Dios colocará su mirada en los fieles de la tierra, el que ande en el camino de la perfección me servirá (Salmo 101:6). Una tarea fuerte tenemos los creyentes, intentar ser perfectos como nuestro Padre; no obstante, no puede conducirnos ese mandato a la neurosis. Ya Pablo lo aseguró de sí mismo, que el bien que deseaba hacer no hacía, empero el mal que odiaba esto hacía. Pero el apóstol continuó adelante con su ministerio, llevando la palabra adondequiera que el Señor lo conducía. La prostituta que trajeron ante Jesús para que la juzgara, resultó absuelta, perdonada y restaurada. Solamente se le dijo que no pecara más (como lo venía haciendo).
Hay gente que le encanta ver humillados a los que pecan, como que no les bastara que el Señor hubiera perdonado a aquellos que caen, se arrepienten e intentan alejarse del pecado. No, algunos desean verlos sometidos al escarnio eclesiástico, en medio de la congregación, para después tener suspicacia y vigilar los movimientos del infortunado que fue embestido por el diablo. Cuando esas personas que condenan cometen errores prefieren el anonimato, piden oración por ellos para salir del problema, pero no se colocan en el escenario público de la iglesia para confesar lo horrendo de sus pensamientos y demás fechorías. Les encanta, sin embargo, que otros lo hagan para sentirse dichosos de no estar en el podio de los acusados.
Eso no puede ser tenido como amor, por lo cual se rompe el mandato dado por Jesús en Juan 13:34: Un nuevo mandamiento les he dado, que se amen unos a otros. Tampoco puede ser amor el rechazar la doctrina de Cristo por el solo hecho de que quien la cree también comete errores. Pecar es errar el blanco, equivocarse, desobedecer a Dios. Jesús nos enseñó la doctrina del Padre, cosa que atormentó a muchos de sus discípulos que se retiraron haciendo murmuraciones. Dura palabra de oír, dijeron, por lo que se retiraron para buscar una palabra más blanda. De seguro la encontraron, ya que siempre aparece alguien que se entregue a las fábulas y al sosiego de las masas. Como dice la Escritura: Se volverán a las fábulas.
A Pablo también lo acusaron injustamente, con el argumento de que predicaba hacer males (pecar) para que vinieran bienes (la gracia). Si miramos la doctrina de Cristo nos daremos cuenta de que su oración modelo nos enseña a pedir al Padre que no nos meta en tentación. Ya sabemos que Dios no tienta a nadie, pero sí que nos puede meter en la tentación (para eso tiene agentes que le sirven). Dirás que esto no tiene sentido, como tampoco tiene sentido que después inculpe de pecado a quien no puede resistirse a la voluntad de Dios.
La Escritura resolvió esa inquietud y enfatizó en que la criatura no es más que barro en manos del alfarero, de manera que no conviene altercar con Dios. Indudable resulta que la vida inmoral habla mal del que pasa como cristiano, así que somos llamados a la mayor pureza posible. El camino de la santidad tenemos que recorrer, haciendo morir lo terrenal en nosotros. Si caminamos en la luz, como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado. Esas palabras de Juan en su Primera Carta (1:7) sirven de motivación para cada creyente. Pero hay quienes aseguran que andan en la luz (porque no cometen pecados públicos muy costosos socialmente), aunque odian a sus hermanos. Esos no andan en luz sino en tinieblas, por más que digan lo contrario (1 Juan 2:9). Surge la necesidad de conocer quién es mi hermano, porque muchos falsos profetas, maestros de mentiras, cizañas en medio del trigo, aparecen a diario entre nosotros. Los que no viven en la doctrina de Cristo andan en la transgresión y no pueden ser considerados hermanos (2 Juan 1:9-11). Todos transgredimos la ley de Dios a diario, en la medida en que continuamos pecando. Acá Juan lo aclara de seguida, habla de la transgresión pero también de no vivir en la doctrina de Cristo. Dios tiene un estándar para que vivamos y ese nivel no se refiere solamente a la ética sino al fundamento de nuestra fe que es Cristo. Pero Cristo no viene solo como Dios-hombre, sino que trajo un cuerpo de enseñanzas que el Padre le dio. Así lo expresó en Juan 7:16, por lo que el apóstol Juan escribió en una de sus cartas que este es un rasero para juzgar.
Si alguien abraza esa doctrina de Cristo y la profesa, pero después se aparta, se convierte en un transgresor. ¿Es que la salvación se ha perdido? De acuerdo a lo que Jesús dijo en Juan 10:1-5, que también forma parte de su doctrina, el que lo sigue no se vuelve jamás tras el extraño. Se deduce que quien lo sigue y se vuelve atrás nunca ha sido enviado por Dios Padre hacia el Hijo (Juan 6:45), por lo tanto fue un aventurero que degustó los bienes de la gloria venidera pero no mostró raíz profunda. No ha perdido la salvación porque nunca la ha tenido.
Los argumentos de los falsos maestros no convencerán a los que viven en la doctrina de Cristo. Tampoco los hará desviar la persecución, las trampas del enemigo, ni sus propios pecados (porque siete veces caerá el justo y siete veces Jehová lo levantará). Aquellos que desprecian la doctrina del Señor, al adulterarla para volverla más suave de tragar, los que siempre argumentan con preguntas constantes acerca de tal o cual texto que les parece que enseña algo contra la doctrina del Señor, no son dignos de decirles bienvenidos en nuestras casas (2 Juan 1:10).
Decirles bienvenidos implica atraer una trampa por medio de la conversación, así que más vale que no tengamos que cruzar palabra con nadie para tener más tiempo para con el Señor. Se entiende que acá Juan habla de los que profesan ser creyentes y no lo son, de los que dicen ser cristianos porque confiesan un credo de memoria, cantan himnos agradables, leen la Biblia y memorizan sus textos, por lo cual confunden. Pero el mismo Juan nos recomendó también a probar los espíritus para ver si son de Dios. Jesús lo dijo: de la abundancia del corazón habla la boca, como signo de prueba del árbol bueno y del árbol malo. Esas personas que se dicen creyentes tienen un veneno debajo de su blanda lengua, no se pueden contener de picar como el alacrán sobre la rana.
De esa manera los conocemos, de su abundante corazón que se pone de manifiesto a través de la palabra que profieren (sea oral, escrita o mímica). Pablo colocó un alto umbral, algo que no soportan los oídos de los réprobos: A Esaú odió Dios antes de que hiciera bien o mal, como para acabar de una vez con el tema de las obras sumadas a la gracia. Los objetores de la palabra de Dios de inmediato comienzan a citar textos de la Escritura que supuestamente están en contradicción con lo antes mencionado, demandando explicación de cada uno de ellos. Pero son oidores olvidadizos y a veces tenemos que hacer como el Señor ante Pilato: callar.
La Biblia nos conmina a no hacer pacto con los habitantes (moradores) de la tierra (en aquel caso fue la prometida), de acuerdo a Éxodo 34:15. Nos dice que no nos unamos en yugo desigual con los incrédulos, ya que la justicia no tiene compañerismo con la injusticia. Tampoco la luz con las tinieblas tiene alguna relación, ni Cristo con Belial. Entonces, ¿qué parte tendrá el creyente con un incrédulo? Somos templos de Dios, así que cuidemos ese habitáculo del Señor para que more siempre en un atrio limpio. De esa manera podemos servir abierta y confiadamente a nuestro Señor, para testimonio ante todos.
César Paredes
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