En el Evangelio de Juan, Capítulo 6, leemos acerca del milagro de los panes y los peces. Una multitud cerca de 5.000 personas seguía a Jesús, pero estas personas tenían hambre y no había mucho que comer. Después de leído ese relato, el lector puede ver una cadena de eventos que se relacionan estrechamente con la misma gente. Muy posible que los 5.000 en su totalidad no siguieron a Jesús por mar y tierra, como sí lo hicieron muchos entre ellos. Pero una vez que lo encontraron en Capernaum comenzaron a dialogar. Jesús les advirtió que lo seguían no por el milagro visto sino por la comida que los había saciado.
Muchos siguen a Jesús por el interés económico, pensando que les irá bien si Jesús les provee cosas especiales. Otros lo hacen porque saben de las maravillas que puede hacer, pero no existe garantía alguna de formar parte de su pueblo si se cumplen tales prodigios. Muchos de los que hacen milagros y echan fuera demonios oirán en el día final que no fueron conocidos por Jesús. Claro que Jesús conoce a los que son suyos, y por ende a los que no lo son; pero en el sentido bíblico del término conocer se refiere a tener comunión íntima. Esa comunión va en exclusiva para con los hijos que Dios le dio, llamados también sus amigos, sus hermanos, su pueblo, su iglesia.
Aquella multitud quería conocer más sobre la doctrina de Jesús. ¿Cuál era ese pan que permanece a vida eterna? Era el pan que el Hijo del Hombre les daría, porque a éste el Padre lo había señalado como su mensajero. Ellos le dijeron que deseaban hacer lo que fuera para poner en práctica las obras de Dios. Eso sucede a menudo cuando un interesado en la palabra de Dios intenta estar cerca de esa fuente de poder que es el Dios Creador de todo cuanto existe. Pero la respuesta simple no satisface, sólo tenían que creer en el enviado del Padre.
El problema de creer es que va más allá de alguna actividad intelectual netamente humana. Se requiere una fe que es otorgada por Dios (Efesios 2:8), no es de todos la fe sino que ella la da Jesucristo, su autor y consumador. Sin esa fe resulta imposible agradar a Dios. Pedían alguna señal especial para poder creerle, no les bastaba con el milagro de los panes y los peces. Se refirieron al maná caído del cielo, a lo que el Señor les respondió sobre que él era el verdadero pan del cielo, no el pan que les había dado Moisés.
Jesús les añadió que el que a él viene nunca tendrá hambre, y el que en él cree no tendrá sed jamás. Pero ellos no creían a pesar de haberlo visto, pese a que habían comido de los panes y los peces en una manera milagrosa. Fue en ese instante en que Jesús enfatiza su doctrina de la soberanía absoluta de Dios. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37). La voluntad del que me envió es que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero (Juan 6:39). El que ve al Hijo, y cree en él, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:40). Pedro se refirió en una de sus cartas a nosotros, los que creemos sin haberlo visto, por lo tanto también tenemos esa vida eterna.
Pero frente a esa doctrina enseñada, donde se enfatizaba en que solamente los enviados del Padre creerían para vida eterna, aquellos seguidores de Jesús (llamados alumnos o discípulos) comenzaron a murmurar. Ahora se enfadaron porque había dicho que él era el pan que descendió del cielo, siendo el hijo de José y de María. Jesús les recriminó su murmuración y les agregó algo que enfatizaba lo anterior: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). Se refirió a los profetas que había escrito acerca de Dios enseñando a los que irían a Jesús, una vez que hubiesen aprendido.
Los judíos que lo seguían quedaron confundidos sin entender la metáfora del pan de vida, de la carne que debían comer. Pensaron literalmente y tal vez se imaginaron algún acto de canibalismo. Ahora se trataba de beber su sangre y comer su carne, ya no solamente de comer el pan que cayó del cielo. Por esa razón, por el conjunto de enseñanzas dictadas a la multitud, muchos de sus discípulos exclamaron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? (Juan 6: 60). Como Jesús sabía de lo que murmuraban les preguntó: ¿Esto os ofende? (Juan 6:61).
Dado que Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían (y quién le había de entregar), les repitió la línea especial de su doctrina: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). La consecuencia inmediata frente a esta declaración repetida fue que desde ese instante muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él (Juan 6: 66). Lo que sigue del relato nos dice mucho; aquellos que han creído que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, son los que el Padre envió al Hijo. Los que no se van del lado de Jesús son los que el Padre educó y envió, los que no se espantan por su doctrina, los que no murmuran acerca de si es justo o injusto el que el Padre no envíe a todo el mundo hacia su Hijo, sino que solamente lo hace con los escogidos (los predestinados desde antes de la fundación del mundo, los que son llamados su pueblo por el cual el Señor vino a morir, de acuerdo a Mateo 1:21).
Juan escribió sobre esa doctrina, como lo vemos en una de sus cartas. Él dijo que aquella persona que no habita en esa enseñanza se convierte en un transgresor, por consiguiente no tiene ni al Padre ni al Hijo. Prohibió rotundamente darle la bienvenida a los que son ajenos a tal enseñanza de Jesús, ya que se considera el centro del Evangelio. La expiación del Señor se hizo en favor de su pueblo, no del mundo por el cual no rogó. Solamente el mundo amado por el Padre fue el objeto del sacrificio expiatorio del Hijo. Esto molesta a muchos discípulos de hoy, es decir, a muchos llamados creyentes o cristianos. Al igual que hace siglos, la gente se ofende por estas palabras del Señor, pos sus enseñanzas. Se dan a la murmuración e igualmente exclaman: Dura es esta palabra de oír.
A la gente no le interesa este pan de vida, prefieren el otro, el que viene acompañado de peces. De esa manera claman por abundancia, por el Jesús de la prosperidad, el de las señales y prodigios (lenguas, profecías y milagros de sanidad) aunque tengan que forjarlos y sean una imitación de la verdad. Se parecen a los hechiceros de Egipto que sacaban serpientes de sus varas delante de Moisés, para impactar al Faraón y mantenerlo en la mentira. Pero ese era el propósito de Jehová, como lo es hoy en día con el envío del espíritu de estupor (error, confusión) para aquellos que no aman la verdad.
¿Qué es no amar la verdad? Una vez que la conocen o se les dice la rechazan, les parece dura de oír. Por esa razón el espíritu de estupor llega enviado por Dios, para que sigan en la mentira y terminen de perderse. No obstante, Isaías clama: El que oiga su voz que escuche, el que pueda llamar a Dios que lo haga mientras está cercano. Dios sigue anunciando este Evangelio de Jesucristo, la buena noticia de salvación por la palabra de aquellos primeros discípulos. No hay salvación posible a través del evangelio del extraño. La oveja que sigue al buen pastor no se irá jamás tras el extraño, porque desconoce su voz. Y solamente llegan a creer las ovejas (Juan 10:26).
Todo lo dicho acá forma parte de la doctrina de la absoluta soberanía de Dios. Hay mucho más en las Escrituras que refiere al mismo tema. Pero el que se motiva con lo acá dicho puede ir leyendo más y más en la Biblia y se dará cuenta de que ese es el tema central de todas sus páginas. Venid y estemos a cuenta, dice el Señor. No hay Dios fuera de mí, y fuera de mí no hay quien salve. No saben nada los que claman a un madero, al ídolo que forjaron sus manos, al dios que no puede salvar. Un ídolo es también un dios formado a imagen y semejanza del criterio humano, de la opinión propia de lo que debe ser un dios (herejía).
Que Dios añada la bendición adecuada para todos aquellos que han de creer por medio de esta palabra de verdad.
César Paredes
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