido sin pecado también la abuela de María y sus demás predecesores usufructarían igual concepción.

Otro episodio interesante se da en el primer milagro del Señor: la conversión del agua en vino. María pedía a Jesús que hiciera algo porque el vino se había terminado. La respuesta del Señor fue contundente: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora (Juan 2:4). Otras versiones colocan: ¿Qué tengo yo contigo, mujer?, aunque en ambos casos se refleja el carácter independiente de Jesús frente a María, quien a pesar de respetarla no asumió su petición como si fuese una orden de alguien superior. Así que mucho cuidado con aquellos que pretenden nombrarla corredentora, intercesora ante el Señor en favor del pueblo. Desde un principio la Escritura nos advierte que Jesús no tiene nada con María, en cuanto a concederle favores por causa de haber sido la mamá en esta tierra, sino que él es su Mediador entre Dios y ella, como Mediador es entre Dios y los hombres pecadores.

El diablo desea parecerse a Dios, como príncipe de las tinieblas se transforma a sí mismo en un ángel de luz, pero sigue siendo un Anticristo (alguien en lugar de Cristo y al mismo tiempo contra Cristo). La Gran Ramera mencionada en el Apocalipsis representa una sinagoga de Satanás, alguien que orquesta adulterio espiritual con toda la tierra (las muchas aguas en las que está asentada). El texto que nos habla de Juan el Bautista contento porque el Señor estaba cerca, nos dicta una cátedra en cuanto al que está por nacer. Es un ser humano, no un embrión inconsciente, no un pedazo de carne netamente biológica sino una persona. Lo mismo dejó dicho el Salmista: Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas (Salmo 139:16).

Los ojos del Señor ven el embrión no como una masa de carne impersonal sino como un conjunto de elementos que constituyen una persona. Esto debiera frenar la práctica del aborto y tenerla como el asesinato de una persona.

Decía el existencialista francés, Jean Paul Sartre, cuando se refería a la variedad de vida en el planeta tierra: Oh, cuántas formas inútiles de vida. Esta existencia nuestra es un rayo de luz en medio de dos eternidades de tinieblas. Por su parte, Nietzsche habla de un nihilismo pasivo: Como decadencia y retroceso del poder del espíritu. Asegura que la humanidad ha matado a Dios, que los seres humanos somos una cabuya sobre un abismo. Su desespero lo muestra alejado de su formación religiosa primaria, apartado por completo de la reconciliación con Dios. En síntesis, una buena parte de la filosofía humana nos dice que no sabemos por qué razón estamos en este planeta, que inquirirlo no nos da ventaja, que saber hacia dónde vamos resulta inútil. Somos solamente átomos, para qué angustiarnos por nosotros mismos si lo que nos rodea son millones de millones de átomos.

El que Juan se moviera en el vientre de su madre desdice todo este argumento del nihilismo y del desespero. Por supuesto, esto toca el terreno de la fe para lo cual el hombre natural no se siente preparado. A él le parece una locura todas las cosas relativas al Espíritu de Dios, porque han de ser discernidas espiritualmente. Como la falsamente llamada ciencia arropa a la humanidad con sus medios de información, con la invasión de textos escolares, con la enseñanza universitaria, una gran parte de los que profesan el cristianismo como religión han asumido la hipótesis de la evolución, lo que nos sumerge por igual en una especie de seres sometidos al azar con un Dios mecanicista que se olvidó de nosotros. Dejó sus leyes naturales y nosotros apenas podemos vislumbrarlo con dudas bíblicas por causa de la disparidad entre el libro de la ciencia (falsamente llamada) y el libro de Dios.

Juan moviéndose en el vientre de su madre, frente al Señor que estaba en el vientre de María, nos sigue hablando a los creyentes. Hay vida en el feto, hay personalidad en el feto, para tener cuidado con el aborto o asesinato de una persona. Nos habla también sobre los niños que el Espíritu Santo toca con la información debida para que reconozcan al Señor como Salvador de nuestras almas. Pero también nos dice que no todos los niños son tocados desde ese momento para que vayan a Cristo, así que de nuevo Dios en su soberanía da su evangelio a quien quiere dárselo.

César Paredes

retor7@yahoo.com

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