EL VENERABLE ESAÚ

Odié a Esaú, y convertí sus montes en desolación, abandoné su heredad para los chacales del desierto. Si Edom dijere: volveremos a edificar lo arruinado, Jehová dice: ellos edificarán y yo destruiré, y les llamarán territorio de impiedad, y pueblo contra el cual Jehová está indignado para siempre (Malaquías 1:3-4). Esa promesa de Jehová en su acentuado odio contra Esaú no depende de circunstancias que Dios aprovecha. Por cierto, su aborrecimiento (miseo en griego) ocurrió sin mirar circunstancia alguna: antes de que hiciese bien o mal, antes de ser concebido (Romanos 9: 11-13).

Venerable Esaú por cuanto tiene multitud de defensores, desde que Pablo levantara un objetor para demostrar retóricamente la oposición natural del hombre caído frente a su Hacedor (Romanos 9:19). Los negacionistas de la soberanía absoluta de Dios se abrazan a la serpiente del molinismo, pretendiendo recordar la escultura de bronce levantada en el desierto para sanar de heridas de reptiles. Para estos objetores Dios supo lo que haría Esaú con su primogenitura y por eso lo aborreció, pero no era para tanto. David pecó horriblemente tomando una mujer ajena y asesinando a su marido, con todo fue considerado un hombre conforme al corazón de Dios. Siguió escribiendo salmos, aparte del 51 (el de su arrepentimiento), y por si fuera poco de él vino la línea del Mesías.

El molinismo es una teoría filosófica-teológica que intenta reconciliar la providencia divina con el inexistente libre albedrío humano. Para esta corriente Dios no causa ni el arrepentimiento ni la credulidad, sino que los pecadores cooperan libremente con el Altísimo. Esa reconciliación pasa por un conocimiento medio que Dios tendría de los eventos, como si supiera los posibles futuros que la criatura escogería dadas unas determinadas circunstancias. Dios no elegiría nuestros caminos sino que se confina a garantizar que las condiciones se den para que hagamos aquello que nos propusimos.

Si Dios garantiza la libertad humana, cabe suponer que la criatura puede elegir entre varias posibilidades (de eso se trata la libertad de elección). Supongamos que Dios vio en el túnel del tiempo que unos judíos aguardaban un Mesías. Se propuso enviar a su Hijo bajo la garantía de lo que escogería la gente en la tierra, que no era sino solo posibilidades. Los judíos pudieron aplaudir sin crucificar al Mesías, en el combo de libertades que se supone tener bajo el libre albedrío. Dios no pudo estar seguro de que el Mesías sería crucificado, pero a fin de cuentas se arriesgó y corrió con suerte: aquello que previó se cumplió porque las circunstancias conspiraron a favor de su propósito. Por supuesto que el Sanedrín pudo escoger no juzgar a Jesús, que Pilato pudo liberarlo (ya que gozaba de poder suficiente para hacerlo). Sin embargo, más allá de la suerte divina veríamos a un Dios atado de manos y necesitado de aprobación humana para ligar que su plan (no originario, por cierto, sino copiado de la humanidad) se realizara sin obstáculo.

En ese circuito azaroso todo pudo suceder, incluso el Hijo pudo pecar como una posibilidad abierta. Toda esta teología se haría en virtud del venerable Esaú, para defender su animosidad contra el mandato divino. Esaú se perdió de la misma forma que el Faraón, por testarudo e indisciplinado en materia divina. El propósito de Dios, su plan originario, no contaría porque estaría supeditado a la también venerable libertad humana. Sin libertad no habría culpabilidad, por lo tanto el juicio de Dios sería injusto. Eso fue lo que dijo el objetor de Romanos 9, que habría injusticia en Dios, que Él no debería inculpar al pobre de Esaú porque no se puede resistir a la voluntad de Dios.

Con esa declaratoria bíblica se deja de lado la conjetura del libre albedrío. Pablo levanta ese objetor con el propósito de validar en forma fehaciente su argumento sobre la soberanía de Dios en materia de condenación. Lo que mueve la objeción surge como bandera de una larga fila de teólogos y filósofos bíblicos que rechazan el texto de la Biblia. Yo no creo en ese texto, decía Wollebius, teólogo protestante de los siglos XVI y XVII, mientras señalaba el verso de Romanos 9:18: al que quiere endurecer, endurece. Bien, al objetar la Escritura no solo se irrumpe contra un texto solamente sino contra una cadena semiótica de versos que anidan la teología del evangelio (Mateo 10:29-30; Génesis 50:20; Hechos 4:27-28; Efesios 1:11; Isaías 14:24-27; Job 42:1-2; Proverbios 19:21, etc.).

Todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios, esto es: a los que conforme al propósito divino son llamados (Romanos 8:28). La palabra divina salida de la boca del Señor hará todo aquello para lo que fue enviado, no volverá a Él vacía, sino que cumplirá el propósito del Señor (Isaías 55:10-11). ¿Será qué hay algo que no pueda suceder porque el ser humano sirve de obstáculo para que ni Dios pueda conseguir su propósito? Porque si el libre albedrío existiese, dado que a Dios se tiene por Omnipotente pudiera ser que destronara la voluntad humana. Pero no, parece ser que Dios tiene un freno de mano que se activa al solo imaginar la libertad del ser humano.

Claro, ese freno lo hace a Él un Caballero, como dicen algunos en los púlpitos. El freno de la libertad detiene al Todopoderoso, a la espera de una mano levantada que le permita entrar al corazón del hombre. Pero la Escritura dice que su pueblo será de buena voluntad en el día del poder de Dios; ese día llega primero y después viene la buena voluntad. Somos barro en manos del alfarero, de acuerdo a la imagen del apóstol Pablo, cuando hablaba de Esaú como objeto de la ira de Dios. Nos recuerda el apóstol que no tenemos la potestad de altercar con el Creador, pero esto nos lleva a comprender que aquellos que altercan con Dios han sido colocados para hacer tal actividad nefasta.

Pedro también se refiere a aquellos que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Mientras tanto, sigue el sonido de la voz de Dios que dijo que no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, ni quien busque al verdadero Dios; cada cual se apartó por su camino. Por esta razón Dios no puede ver a ningún alma capacitada para recibirlo cuando supuestamente mira por el túnel del tiempo; ¿cómo, pues, va a estar pidiendo permiso para resucitar a un muerto en delitos y pecados? Tal vez sean palabras duras de oír, pero el Señor no calla jamás. No temió que lo dejara solo aquella multitud de los panes y los peces, siguió diciéndoles que no podían venir a él si no le fuere dado del Padre. Hablaba de su soberanía en materia de elección y condenación.

¿Por qué tenía la Escritura que cumplirse respecto a Judas? ¿Acaso Judas sabía lo que haría y lo que le acontecería? Si Judas no supo lo que le esperaba mal pudo Dios averiguarlo en el túnel del tiempo, para después decírselo a sus profetas. El Dios del plagio puede ser por igual el Dios del molinismo. La veneración a Esaú ha generado teologías del oprobio, apartadas de la Escritura, con suficiente encanto para engañar a todos aquellos que no aman la verdad pero que están dispuestos a recibir el espíritu de estupor. He aquí pongo en Sion piedra de tropiezo y roca de caída; y el que creyere en él, no será avergonzado (Romanos 9: 33).

César Paredes

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