Nimrod, el cazador contra Jehová, inicia Babel, la que por algo es llamada confusión. Su origen etimológico, según los expertos en lengua acadia, nos lleva al significado de Puerta del Dios o Puerta de los Dioses. Nimrod era bisnieto de Noé, como para indicarnos que no todo lo que proviene del rescate en el Arca nos vino como inicio de una creación sin pecado. El plan de Dios continuaba como en el principio, con Jesucristo como meta para recibir la gloria de Salvador, el Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo, para ser manifestado a favor de su pueblo en la era apostólica (1 Pedro 1:20).
Babel ilustra con su torre la tendencia de la humanidad a engrandecerse. Lo que sucedió en aquella antigua época continúa por siempre en este mundo vendido al pecado. El deseo humano de independencia del Creador viaja en las venas de la humanidad, bajo el ánimo de rivalizar con todo lo que se parezca a Él. No en vano, los creyentes en el mundo estamos expuestos al odio natural de la descendencia de la serpiente. Dios había ordenado ciertos principios generales al hombre cuando lo creó, uno de ellos se refería a llenar la tierra. ¿Cuál fue la intención con Babel? Querían centralizar el poder y vigilar que los súbditos no se extendiesen fuera de sus fronteras, deseaban el control absoluto en manos del tirano Nimrod.
La ciudad con su torre sería un símbolo del poder autónomo del ser humano contra el Creador. Una autonomía relativa por cuanto no existe casilla vacía: lo que pretendían liberar de la mano del Creador lo sometían a la tiranía del cazador contra Jehová. Hacerse un nombre pasa como deseo natural de aquellos que comienzan a despuntar en la vida, un nombre para su empresa que sobrepase a otras, para ejercer dominio sobre sus pares; un nombre que cultive el ego, un hábito en el ámbito intelectual de la humanidad. Escritores, poetas, autores diversos, escenógrafos, artistas de cine, actores de teatro, en fin, incluso los cantantes religiosos anhelan un nombre sobre todo nombre. Esto no es otra cosa que la exaltación del orgullo, como sucedió de acuerdo al relato de Génesis 11: Hagámonos un nombre.
Cuántas personas no aspiran a controlar su propio destino, como si posible fuera. Aún los griegos antiguos conocieron que el Destino (Moira) dominaba incluso a los dioses, una fatalidad a la que cantaron con sus tragedias. El sentido trágico de la humanidad subyace en el destino que le es impuesto, su deseo de lucha y rebeldía la conducen por una serie de eventos donde aparece la paradoja de la vida. Surge la auto exaltación como principio activo para destacar sobre el otro, cosa que ahora llaman necesidad competitiva para el desarrollo de la sociedad. Babel nos enseña que el deseo de controlar su propio destino, en lugar de someterse a la voluntad de Dios, toma el orgullo como bandera y acarrea mucha enemistad con el Creador.
Más allá de la estructura física, la torre constituyó un símbolo de lucha para rivalizar con Dios. Una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo (Génesis 11:4), van unidas al espíritu de hacerse un nombre, un claro desafío para imponer su propia autoridad ante el Creador. El ser humano lucha contra la soberanía de Dios, el que tenga duda puede mirar las páginas de los textos bíblicos. Verá que en muchos episodios se ve a la multitud o al individuo en cólera contra el designio divino. Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? Esas fueron las palabras por la inmediata reacción de la multitud que, habiendo sido beneficiada del milagro de los panes y los peces, lanzó contra las palabras del Señor. A esa muchedumbre no le gustó que se le dijera que ninguna persona puede ir a Cristo si el Padre no la envía. La gente quería que se le respetara su libertad de ir o de no ir, lo que se llama en teología una ficción: la del libre albedrío.
Pablo en su carta a los romanos describe el dolor que siente al tener que dar una revelación divina en torno a la condenación y salvación eternas. Con profundo dolor en su corazón no se guardó para sí el conocimiento, sino que nos lo entregó a cada lector de su epístola (Capítulo 9). El apóstol levantó en forma retórica a un objetor, alguien que se rebela contra el designio de Dios, en especial contra la voluntad de condenar a Esaú sin mirar en sus obras buenas o malas. Lo mismo aconteció para con Jacob, solo que fue beneficiado con la vida eterna. Pablo nos describe la soberanía absoluta de Dios, como lo hiciera Jesucristo cuando hablaba con los beneficiarios de los panes y los peces (Juan 6).
Esa objeción retórica continúa latente hoy día, ya que no son pocos los que se preguntan: ¿Hay injusticia en Dios? ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistir a su voluntad? El ser humano se molesta con el yugo de Dios, no desea ninguna brida para su boca, para su lengua, anhela libertad en medio del caos. Esto fue también lo que les ocurrió a aquellos edificadores de la ciudad y la torre.
El deseo de hacerse un nombre grande conlleva implícito el anhelo de opacar el nombre de Dios. Pero el Señor ha dicho que no compartirá su gloria con nadie. La salvación le pertenece, viene de gracia y no por obra humana alguna, ni por obra de ángeles, así que incluso la fe se nos otorga como regalo. Pero de nuevo la Biblia nos habla de la autonomía de Dios: No es de todos la fe; sin fe es imposible agradar a Dios. El ser humano caído en delitos y pecados anhela los beneficios espirituales pero sin el benefactor. Desea tener la vida pero sin el Dios que la dio; anhela convertirse en su sacerdote para hilvanar teorías sofisticadas acerca de lo que es Dios y de cómo se comporta. En realidad trabaja para confeccionar un ídolo, una imagen mental de lo que debería ser Dios.
La humanidad continúa su viaje hacia la torre. Un nuevo orden mundial se avecina y pretende congregar las religiones bajo un solo nombre; ya hay intentos globalizantes en nombre de la cercanía espiritual de los hombres. Dios es el mismo en cada religión, solo que tiene diferentes nombres y ha sido percibido de diferentes maneras. De esa forma y con ese criterio muchos se convencen bajo el argumento de cantidad, ya que la mayoría no puede estar equivocada. El sueño de Nimrod lo alcanzará alguien que funja como tirano, bajo un gobierno mundial, tal como la Biblia que tanto rechazan ha anunciado desde hace siglos.
Así tiene que suceder, porque el destino ha sido escrito. El hombre acelera sus pasos para su propia destrucción, bajo la creencia de que se independiza del Creador y se hace un gran nombre para sí mismo. Su tragedia ha sido escrita y le anuncia lo que inequívocamente hará, a pesar de que desprecie las palabras del oráculo divino. Porque Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17).
César Paredes
absolutasoberaniadedios.org
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