Pecamos porque somos pecadores, no nos hacemos pecadores por pecar. Interesante premisa para demarcar la frontera entre la santidad divina y la pecaminosidad humana. Adán fue colocado en el huerto como modelo para la humanidad que vendría, de tal forma que no se convirtiera en el padre Adán por quien estuviésemos agradecidos siempre. Al contrario, sabemos por las Escrituras que Adán tenía que pecar (1 Pedro 1:20), ya que el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo, destinado para manifestarse en los postreros tiempos apostólicos.
Dios tenía un plan cargado de decretos, uno de ellos decía que el Cordero se manifestaría oportunamente. Por esa razón Adán no pudo permanecer sin pecado, ya que el plan de Dios lo exigía. Dirán algunos, eso no parece justo, ¿por qué, pues, Dios inculpa a la humanidad? Esa idéntica forma de razonar la posee el objetor de Romanos 9, a quien se le dio respuesta tajante: ¿Y tú quién eres, sino un miserable vaso de barro en manos del Alfarero? Puede ser que seas un agradable herético cristiano, pero no podrás declararte felizmente inconsistente en materia de doctrina bíblica.
El sistema binario de Dios se ha manifestado desde siempre: Todo o nada, oveja o cabra, trigo o cizaña, elegido o reprobado. Hubo herejes en la época del recién nacido cristianismo, como los hubo en el período de la ley de Moisés, en medio de los viejos profetas. Están los que negaban y niegan la esencia divina del Cristo, los hay también de los que niegan el objeto de su trabajo. En este último renglón parece que la humanidad se ha enredado más fácilmente, ya que un argumento falaz de ad misericordiam los ha tomado por sorpresa con su veneno portable en la blanda palabra.
La palabra blanda trae su veneno, de manera que la teología tolerante también la posee, la que viene como espíritu de estupor para engañar a los que no se gozan de la verdad sino de la mentira. Blanda palabra por cuanto se cubre de textos bíblicos, con argumentos circunstanciales para descontextualizar las enseñanzas de Jesús y sus discípulos. ¿Quién cree hoy día que el arminianismo como sistema teológico es una herejía? Casi todos los que se consideran creyentes cristianos profesan su teología, bajo el parámetro de la bandera mitológica de la religión: el libre albedrío.
Esta gente asegura que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, para que las masas estén atentas y gustosas con el ruego de Dios. De esa forma, cada quien aportaría un pequeño esfuerzo en el proceso de salvación en el cual Dios hizo su parte y ahora cada quien debe hacer la suya.
Esa palabra blanda no parece áspera como aquella usada por Jesús, de acuerdo a lo que muestra Juan 6. La palabra dura de oír que expuso Jesucristo hizo perder a miles de personas ya ganadas con el milagro de los panes y los peces, pero los hizo perder como adeptos discípulos de Jesús. Al Señor no le importó nada ese hecho, al punto en que se volvió a los doce desafiante para increparles si ellos querían irse también. La enseñanza de Jesús respecto a la soberanía divina fue tajante, sin doblez, simple y aguerrida, para que la gente reaccionara de una vez y tomara partido en el asunto.
Ninguno puede venir a Cristo si el Padre no lo trajere; el que a Cristo viene no es echado fuera jamás, sino que será resucitado en el día postrero. Esa afirmación de Jesús (Juan 6) marca la diferencia entre el evangelio mentiroso predicado a las masas y el evangelio apostólico enseñado por el Cristo. Se desprende de la afirmación de Jesús que los que no vienen a él no lo hacen porque no los envía el Padre. Por igual se deduce que aquellos que vienen por cuenta propia, o por mediación de los falsos creyentes, serán rechazados en el día final cuando les diga: Nunca os conocí.
Poco importa que ellos proclamen en su defensa que hicieron milagros, que predicaron por doquier, que alabaron el nombre de Dios. La expresión será la misma: Nunca os conocí. El Señor conoce a los que son suyos, tiene comunión con ellos solamente. Pero en los desconocidos el evangelio permanece escondido, de tal forma que el dios de este siglo les cegó el entendimiento para que no les resplandezca el brillo del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. Dios hace que brille el conocimiento de la redención de Jesucristo en los que redime, como un fruto natural e inmediato del Espíritu cuando regenera a una persona. ¿Cree usted que la gloria de Dios permitirá que permanezcan las tinieblas en el redimido? Al contrario, la Biblia enseña que Dios es quien dice que de las tinieblas resplandecerá la luz, para que brille en nuestros corazones la luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo (2 Corintios 4:3-6).
Ciertamente, esa gloria divina se manifiesta con el verdadero Jesús de las Escrituras, no con los falsos Cristos que han venido a este mundo camuflados en textos bíblicos manipulados por los maestros de mentiras. Si la Escritura nos encomienda a examinar los espíritus para ver si son de Dios, hemos de ser capaces de hacerlo. Esto resulta posible porque hemos sido redimidos, porque tenemos el Espíritu de Dios y porque la palabra de Dios se ha convertido en nuestra lámpara. Si juzgamos a los espíritus (a las personas) para ver si son de Dios, lo hacemos por medio de la palabra como rasero espiritual y de autoridad. Al mismo tiempo, nos hacemos un favor para evitar sus trampas y contaminación espiritual; por otro lado, quitamos de la doctrina cristiana cualquier adhesión interpolada sagazmente por los que se disfrazan de ángeles de luz. Si juzgamos con justo juicio lo hacemos por medio del verdadero evangelio de Cristo.
El pecado aparta al hombre de Dios, hace que Dios esté airado contra el impío todos los días. El infierno viene como irremediable destino de los pecadores irredentos, para aquellos a quienes la vida les vino como tragedia. Mejor les hubiera sido no haber nacido, pero el destino que el Padre fijó para cada quien obedece al plan decretado por Él como Dios inamovible. El lloro y el crujir de dientes no son una metáfora, el fuego que no se extingue y el gusano que no muere tampoco lo son. Pero si lo fueran, lo serían por igual de algo de terrible tormento, por los siglos de los siglos. Esa descripción de la muerte eterna debería hacernos correr de inmediato ante el trono de la gracia, a los pies del Todopoderoso. Sin embargo, la gente se burla, miles de ¨cristianos¨ dejaron de creer en la verdad de las palabras bíblicas respecto al infierno, otros nos hablan de que fue una invención religiosa para mantener adeptos en los templos.
Deberíamos pensar de qué vino a salvarnos Jesucristo. Nos vino a salvar del pecado y de la muerte eterna, de la condenación perpetua, para llevarnos al sitio donde mora el Padre. Nos amistó con Dios, habiéndonos reconciliado por su sangre en la cruz, de acuerdo a las Escrituras que dictaban que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados. El Señor lanzará al fuego eterno a sus enemigos, a los malvados a quienes les pagará conforme a sus obras, con el lloro y el crujir de dientes. Habrá fuego eterno y castigo eterno, como paga para todos los que han cometido pecado y que no han sido perdonados. Cualquiera que no fue hallado en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego, donde el humo de su tormento asciende por los siglos de los siglos, sin tener descanso noche y día.
Vuélvete ahora en amistad con él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien. Toma ahora la ley de su boca, y pon sus palabras en tu corazón. Si te volvieres al Omnipotente, serás edificado; alejarás de tu tienda la aflicción (Job 22:21-23).
César Paredes
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