LA DESGRACIA DEL FARAÓN

La vida eterna se define como el conocer al Padre en tanto único Dios verdadero, y a Jesucristo el enviado del Padre. De esa manera lo describió Jesús en su oración la noche previa a su crucifixión (Juan 17:3). Nuestra comisión se centra en la actividad de conocer a Dios, por la mejor vía que se nos ha presentado: la revelación de las Escrituras. Por supuesto, no podemos negar que la creación misma nos habla de Él, de su poder y sabiduría con la que ha hecho todas las cosas. Por las Escrituras sabemos que al conocer la verdad de Dios llegaremos a la libertad plena (Juan 8:32).

Ese conocimiento en el creyente testifica de su estado de gracia; para Faraón su ignorancia dio prueba de su profunda desgracia. Él dijo: ¿Quién es Jehová para que los deje ir? Esa pregunta lo desnudó como un ser carente del conocimiento del siervo justo que justifica a muchos, por lo tanto hasta el día de su muerte permaneció a oscuras y su tragedia en esta vida fue similar a la de cualquiera que ignore al Salvador del mundo.

Pero Jesús no vino a salvar a cada uno en particular, sino a su pueblo, a sus amigos, a sus hermanos, a los hijos que Dios le dio. En resumen, Jesús redime a su iglesia de sus pecados, conforme a las Escrituras. Aquellas personas que tuercen sus palabras (las de la Escritura) escucharán la sentencia fatal en el día final: Nunca os conocí. Muchos pasan su existencia en este mundo embebidos en sus afanes, en sus lujurias, en el acto de agradar a sus ojos. De esa manera jamás intentan examinar las Escrituras porque ni siquiera les parece que allí encontrarán la vida eterna.

Otros, rigen su vida por la búsqueda de esa vida que jamás encuentran. Su preconcepción religiosa les impide ver la realidad descrita en las páginas de la Biblia. Al parecer odian la verdad porque no la aman, de manera que los rodea el espíritu de estupor que los impulsa hacia el aprecio de la mentira. Dios ordena que de las tinieblas brille la luz en nuestros corazones, la luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Contrariamente, el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4:4).

Vemos dos rostros en la presentación del Evangelio: el del Faraón y el de Moisés. Un rostro cuyos ojos cegados por el príncipe de este mundo, a quienes muchos veneran, desconocen la justicia de Dios. Otro rostro cuya serenidad refleja la presencia del Dios que iba con él para darle descanso. Se han encontrado en un mismo sitio la desgracia y la misericordia, dos efectos naturales del plan o decreto divino respecto al destino de los hombres. El corazón humano parece un globo a oscuras, que gira en densas tinieblas sin poder distinguir el sendero. La luz divina alumbra las tinieblas y muestra el pecado humano, con la finalidad de destacar su extraviada condición.

La soberbia humana continúa preguntando quién es Dios, pero desea la respuesta de filósofos y teólogos entrenados en los argumentos de mentiras. Ellos buscan quien les hable de acuerdo a sus fábulas mentales, bajo los dictámenes del extravío de sus corazones. No toleran la palabra bíblica de los labios de Jesús, ya que su dureza los ofende. Prefieren hacer fila con el objetor para señalar la insuficiencia de justicia que perciben del Dios bíblico, compensada con el equilibrio que les ofrecen sus ídolos.

Hay gente que a pesar de leer la Biblia con celo de Dios continúa con el viejo velo que tuvieron los de Israel en el Antiguo Testamento. Aquellos tuvieron el entendimiento embotado, pero los de hoy día continúan con escamas en sus ojos y con oídos que no oyen. Parece haberles arropado el espíritu de estupor, un poder engañoso para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron con la injusticia (2 Tesalonicenses 2:11-12).

Ese espíritu de engaño lo vivió el Faraón frente a Moisés, cuando sus magos hicieron algunos prodigios para mantenerlo en la ilusión de su propia verdad. Lo vivieron los judíos frente al Hijo de Dios, cuando se jactaron de ser hijos de Abraham y de tener la ley de Moisés, por lo cual no necesitaban del hijo del carpintero. Lo siguen poseyendo todos aquellos que no se deleitan en la verdad, porque les parece dura de oír y prefieren la suavidad de voz de un dios hecho a su medida. Han confeccionado a un ídolo que ama a todos por igual, que no juzga sino en base a las buenas o malas obras, que envió a su hijo a morir por todos sin excepción, equitativo, que odió a Esaú en base a sus malas decisiones, que dice palabras blandas para que la gente no huya de las asambleas. Por igual aman al dios que permite que sucedan cosas aunque esa divinidad no quiere que esas cosas sucedan; estiman en grande al ídolo que respeta el libre albedrío que su imaginación ha creado a través de los siglos.

En su ruta del pecado deambulan como si fuese de noche, en toda suerte de tropiezos. Todavía permanecen esclavos del pecado y continúan como siervos de la injusticia. Muchos de ellos llegarán al mismo destino del Faraón, como personas ordenadas para tropezar en Cristo como la roca. Otros huirán de Babilonia cuando oigan la voz del buen pastor, para seguirlo por siempre. El evangelio se anuncia a todos con la finalidad de servir de testimonio, pero endurece a muchos para aumentarles la condena, mientras a otros salva por gracia. La desgracia del Faraón fue su predestinación para servir como objeto de la gloria de Dios en su justicia y castigo por el pecado. Asimismo, muchos han sido colocados en el mismo sendero, si bien Dios tiene que soportarlos con paciencia hasta el día del juicio final.

Así que Dios nos enseña un gran contraste entre la gracia y la desgracia, entre los réprobos en cuanto a fe, cuya condenación no se tarda, y los rescatados de las tinieblas a la luz. Los réprobos no creen ni creerán jamás el Evangelio, pero los que hemos nacido de nuevo sí que lo creemos. Asumimos la doctrina del Evangelio, que es la misma doctrina de Cristo -dada por el Padre. Creemos con Juan que quien no vive en esa doctrina del Señor no tiene ni al Padre ni al Hijo; sabemos que mientras estuvimos muertos en delitos y pecados fuimos miserables como los demás, por lo cual no podíamos tolerar ni mucho menos creer las cosas propias del Espíritu de Dios. Nos parecía una locura todo aquello, ya que no podíamos discernirlas.

Ahora que fuimos regenerados hemos creído en la verdad del Evangelio: la buena nueva de salvación para el pueblo de Dios (Mateo 1:21), sabemos que pertenecemos al grupo por el cual Cristo rogó la noche previa a su crucifixión. Entendemos que los réprobos en cuanto a fe conforman el grupo de personas del mundo por el cual Jesucristo no rogó esa misma noche (Juan 17:9). De esa manera se confirma lo dicho por Isaías respecto al siervo justo que justificaría a muchos, no a todos. El conocimiento del siervo justo nos justifica, pero ese conocimiento no pudo llegar antes de nosotros haber sido regenerados. Sin embargo, este evangelio viene a ser el inicio para que todos los llamados de las tinieblas a la luz acudan hacia el buen pastor, una vez que su llamamiento eficaz los alcance.

La salvación pertenece al Señor: ninguna decisión personal hace la diferencia entre cielo e infierno, como tampoco ningún conocimiento especial que poseamos. Nuestra voluntad (decisión) y nuestro conocimiento teológico vienen como consecuencia de nuestra regeneración. La palabra de Dios no volverá a Él vacía, sino que hará lo que le fue ordenada. En Faraón esa palabra no regresó sin nada, sino que le dio la gloria a Jehová sobre la altivez del arrogante mandatario egipcio, mientras rescataba por igual al pueblo esclavo objeto de la promesa hecha a Abraham.

César Paredes

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