No que haya dos evangelios, sino que algunas personas en su perversión anuncian otro diferente. Esa premisa de Pablo nos conduce a la síntesis de la existencia de un solo Evangelio, el anunciado por Jesucristo y sus apóstoles, el revelado a través de Isaías y de los demás escritores bíblicos. Ya en el Génesis encontramos su aparición cuando Jehová cubre de pieles de animales la desnudez humana, o cuando se le anuncia a Eva la Simiente prometida que vencería a la simiente del dragón, la denominada serpiente antigua. Así que no hay nada nuevo pero sí algo original y propio del Dios de las Escrituras, lo cual hace deducir que desde antes de la fundación del mundo existía el Evangelio en el pacto interpersonal de la Divinidad.
En la ejecución de la redención las tres personas divinas realizan su operativo particular: el Padre ordenó todo cuanto existe y ha hecho la predestinación y elección eterna, el Hijo vino a morir por todos los pecados de su pueblo, el Espíritu Santo regenera a la criatura que ha sido enseñada por Dios y que ha aprendido para ser enviada a Cristo. Esto tiene apoyo de las Escrituras, en múltiples textos, como ya se ha escrito en otros artículos.
El anuncio de la buena nueva de salvación nos toca a los creyentes como tarea, sin distinción de personas, para llamar a toda posible criatura humana al arrepentimiento y a creer en el Evangelio. Poco importa si el que escucha el mensaje no posee la capacidad natural para creer, ya que no es de todos la fe y ella viene como un regalo de Dios. Ciertamente, sin fe resulta imposible agradar a Dios. Pero la metanoia (arrepentimiento en griego) implica un cambio de mentalidad respecto a dos cosas, por lo menos: 1) En relación a quién es Dios. Ya no será la misma concepción que como seres naturales acostumbramos a tener, como si fuese un ser minúsculo o un genio de una lámpara, que nos escucha para venir en nuestro auxilio a concedernos deseos o favores. Ahora se trata de verlo en su dimensión bíblica: el Hacedor de todo, el Todopoderoso Jehová que hace como quiere y no tiene consejero, un Dios soberano en forma absoluta que ha elegido el destino de todo cuanto ha creado; 2) En relación a quiénes somos nosotros, ínfimas criaturas que estamos acá en esta tierra por obra divina, que nos infatuamos sin tener con qué, que presuponemos que venimos de la nada o de una ameba a través de un proceso evolutivo. Una vez arrepentidos de esas falsas creencias, pasamos a comprender que nunca podemos vivir en forma independiente de nuestro Creador.
Ese arrepentimiento de lo que hemos sido nos conduce a ser otros, a creer de otra manera en el Dios que nunca habíamos imaginado porque como criaturas naturales no lo podíamos discernir, por lo tanto nos parecía locura todo lo que oíamos al respecto. El nuevo nacimiento que nos da el Espíritu de Dios nos otorga vida eterna que comenzamos a disfrutar desde ahora mismo, por lo cual nos volvemos voluntarios de Dios en este día de su poder en nosotros. Dios es el que ha elegido, no basado en nuestras obras muertas (delitos y pecados) sino en su buena voluntad y gracia soberana. Tuvo misericordia de los que eligió desde la eternidad, amándonos con amor eterno y prolongándonos su misericordia. Pero en su lado opuesto Él endureció a quien quiso endurecer, para que la redención se muestre por gracia y no por obras, a fin de que nadie se gloríe.
Para que la gente se evite malas interpretaciones, la Biblia enseña que todos hemos pecado y hemos llegado al estatus de apartamiento de la gloria de Dios. Destituidos de esa gloria, hemos seguido cada cual por nuestros caminos, sin desear al verdadero Dios, sin exhibir siquiera un poco de justicia que satisfaga al Padre Creador de todo lo que existe. Pero para que se levanten objetores y maledicentes, la Biblia por igual enseña que Dios amó a Jacob y odió a Esaú desde antes de ser concebidos, sin mirar en sus obras buenas o malas. En su acto soberano eligió a quién redimiría y a quién condenaría.
Esa revelación bíblica molesta a muchos; no pocos son los ofendidos y murmuradores, a quienes la Biblia acusa de poseer el entendimiento entenebrecido. Al parecer, dentro de ese lote de personas enojadas por la actitud divina, algunos que caminan perdidos son llamados para salir de las tinieblas a la luz, mientras otros son endurecidos bajo un espíritu de estupor de manera que se pierdan para siempre. Estos últimos no aman la verdad sino que se ofenden por ella, se retuercen de odio contra el Dios de la Biblia, demandan justicia contra el Creador al acusarlo de injusto por condenar a Esaú aún antes de que hiciera malas obras.
La objeción contra el Creador no puede considerarse como algo nuevo en teología. Tampoco puede remontarse a la época en que se escribió la epístola a los romanos, más bien viene desde que el pecado entró a este mundo y con él la muerte. Dios resulta confinado al banquillo de los acusados, sin derecho a réplica, aunque algunos teólogos procuran su defensa con buena voluntad, pero el acusado rechaza tal defensa no pedida. Él sigue diciendo en muchos textos de las Escrituras que no tiene consejero, que hace como quiere, que todo lo que quiso ha hecho. Reclama que aún al malo hizo para el día malo, que su palabra permanece para siempre y no hay quien pueda detenerla. Es más, le dice a quienes lo odian que ellos han sido colocados en ese rol, como Judas Iscariote fue puesto para que la Escritura se cumpliese.
El otro evangelio (al que se le suman todas las variantes que siguen apareciendo) se afianza en la redención por obras, mientras el verdadero Evangelio se define como el de la gracia. Muchos teólogos que fungen como maestros de mentiras, asumen la gracia como premisa pero dejan un espacio para la realización del libre albedrío. No pueden despojarse de ese mito religioso, al que han convertido en un ídolo. Hablan de un dios que por gracia habilita al hombre para que libremente decida su futuro, pero arguyéndose que la predestinación se basó en el conocimiento previo de Dios respecto a lo que su criatura haría. De esa manera pretenden exculpar a Dios al menos ante sus conciencias, criterio seguido por miles de personas que propagan una teología equivocada, alejada de la Biblia pero recortada de sus páginas sacadas de contexto.
La iglesia de Roma, por cierto, maestra de la teología de las obras, tuvo su peón en la época de la Reforma Protestante. Se llamó Jacobo Arminio, el cual enseñó su teología jesuita del justo medio, según la cual Dios soberano se despoja por un momento de su soberanía absoluta para que su criatura pueda decidir con libertad si acepta o no acepta a Jesucristo. Como consecuencia derivada de esa concepción teológica, Jesucristo vino a morir por los pecados de todo el mundo, sin excepción. En realidad, poco importaría el que su sangre resulte derramada vanamente por aquellos que nunca han oído el evangelio y no se enteran de esa gracia a su favor. Tampoco importa que aquellos que deben decidir su futuro desprecien esa sangre derramada por ellos, así que serían castigados doblemente: en el Hijo, cuando padeció en la cruz para perdonar sus pecados, y en ellos como condenados cuando sean castigados eternamente por sus culpas.
Ese sistema teológico arminiano tiene gran aceptación porque se ve como más justo, porque intenta resolver la antipatía que causa el Dios que odia de antemano a sus criaturas humanas, pero enturbia por igual la doctrina de Cristo. Jesucristo enseñó que nadie puede venir a él si el Padre no lo trae; agregó que todo lo que el Padre le da viene a él, lo cual impone una conclusión forzosa: Solamente los que el Padre envía y le da al Hijo serán redimidos. Por lo tanto, Jesucristo no murió para perdonar todos los pecados de todas las personas, sin excepción, sino por todos los pecados de todo su pueblo en forma absoluta. Esa fue su misión como lo confirma la Escritura, desde antes de haber nacido se dijo: se pondría al niño por nacer el nombre Jesús, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. Jesús significa Jehová salva (Mateo 1:21).
La droga arminiana, como se le ha denominado, crece como hierba mala. Su propagación ha minado los púlpitos reformados o protestantes desde el mismo inicio, para convertirse su doctrina en un monstruo del pecado. Sutil como el silencio, se enreda en las páginas de la Biblia sacada de contexto, para placer y como tarea emprendida por los defensores de esta enseñanza heredada de Pelagio y seguida por su pupilo distante Arminio. Se presenta como elixir, pero en un envase que dice cristianismo, para ocultar el misterio de la iniquidad que pregona. Esta falsa doctrina arminiana convierte la gracia de Dios en vasalla de la libertad humana, como si fuese un logro intelectual para las almas atormentadas por la sola idea de su impotencia ante el Dios soberano de las Escrituras, que ha ordenado desde la eternidad quiénes serían los objetos de su amor y misericordia y quiénes serían los objetos de su odio y endurecimiento.
¿Qué antídoto puede haber para el veneno satánico? La regeneración del Espíritu Santo, para que la palabra de Dios se convierta en el placer del alma voluntaria en el día del poder del Altísimo. La regeneración que no proviene por voluntad humana sino de Dios. El no regenerado tiene en poco la palabra de la verdad de las Escrituras, porque le parece una locura y no puede discernirla. El arminiano siempre intentará enderezar lo que está recto, por lo tanto lo tuerce para su propia perdición.
César Paredes
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