Grandes predicadores de la humanidad los hay, como también existen poderosos sacerdotes de la Gran Ramera. Todos ellos participan de un denominador común, el apego a una verdad conciliada en un justo medio. El Dios de la Biblia les resulta demasiado binario y soberano, pese a que algunos de ellos se inclinen por las doctrinas de la gracia. Los viejos fariseos también conocían el Antiguo Testamento, pero habían inferido un Dios que les convenía. Era la divinidad de las obras, de la estirpe israelita, ajeno a los gentiles, con el cual manipulaban a las masas más ignorantes que ellos.
La ignorancia mata. No podemos defender al que ignora la justicia de Cristo, pretendiendo esgrimir un argumento ad misericordiam o uno ad populum. Como si la mayoría tuviera la razón por el peso de la cantidad, o como si los más necesitados socialmente tuviesen justificación por obras de ignorancia. A los fariseos de entonces les fue dicho que se asemejaban a los sepulcros pintados de blanco por fuera, podridos por dentro. Porque la muerte hiede, especialmente después de unos días. Los que yacen muertos en delitos y pecados apestan, aunque se blanqueen externamente con laca religiosa o se perfumen con las flores de la religión espuria.
Hubo un predicador perteneciente a la Reforma Protestante que se hizo célebre, tan célebre como pudieron hablar de él no una sino dos autobiografías. Su ego va delante y lo anuncia como el príncipe de los predicadores calvinistas. Él fue tenaz defensor de las doctrinas de la gracia, pero sucumbía por el pietismo de los que blandiendo una y otra vez sus herejías doctrinales se ensañaban contra el Dios de la Biblia. Llegó a afirmar que los enemigos de la doctrina de Cristo (de la gracia) cuando llegaran al cielo (en virtud de su religión herético-pietista), se convertirían en calvinistas (propulsores de la gracia).
Semejante barbaridad lo deja desnudo por virtud de la traición de sus palabras. Su verbo lo dejó expuesto, como cuando la palabra descubre el corazón. Hablamos de Charles Spurgeon, muy conocido defensor de su religión calvinista. La gente se apega a las tradiciones, a imágenes de líderes políticos-religiosos, vende sus ideas como si fuesen extraídas de las Escrituras, sin examinar minuciosamente su veracidad. Por esa razón reclamamos lo de la Biblia como perteneciente al Dios que la inspiró, pero nos alejamos de aquellos que pretenden hacer palabra de Dios sus propias palabras.
Ese Spurgeon fue el que sagazmente atribuyó a Esaú su condenación, al vender su primogenitura. El que propuso que ante dos preguntas distintas había que dar dos respuestas diferentes, ya que hipotéticamente alguien puede preguntarse por qué Jacob fue salvado y por qué Esaú fue condenado. Sin embargo, la Biblia da una misma respuesta para ambas interrogantes, como lo leemos en Romanos 9:11: pues no habían aún nacido (Jacob y Esaú), ni habían aún hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama. Es decir, Pablo señala por inspiración del Espíritu Santo que los gemelos fueron escogidos independientemente de sus obras buenas o malas, pero Spurgeon, aún conociendo lo que la Escritura dice, torció el sentido para perdición de muchos, al afirmar que Esaú se condenó por sus obras. Es más, llegó a declarar que su alma se rebelaba contra aquel que colocara la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios.
Bien, Spurgeon mismo lo dijo: su alma se sublevaba, se rebelaba, se volvía insurrecta, se disgustaba, repugnaba y atentaba contra la autoridad de Dios mismo. ¿Por qué? Porque el que inspiró las palabras escritas por Pablo fue el Espíritu Santo, Dios mismo, así que Spurgeon se declaró insurrecto contra la autoridad divina del Espíritu, se molestó y manifestó repugnancia contra el Dios de la Biblia por condenar a Esaú (colocar la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios) sin mirar en sus malas obras. ¿No es eso lo que Arminio escribió en sus obras? Él dijo que la predestinación era repugnante, así de simple. Lo mismo aseveró John Wesley, pero muchos alaban su pietismo aparente, porque lo que importa es decir que Jesús salva, un cliché religioso que abre puertas a miles de personas que siguen el espíritu de estupor porque odian la verdad.
Si alguien desea corroborar lo dicho, puede ir a un sermón en la web (o en las obras completas de Spurgeon) titulado Jacob y Esaú. Allí puede leer el escrito y tomar nota de lo dicho. Como dijera David: ¿No odio a los que te odian? En realidad odiamos esas declaraciones de los que odian a Dios, aunque en realidad amamos a cualquiera que anda perdido en las tinieblas del mundo y de Satanás, por lo cual le declaramos la verdad en amor para que la conozcan. Si no lo amáramos lo dejaríamos en la ignorancia respecto a la justicia de Dios, que es Jesucristo. Por eso les anunciamos que Jesús no puede ser un cliché, una palabra mágica para salir del infierno, o para no ir a ese lugar; no, Jesús significa Jehová salva, un nombre que le fue dado al niño por nacer porque venía con una condición a este mundo: salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).
Jesús vino a salvar el mundo amado por el Padre (Juan 3:16) pero no vino a salvar el mundo no amado por el Padre (Juan 17:9). De allí que este evangelio molesta a muchos, como parece que le molestó demasiado al príncipe de los predicadores y a muchos de los discípulos que seguían a Jesús. El Señor dijo: Ninguno puede venir a mí a menos que le sea dado del Padre (Juan 6:65); Todo lo que el Padre me da vendrá a mí (Juan 6:37). Por lo tanto, todos aquellos que sin excepción el Padre le da vendrán a Jesús (solamente ellos).
Los seguidores de Jacobo Arminio promulgan la tesis católico-romana dibujada por los jesuitas. Uno de sus férreos seguidores se llamó John Wesley, denominado el príncipe de los predicadores arminianos. Así que tenemos dos príncipes honrados por sus teologías: el príncipe calvinista (Spurgeon) y el príncipe arminiano (Wesley), como si se tratara dos lados de una misma moneda. Ambos proclaman teologías antagónicas, pero se dan la mano bajo el cuento de que predican a Jesús, por lo cual nos preguntamos ¿qué detiene el que se den la mano con Roma, que también predica a Jesús?
Tanto Arminio como Roma promulgan la elección condicional, el libre albedrío, el perfeccionismo, una expiación ilimitada (por lo tanto ineficaz), una justificación que está condicionada en el pecador, una perseverancia condicional, en un franco rechazo y odio contra la elección incondicional y la reprobación incondicional. Pero los calvinistas que detestan muchas de las doctrinas romanas y arminianas, saludan con agrado la tenacidad religiosa de Wesley y Spurgeon, de Arminio y de Roma, en sus trazos ecuménicos. En especial se da cuando sus ojos se enfocan en la vida ejemplar de sus grandes líderes, al igual que antes se miraba la apariencia de los fariseos.
Calvino llegó a decir que la expiación de Jesús se hizo por todo el mundo sin excepción, pero que resulta eficaz solamente en los elegidos. Llegó a afirmar que mientras Jesús le lavaba los pies a Judas le estaba dando la oportunidad de arrepentirse, como si eso fuese el deseo del Señor quien más bien lo apuró para que hiciera lo que tenía que hacer. Pero Calvino se refugiaba en las doctrinas de la gracia de la boca para afuera, porque ese era el arma teológica de la Reforma contra Roma. Sus seguidores ahora equiparan sus enseñanzas al evangelio, un atrevimiento que ni los viejos fariseos tuvieron respecto a ellos mismos.
¿Qué importa cuánto celo se tenga por el evangelio, si no se hace conforme a ciencia? Eso fue lo que dijo Pablo cuado escribía a los romanos, que su oración era para salvación porque ellos andaban perdidos. Tener celo respecto a Dios sin el conocimiento de su justicia (Jesucristo como propiciación por todos los pecados de su pueblo), no conduce a nada bueno sino a la permanencia en el estado de perdición eterna. ¿Qué importa llamarse seguidor de un predicador o teólogo famoso, si su doctrina se aleja de las enseñanzas de Jesús? Por cierto, existe un hábito intelectual peligroso, el creer que Jesús vino a enseñar ética para que vivamos testificando ante el mundo y contra sus errores. La ética de Jesús no se objeta, pero eso Pablo lo demostró cuando escribía a los romanos y les dijo que su celo por Dios (su ética) no les servía de nada si ignoraban la doctrina de Cristo (sus enseñanzas respecto a su justicia, como se señala en Juan 6, de acuerdo a los textos antes mencionados).
Juan, por su parte, escribe en su Primera Carta, Capítulo 1 verso 9-10, que el transgresor es aquel que se aparta de la doctrina de Cristo. Esa persona ajena a las enseñanzas del Señor, respecto a lo que vino a hacer en esta tierra (que no vino solo a hablar de moral y buenas costumbres) no tiene ni al Padre ni al Hijo. Por eso decimos: ¿cómo puede tener al Espíritu Santo? En verdad debemos seguir el camino de la soledad del profeta Elías, la de Isaías que le preguntaba al Señor quién había creído al anuncio dado, la soledad del que predicaba en el desierto (Juan el Bautista). No podemos decirle bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo.
César Paredes
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