Los que no eran pueblo suyo son ahora llamados su pueblo, asegura la Escritura. El pueblo más ínfimo de la tierra, lo más insignificante, escogió Dios de acuerdo al Antiguo Testamento, para llevar su estandarte a toda la tierra. La antítesis colocada puede ser Egipto, el gran imperio antiguo frente a un naciente pueblo esclavo. Pablo habla de los que una vez estuvimos alienados de la nación de Israel, los que ahora no debemos sentirnos extraños y ajenos sino que compartimos ciudadanía. Fuimos ajenos a los pactos y a las promesas, en tanto gentiles, pero ahora compartimos tales promesas.
Pero a Israel le ha acontecido endurecimiento en parte, para que nosotros los gentiles pudiésemos entrar en el conglomerado del Israel de Dios. Jesucristo funge como base, como piedra angular, el que también se presenta como el verdadero Dios de Israel, de forma tal que los santos del Antiguo Testamento están en unión con los del Nuevo en una misma ciudadanía y bajo una misma cabeza. Recordemos que los gentiles anduvimos dispersos y desasociados de las promesas y de la relación con Dios.Tal vez lo irónico podría verse al mirar al Israel como nación de hoy día que vive alienada del Israel espiritual de antaño. Por supuesto, innumerables gentiles de hoy continúan como los gentiles del período del Antiguo Testamento.
Sin Cristo no hay Israel, sin ese fundamento no existe la hermandad espiritual (Efesios 2:12, 19; 3:6). Se ha cumplido la promesa dada a Abraham, el padre de los judíos y de la fe: en él serían benditas todas las naciones de la tierra. El Evangelio también fue predicado a Abraham, para que los de la fe seamos bendecidos con el creyente Abraham. Tengamos en cuenta que Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia, pero lo que le creyó consistió en dar por cierta la promesa del hijo que vendría. Ese hijo (Isaac) contendría la Simiente que es Cristo: En ti y en tu simiente serán bendecidas todas las familias de la tierra (Génesis 28:14). A Abraham fueron hechas las promesas y a su simiente. No dice: y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno. Y a tu simiente, la cual es Cristo (Gálatas 3:16).
El Evangelio fue predicado en el Antiguo Testamento a los israelitas, por medio de Abraham y por lo dicho a Moisés y demás profetas (ejemplo amplio en Isaías); los que confiaron en Cristo como si los holocaustos fuesen su sombra fueron redimidos por gracia. Porque la ley a nadie salvó sino que trajo maldición por el pecado, mas la confianza en la promesa abundó para salvación. De esta forma queda claro que nosotros los gentiles fuimos injertados en el olivo original, pero por igual la planta lleva fruto en virtud de ambos olivos.
A la nación de Israel le ha acontecido endurecimiento en parte, como también la Escritura lo anuncia. Se nos conmina a no jactarnos contra ellos, sino a orar para salvación como hiciera Pablo de acuerdo a Romanos 10:1-4. Muchos llamados creyentes continúan apoyando hoy día a Israel como nación, dándole dinero para la reconstrucción del Templo, donde oficiaría el Anticristo. ¿Somos llamados a esa ignominia? Jesucristo ya respondió a eso anticipadamente cuando dijo: Ustedes investiguen en las Escrituras porque entiendo que les parece que en ellas tienen la vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí (Juan 5:39).
Sin el testimonio de Cristo no puede haber vida eterna, así que el endurecimiento de Israel como nación los aleja del Israel de Dios. ¿Cómo puede un creyente apoyar la reconstrucción de un Templo donde se oficiará de acuerdo a los ritos de la ley que ya no tienen sentido? Habiendo venido el Mesías se rasgó el velo y cesó todo sacrificio y ofrendas por el pecado, que antes se hacían como sombra de lo que había de venir y ya vino. Y aunque Dios haya ordenado la abominación desoladora (de la cual habló el profeta Daniel) no nos toca a nosotros apoyar su gobierno mundial, por el solo hecho de que Dios traiga al mundo su plan eterno. Dios hizo al malo para el día malo, pero nosotros tenemos el deber de reprender las obras infructuosas de las tinieblas. Ya Jesucristo es nuestra paz y de ambos pueblos hizo uno, habiendo derribado la pared intermedia de separación (Efesios 2:14).
Tanto los que estábamos lejos como los que estaban cerca fuimos advertidos de las buenas nuevas de paz, para que ambos grupos tengamos entrada por un mismo Espíritu al Padre (Efesios 2:18). Seguimos anunciando este evangelio en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones. Sabemos que habrán de creer todos los ordenados para vida eterna, desde antes de la fundación del mundo. Pero eso nos estimula a seguir adelante, sabiendo que veremos fruto; no nos abandonamos desanimados porque de todas maneras creerán aquellos que Dios quiere que crean, ya que aún aquellos no podrán invocar a aquel a quien no conocen. Sin el Evangelio no puede haber conocimiento del Salvador, aparte de que el hecho de ser anunciadores de la buena nueva nos regocija y constituye un honor de alta estima.
Somos portadores de la buena nueva para todos los que serán benditos en Abraham. Tenemos que advertir por igual contra los que se jactan de pertenecer a sectas de mezclas entre judaísmo y cristianismo, como si con ello se potenciara el Evangelio. Para nada, el Evangelio sigue siendo el mismo siempre, no nos avergonzamos de ese poder de Dios para salvación. Tengamos cuidado con volver a los rudimentos de la ley, como si una combinatoria entre ley y gracia hiciera más fuerte el nudo de salvación. Al contrario, la mezcla del vino con algo extraño lo daña; el que ha sido llamado por el buen pastor lo sigue y jamás se volverá tras el extraño (Juan 10:1-5).
El espíritu de estupor que Dios ha enviado al mundo opera en aquellos que no aman la verdad. Hay muchos que han escuchado el Evangelio, incluso lo han gustado y saboreado, pero no han conocido al siervo justo e ignoran su doctrina. En ese estatus desconocen la justicia de Dios, la que sabemos es Jesucristo. ¿Cómo ignoran tal justicia, si siempre dicen invocar al Señor? Simplemente no han comprendido que el Hijo de Dios vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), no a salvar a cada habitante del planeta tierra. Cuando la justicia de Dios no se comprende no se puede creer: ¿Cómo creer aquello que no se entiende? Gracias a Dios que el Evangelio la declara en forma simple, para que los beneficiados con arrepentimiento para perdón de pecados, y fe para creer en el Hijo como la justicia de Dios, lleguemos a conocer al siervo justo que justifica a muchos.
César Paredes
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