Ve a la hormiga, oh perezoso, mira sus caminos, y sé sabio; la cual no teniendo capitán, ni gobernador, ni señor, prepara en el verano su comida. Y recoge en el tiempo de la siega su mantenimiento. Perezoso, ¿hasta cuándo has de dormir? ¿Cuándo te levantarás de tu sueño? (Proverbios 6:6-9). Esta admonición del libro de Proverbios nos viene al caso sobre la tarea teológica. Muchos piensan que la teología la deben ejercer los profesionales egresados de institutos específicos, graduados de seminarios de teología. El trabajo, como tema de estos proverbios citados, se extiende a todos sus renglones, inclusive al estudio de las Escrituras.
Tal vez el proverbio carezca de propiedad por cuanto la hormiga no lee, pero su ejemplo descrito cubre nuestras necesidades. La Biblia ha dicho que el pueblo de Dios perece por falta de entendimiento; Isaías habla tocante al debido conocimiento que hemos de tener en relación al siervo justo; Jesús nos dijo que hemos de examinar con buen escrutinio las Escrituras, porque suponemos que allí está la vida eterna. El gran Jehová (el gran Yo Soy el que Soy) ordenó que el pueblo recién salido de la esclavitud leyera la ley, la escribiera en los dinteles y en sus ropas. Todas las Escrituras vinieron gracias a la labor de escribanos, su compilación y publicación obedece al hecho de que hay gente esmerada en la actividad de escribir. Su consumo va dirigido primordialmente a lectores, de manera que se exige un esfuerzo para dejar la pereza cuando se trata de aprender y comprender la palabra de Dios.
La pereza destruye a cualquiera en el área en que se es perezoso. Tal vez una persona sea diligente para manejar negocios y hacer dinero, pero se descuida en cómo administrarlo. A lo mejor estudia mucho su carrera universitaria, pero deja su Biblia prensada en la biblioteca de su casa junto a otros libros que considera más importantes. Ellos andan como si tuviesen humo en los ojos, por la pereza que demuestran frente al texto sagrado. Si su alma desea conocer las Escrituras pero la cunde la pereza, nada alcanzará respecto a ese propósito.
Algunos suponen que pueden amar a Cristo con el corazón, pero que los asuntos de la mente o intelecto no comprenden su tarea. Equivocados andan por el mundo, enredados en el espíritu de estupor, porque amar al Señor implica conocer su palabra. Él es el Verbo hecho carne, el Logos que creó el mundo; en esa su creación hizo la inteligencia para los seres humanos, la cual le honra, aunque en especial la que está en sus hijos. Esa Escritura que habla de él agrega que los creyentes (nacidos de nuevo) tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2:16). Al poseer la mente de Cristo hemos de buscar la instrucción que viene de arriba, no necesariamente la del mundo, como si su filosofía pudiera explicarnos los misterios del Evangelio.
Algunas personas pueden tener celo de Dios, pero si no les asiste el entendimiento respecto a la justicia divina, andarán perdidos como el más oprobioso réprobo en cuanto a fe. Eso lo expone Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 10, versos 1-4. Dejar la doctrina de Cristo bajo ignorancia, escondiéndose en el supuesto amor al Señor, nos lanza hacia el sabor del misticismo, del ostracismo religioso que se goza en la subjetividad del sentimiento de la religión.
Pablo nos dice que debemos andar con diligencia, no como necios sino como sabios (Efesios 5:15). Los necios no tienen enfocados sus ojos adonde caminan, sino que andan por senderos de oscuridad. Sus vías apuntan a la destrucción final, aunque les parezcan en principio caminos de bien. El loco o el necio pueden andar desnudos, sin el acato del orden público. De igual forma, el necio bíblico camina sin los atuendos del Evangelio, con un evangelio acortado, cuyos adornos son el barniz religioso de su cultura. El necio bíblico suele vivir fuera de la doctrina de Cristo, aunque profesa creer en él como Hijo de Dios, como Salvador del mundo, como el que puso su vida por todo el mundo, sin excepción. Él no sabe distinguir entre la justicia de Dios y la justicia humana, supone que la diferencia final entre cielo e infierno la hace él mismo con su voluntad, con su religiosidad, con su constancia y hábitos de religión que lo consagran como conocedor de la Biblia.
El estudio pudiera ser considerado como el más noble empleo del alma, pero solo si se apunta a la Escritura como contenedor de la vida eterna. De lo contrario, solo acarreará fatiga para la carne, porque el hacer muchos libros no tiene límite, máxime cuando estudiamos unos que contradicen a otros, todo lo cual sirve tan solo como ejercicio intelectual. Pero, ¿en qué aprovecha el alma si ganare todo el conocimiento humano y ella se perdiere? No hay fin en hacer muchos libros, decía Salomón (Eclesiastés 12:12).
La Biblia nos incita a juzgar con justo juicio, nos ordena a probar los espíritus para saber si son de Dios. Nos prohíbe darles la bienvenida a quienes no vivan en la doctrina de Cristo. El mucho celo por Dios sin conocimiento no sirve de nada, lo dijo Pablo cuando escribía a los romanos. La justicia de Dios funge como centro del Evangelio, por lo que conocer al siervo justo que justificará a muchos conviene. La justicia de Dios es Jesucristo, porque cumplió la ley sin quebrantarla en ningún punto, sufrió la maldición del pecado de todo su pueblo (Mateo 1:21) para que las actas con los decretos que nos eran contrarias fuesen clavadas en la cruz. No rogó Jesús por el mundo (Juan 17:9), por lo tanto murió solamente por el mundo amado por el Padre (Juan 3:16).
Mejor es el día de la muerte que el día del nacimiento, decía Salomón. Bien, Pablo lo ratificó cuando afirmó que para él el vivir era Cristo pero el morir era ganancia, porque prefería partir para estar con Cristo lo cual era mucho mejor. A veces nos toca el lamento por la soledad en la que andamos, pero ese lamento delatado en nuestro rostro conduce a que el corazón se perfeccione (Eclesiastés 7:3). Somos odiados por el mundo, pero ese mundo está por igual en las sinagogas donde no se perdonan los pecados que Jesús ya perdonó. Allí impera el gobierno de las reglas del Derecho religioso, por sobre el amor del Padre que nos amó con amor eterno. En esas sinagogas se exhiben con luces los pecados de todos aquellos que exponen la doctrina de Cristo, para que nadie los escuche y sigan al espíritu de estupor.
La palabra de Jesucristo todavía les parece dura de oír, y así será hasta el fin de sus días, cuando sean consumidos por la mentira y tragados por la garganta del abismo. La Biblia en la boca del impío genera interpretación privada, desviación contextual para tropiezo en la roca que es Cristo. Por eso Dios le dice al malo: ¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes, y que tomar mi pacto en tu boca? Pues tú aborreces la corrección y echas a tu espalda mis palabras (Salmo 50:16-17).
César Paredes
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