Los que niegan el trabajo eficaz de Jesucristo, caminan bajo la protección de la fe espuria. Al afirmar que la sangre de Jesús el Cristo se derramó por los réprobos en cuanto a fe, por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, pisotean el centro del Evangelio. Jesús vino a expiar todos los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras. El mundo que dejó de lado, la noche previa a su martirio final, no fue objetivo de su trabajo en la cruz. Él dijo en forma explícita que no rogaba por el mundo (Juan 17:9).
Juan nos exige no darles la bienvenida a aquellos que no habitan en la doctrina de Cristo. Lo que Jesús enseñó como doctrina del Padre fue la absoluta soberanía de Dios, incluso en materia de salvación y condenación. Dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere; que todo el que a él viene (enviado por su Padre) no lo echa fuera, sino que lo resucita en el día postrero. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6:45).
El Espíritu de Dios enseña a cada quien acerca de su necesidad de redención, de su límite como criatura pecadora, así como de quién es Jesucristo. Lo llevará a conocer su trabajo como siervo justo que justificará a muchos, a todo aquel que haya sido ordenado para vida eterna. Estas personas predestinadas por el Padre le son dadas a Cristo (los hijos que Dios me dio) porque fueron escogidas en él. Acá hablamos de dos tipos de enseñanza: 1) la que se da por la palabra del Evangelio, a través de la Biblia, por efectos del ministerio de la predicación, como hecho externo; 2) la que se hace como enseñanza especial, como hecho interno, apoyada con la gracia divina y el poder vivificante del Espíritu Santo que guía a toda verdad.
Muchos oyen la palabra de la predicación, pero no todos los que la oyen son vivificados, por lo cual continúan tras las enseñanzas del extraño; pocos son los que oyen y escuchan el llamado eficaz. Estos son los elegidos del Padre, los enseñados por Dios (aparte de que hayan sido instruidos por la palabra). El que oye la voz de gracia y la ha aprendido, conoce la confianza que deposita en esa persona llamada Jesucristo. Ha llegado a conocer al siervo justo que lo justificará, seguirá por siempre al buen pastor, se alejará del extraño porque ya no conoce su voz.
Imposible resulta que el Espíritu Santo que guía a toda verdad, quien opera el nuevo nacimiento, haga nacer de nuevo a un elegido del Padre y lo instruya en la mentira. No lo dejará en el engaño, pues ya ese que ha nacido de nuevo posee la mente de Cristo y ha sido enseñado por Dios mismo. La persona de Cristo implica su sangre, su justicia, su sacrificio y justificación, junto con el perdón, la expiación por todos los pecados de su pueblo, la aceptación de Dios como justificado y el otorgamiento de la vida eterna.
La fe espuria niega la verdad del Evangelio y propone a cambio un Jesús que expió los pecados de todo el mundo, sin excepción. Con esa redención general se deja en manos de la criatura, muerta en delitos y pecados, con un corazón que odia a Dios, la elección de su destino. El que vence los obstáculos de su propia muerte aceptará la oferta general de redención eterna, lo cual le atribuye una buena obra y anula en esencia la gracia de Dios. Si por obras, entonces ya no es por gracia.
La fe espuria no cree que el trabajo de Cristo hace la diferencia entre salvación y condenación. Los seguidores de esa gran mentira religiosa muestran una falsa piedad por toda la humanidad, sin excepción; declaran que Dios sería injusto si culpara a una persona habiéndola hecho como vaso de ira. Reclaman por la injusticia cometida contra Esaú, contra el Faraón de Egipto, con tal ahínco y aprehensión que han llegado a afirmar que el Faraón se endureció primero y por eso Dios lo endureció después; que Esaú fue amado por Dios pero menos que Jacob, así como que la venta de la primogenitura generó la condena de Esaú.
Para seguir en la coherencia de su disparate teológico, los de la fe espuria continúan por el camino que les parece recto en su propia opinión. Hablan de predestinación en base a lo que Dios vio en los corazones de los seres humanos creados. Como si no les bastara la declaración de las Escrituras al respecto: que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios, que no hay quien haga lo bueno. Todos se extraviaron, cada cual agarró por su camino, no hay quien entienda, las cosas del Espíritu de Dios les parecen una locura porque no pueden discernirlas. Ni qué decir de que el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del Evangelio de Jesucristo. Dios mismo les envía un espíritu de estupor, a aquellos que no aman la verdad sino que se entretienen con la mentira, para que terminen de perderse.
El camino de la blasfemia parece pavimentado con la fe espuria. Los que por él transitan niegan la plena satisfacción de Jesucristo por el pecado de su pueblo; niegan que Jesús rogó solamente por su pueblo y dejó el mundo por fuera de la expiación, ese mundo que el Padre no amó jamás. A Jacob amé, pero odié a Esaú, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9). Por esa razón pretenden caminar junto a cualquiera que nombre a Jesús con sus labios, como si pudiésemos hacer iglesia con ovejas y cabras. Juan prohíbe expresamente decirles bienvenidos a los que no traen la doctrina de Cristo, a los cuales llama transgresores que tendrán sus propias plagas como castigo.
La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto (Salmo 25:14). Por esta razón expuesta en este texto sabemos que Dios no les ha dado a conocer su pacto a aquellos con quienes no tiene comunión íntima. A ellos les dirá en el día final: Nunca os conocí. Como enemigos de Dios han enfrentado a Jehová, y como pueblo insensato han blasfemado su nombre (Salmo 74:18). Porque blasfemias dicen ellos contra ti; tus enemigos toman en vano tu nombre (Salmo 139:20).
Los de la fe espuria no entienden que no es de todos la fe (la verdadera), que la fe es un regalo de Dios (no un esfuerzo humano), que sin fe resulta imposible agradar a Dios. Así que Dios da solamente la fe de Cristo, quien es el autor y consumador de la fe. Los de la fe ilegítima promueven un evangelio ilegítimo, cargado de falsedades producto de los maestros de mentiras. Ellos son expertos en quebrantar al pueblo de Jehová, para afligir su heredad. Se jactan en decir que Dios es soberano, pero no tan soberano; que Dios predestinó, pero a aquellos a quienes les vio que iban a recibir a Cristo; que la gente no va al infierno sino que se pierde. En fin, las duras palabras de la Biblia las transforman en suaves murmullos para que las multitudes no se vayan murmurando como los viejos discípulos de Juan 6.
¿Qué oveja desea asistir a un templo de Satanás, concurrido por cabras? La doctrina de Cristo la recibió del Padre, la dio a los apóstoles para que conocieran quién es él, en qué consistía su expiación, cuál sería el límite de ella (Mateo 1:21), su mediación entre Dios y los hombres (los elegidos del Padre, porque así le agradó). El que no anda en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo; pero el que le dice bienvenido a quien trae ese conjunto de herejías (todo lo que es contrario a la doctrina de Cristo) participa de sus malas obras. Se une a su propagación, ayuda a los que anuncian mentiras, se confunde con ellos, como si estuviera en una sinagoga de Satanás.
César Paredes
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