El Dios de la Biblia inculpa de pecado, exonera a aquellos por los que el Hijo murió, pero anuncia a todos que existe el deber de arrepentirse y creer en el evangelio. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Esa interrogante se hace desde siempre, ya que al comprender la soberanía divina vemos que en todos lados Dios está. Estuvo con Adán cuando lo creó y lo formó de la tierra, cuando le ordenó no probar del árbol del conocimiento del bien y del mal. Estuvo por igual cuando Adán cayó y se escondió por temor a que se viera su desnudez. La Biblia también nos asegura que el Cordero de Dios fue ordenado desde antes de la fundación del mundo (antes de haber sido creado Adán) para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).
Vemos con claridad que si el Hijo fue ordenado como Cordero antes de que Adán fuese formado, el pecado tenía que entrar en el mundo. Dios no actúa por contingencias, como si tuviese ases debajo de la manga; Él hace todo cierto y su palabra viene como cierta. Adán, en consecuencia, tenía que pecar; esto parece contrariar a muchos teólogos que suponen que el primer hombre sobre la tierra tenía igual de posibilidades para no pecar. Sin embargo, pese a que Adán no tenía opción su responsabilidad lo acompañó siempre y no fue exonerado del castigo. El punto fue que desobedeció, sin que cuente en su alegato el que no pudo abstenerse de pecar.
Lo mismo puede decirse de Esaú, un hombre odiado por el Creador desde antes de nacer o de cometer alguna maldad. Dice la Biblia que antes de ser concebido o de hacer bien o mal ya había sido destinado como vaso de ira. Esto se asemeja a lo que le aconteció a Judas Iscariote, llamado diablo e hijo de perdición. Por estos casos y otros más como el del Faraón de Egipto, los objetores de Dios reclaman injusticia en su Hacedor, hasta el punto de negar al mismo Dios porque no sería digno de llamarse como tal. Esa injusticia divina fue tratada por el apóstol Pablo en su carta a los Romanos, pero bajo preguntas retóricas. Aunque una de ellas fue respondida por el mismo apóstol: En ninguna manera, dijo. Dios no es injusto sino soberano, con el derecho de alfarero sobre el barro que le pertenece, para hacer vasos de honra y vasos de deshonra.
Esa respuesta no parece saciar el alma impía que se levanta contra el Creador, así que vano resulta dar respuesta para el alma inquisitiva e irredenta. Basta solo lo que la Escritura apunta: Dios no puede tenerse como injusto, sino que ¿el juez de toda la tierra no ha de ser justo? Una de las consecuencias de esta teología bíblica coloca al mal como problema. Dios hace lo malo, por lo tanto es un Dios malo. Como si Dios por hacer la vaca fuese tenido por vaca; a esto habrá que responder como el apóstol: En ninguna manera. Dios hizo al malo para el día malo, es llamado bueno por Jesucristo, sus hijos lo reconocemos como misericordioso y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y verdad. Sus enemigos no piensan lo mismo y denigran de su carácter, lo que significa que detestan su soberanía.
Una metáfora ha planteado el profeta Isaías en su libro, capítulo diez. Allí dice el escritor que el rey de Asiria se había vanagloriado por haber cortado naciones no pocas. Ese rey no sabía que Dios lo estaba usando para hacer su obra (verso 12), para después castigarlo por su soberbia, por la altivez de sus ojos. Ese rey suponía que había logrado su triunfo por el poder de sus manos, con su sabiduría y con sus estratagemas, por causa de su prudencia. En realidad había sido un imprudente con Jehová al achacarse la obra encomendada. Dios habla a través del profeta y compara al rey de Asiria con un hacha de trabajo, pero un hacha que se jacta contra el que con ella corta. Por supuesto, la manera de expresarlo fue a través de una pregunta retórica, esas preguntas que no merecen ser respondidas pero que cada lector debe responderse a sí mismo.
¿Se gloriará el hacha contra el que con ella corta? ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el báculo levantase al que lo levanta; como si levantase la vara al que no es leño! (Isaías 10:15). En Génesis 20: 3-6 leemos que Dios restringió la mano de Abimelec sobre la mujer de Abraham (lo detuvo de pecar), pero eso lo hizo Dios mismo y no fue Abimelec quien restringió su propia mano. De la misma manera hemos de comprender el texto de Isaías, porque no fue el rey de Asiria el que ideó todo lo que realizó con éxito. No en vano Jesucristo nos enseñó en el Padrenuestro a pedirle a Dios que no nos metiera en tentación.
Pero Dios inculpa lo que el hombre peca con soltura. Los actos oprobiosos acaecidos en torno a la crucifixión de Jesucristo fueron todos pecaminosos. Sin embargo, el planificador de esos hechos fue el mismo Creador, Dios del cielo y de la tierra. Esos hechos fueron profetizados y narrados en las Escrituras mucho antes de que se cumpliesen, así que no porque el Padre lo haya planeado de esa manera los pecadores fueron exonerados. Pilato se lavó sus manos, pero no con la sangre de Cristo sino con agua. Judas entregó con un beso al Hijo del Hombre, pero su castigo resultó eterno (aunque iba para que la Escritura se cumpliese). ¿Qué, pues, diremos? ¿Haremos culpable a Dios de nuestros vicios y errores? ¿Diremos que hagamos males para que vengan bienes?
Jacob y Esaú estuvieron bajo la misma condición y situación, formados con los mismos genes (de la misma masa), pero uno fue amado y el otro fue odiado. Uno fue escogido y el otro rechazado, sin que el uno hubiese realizado una buena acción y el otro una mala actividad. Jacob no fue amado (escogido) por alguna buena obra que haría, ni Esaú fue odiado (rechazado) por alguna mala acción que fuese a cometer. En realidad, con este último, el plato de lentejas por el cual tasó su primogenitura fue consecuencia de no haber sido amado sino odiado. La doctrina de la predestinación se basa en el que hace la elección, sin importar su masa elegida: toda corrompida.
Jacob no tuvo méritos propios para salir favorecido con la elección para vida eterna, pero Esaú no realizó mérito alguno para que se pensara otra cosa respecto de él. No podía actuar de otra manera porque su corrupción no le dejaba otro camino; pero la Biblia nos asegura que Dios tomó la decisión de formarlo como vaso de ira para mostrar su poder y enojo contra el pecado. Las obras buenas o malas no son el móvil de Dios para predestinar para salvación o para reprobar para condenación. Por eso surge la pregunta: ¿Habrá injusticia en Dios? La libertad la tiene el Creador, no la criatura, de manera que el propósito divino en relación con la elección pueda permanecer. No por obras, dice la Escritura (ya que nada puede ser más variable que la obra humana -como asegura Pablo cuando se describe en Romanos 7). Sí, el bien que el apóstol quería hacer no hacía, empero el mal que odiaba esto hacía.
Pablo agradece a Dios por Jesucristo que lo puede librar de ese cuerpo de muerte que lo tiene azotado con el pecado (Romanos 7), lo cual corrobora que por gracia se es salvo. Solamente por medio de aquel que llama con llamamiento eficaz, el incambiable Jehová. ¿Qué haríamos si el Señor cambiara de parecer cada vez que mira nuestra iniquidad? Nos ve a través del Hijo, mira el acta de los decretos que nos era contraria clavada en la cruz y pasa por alto el castigo en nosotros. Pero eso no lo hace a expensas de su justicia, por cuanto es un Dios justo, sino en virtud de la justicia alcanzada por el Hijo. De allí que se haya escrito que Jesucristo es nuestra pascua, nuestra justicia, la justicia de Dios.
Nosotros descansamos en que los dones y el llamamiento de Dios son sin arrepentimiento (Romanos 11:29). ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió…¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?…Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que no amó (Romanos 8:33-37). Ante ese Dios que inculpa de pecado, podemos decir con el salmista David lo siguiente: Feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32:1-2).
César Paredes
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