PACTO DE REDENCIÓN

Se ha llamado pacto de redención al pacto Inter-trinitario hecho en la eternidad. El Padre dibujó el plan de redención, el que el Hijo prometió llevarlo a cabo en la obra redentora. Por su parte, el Espíritu concuerda en aplicar los resultados de esa salvación en los elegidos. De esta forma, cada persona electa fue representada por Jesucristo en la cruz, mientras el Espíritu aplica esa salvación con el llamado y la santificación, por lo cual habita el corazón de cada redimido.

Pablo bendice a Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, por habernos bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales, según nos escogió en él desde antes de la fundación del mundo. La razón de esa escogencia apunta a que seamos santos y sin mancha delante de él, si bien la predestinación se hizo en amor, de manera que fuésemos hechos hijos adoptivos del Padre a través de Jesucristo, según el propósito de la voluntad divina (Efesios 1:3-5).

Si Dios no bendice, nadie podrá hacerlo; así de simple. Nosotros merecíamos a tenor de la ley ser malditos, por el quebrantamiento de al menos uno de sus puntos. Sin embargo, el apóstol para los gentiles señala que el Padre nos bendijo con toda bendición espiritual. Por esa razón ya no hay temor del rechazo o de la maldición, y como dijera David: Maldigan ellos, pero bendice tú (Salmo 109:28). El hombre puede maldecir mil veces, pero si Jehová nos bendice lo demás no tiene fuerza ni sentido.

Dios Padre escogió seres caídos como nosotros, pero lo hizo para considerarnos santos y sin mancha por el lavado que realizó el Hijo en la cruz. Ese conocimiento previo en la Biblia se refiere a la intimidad, como cuando la Escritura dice que Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo. Evidente resulta que Adán ya conocía a su mujer, pero dice la Escritura que la conoció de nuevo, para señalar la unión renovada que daría un fruto a la vida. Así es el conocimiento previo del Padre, no que Dios conoce de antemano todas las cosas -lo cual pasa por absolutamente cierto- sino que Dios tuvo comunión con nosotros, en lo más íntimo de su voluntad y nos escogió en Cristo.

El amor de Dios por su pueblo se define como eterno, cuando también Cristo vino a ser la cabeza y representante de todos nosotros. Por esta vía, la Biblia nos da cuenta de que tenemos toda bendición en los cielos. Esta aseveración tiene su fundamento en la naturaleza de la eternidad de los decretos de Dios, siendo un Dios eterno todo lo tiene sin sombra de variación. Y ese sabio Dios no nos escogió porque no hubiésemos pecado, sino para tenernos por santos y sin mancha delante de Él. Asunto posible por el amor que nos tiene, por lo cual nos hace partícipes de la santificación por el Espíritu Santo, la separación del mundo.

Esa santidad que Dios reclama para nosotros se hizo posible en la justicia de Cristo, por quien fuimos lavados en su sangre, para esperar con ansias la vida que viene sin pecado alguno. Sin mancha y sin arruga, libres del pecado definitivamente, los lugares celestiales nos aguardan. El amor de Dios se deja ver en la elección que hizo de nosotros, para que vivamos eternamente en santidad y felicidad. Dios nos predestinó en amor, lo cual significa que lo hizo para vida eterna; a otros, en cambio, los predestinó en ira, para condenación perpetua. Ejemplo de ello lo da la Escritura cuando refiere a la vida y destino de Jacob y Esaú (Romanos 9:11-13; Malaquías 1:1-5). Jesús oraba en Getsemaní y dejó en forma clara la relación de este pacto de redención: Glorifica a tu Hijo para que el Hijo pueda glorificarte a ti, ya que le has dado autoridad sobre toda carne, para darle vida eterna a todos los que tú le has dado a él (Juan 17:1-2). Los otros, los que el Padre no le dio al Hijo, son los Esaú del mundo, los que eligió para condenación perpetua y viven para siempre bajo su ira.

Jesucristo cumplió con un pacto de obras necesario, para vencer la maldición de la ley. Lo que Adán no pudo cumplir en el Edén, por lo cual tuvo que morir, lo cumplió Jesucristo sin quebrantar la ley, ofreciendo su vida en rescate por muchos. Haz esto y vivirás, decía la ley; Jesús hizo todo lo que la ley mandaba y vivió por ella para nuestro beneficio. Al fracaso de Adán por no cumplir con la obra encomendada (no comer del fruto de un árbol), vino el triunfo del último Adán (Jesucristo: 1 Corintios 15:45). Ese cumplimiento genera gracia para aquellos que el Padre eligió en el Hijo, pues como ya se dijo, habiendo fracasado el primer Adán vino el triunfo del postrer Adán, Jesucristo, como cabeza federal de los redimidos. En el pacto de gracia Dios nos promete un premio de vida eterna, pero esa promesa la hace unilateralmente sin que dependa de nuestro asentimiento. Si por gracia, ya no es por obras, decía Pablo.

Jesucristo sufrió la maldición por el pecado cuando expiró en la cruz del Calvario, habiendo sido abandonado por el Padre. De esa manera, el justo moría por los injustos, para conseguir la presea mejor a la que ser humano alguno haya podido aspirar. Ese triunfo lo saboreamos por gracia, gratuitamente por su sangre, sin que dependa de nosotros. El Espíritu Santo nos ha sido dado como garantía de la redención final, para que interceda por nosotros con gemidos indecibles, para que opere nuestra santificación (separación del mundo).

Así como Jehová cubrió la desnudez del primer hombre con pieles de animales, Jesucristo nos ha cubierto con su sangre; de esta manera se ha hecho un pacto eterno con cada elegido del Padre para que vivamos saciados con las riquezas celestiales. Nosotros celebramos la Cena del Señor, conmemorando su muerte y resurrección, el nuevo pacto en su sangre, para traer a la mente la copa derramada por nosotros (copa de sangre que limpia el pecado y copa de gracia que nos lleva al cielo sin méritos nuestros). Por gracia sois salvos, por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios (Efesios 2:8).

El pacto de redención nos vino por gracia, el pacto de obras lo pudo cumplir Jesucristo para nuestro beneficio, pero no existe ni un solo redimido en el cielo que no lo haya sido por gracia divina. Gratuitamente, sin merecimiento nuestro, vamos a la patria celestial amparados en la redención otorgada por el Padre, a través del Hijo y por la aplicación y operación del Espíritu Santo. Por esa razón se nos recomienda vivir bajo la santidad de Dios, apartados del mundo y sus tentaciones, procurando tener una conciencia limpia de obras muertas, conociendo el inmenso trabajo que hizo Jesucristo para que fuera posible la recepción de semejante regalo.

César Paredes

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