La fe es un don de Dios, asegura Pablo en la Carta a los Efesios (2:8). Por esa sola razón podemos estar ciertos de que no puede ser la fe un prerrequisito para la salvación. La fe, la gracia y la salvación vienen juntas, de acuerdo al texto citado; pero somos salvos por medio de la fe. Es decir, Dios nos da la fe para salvarnos, pero no nos pide fe como si pudiésemos producirla. Es más bien un instrumento en la salvación pero jamás un requisito previo. Aclarado este punto conviene lo que significa según la Biblia la fe: es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1).
De acuerdo a la lengua griega, el término utilizado upóstasis ὑπόστασις (lo que soporta, lo que está debajo), la fe es la esperanza de lo que soporta aquello que uno espera. ¿Qué soporta todas las cosas? Cristo es el dador de esa fe, pero también por él fueron creadas todas las cosas, así que pudiera interpretarse la fe como la esperanza en Cristo. Esperanza en el que hizo la expiación por su pueblo, esperanza en que fuimos inscritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo. Esperamos por igual en la justificación hecha por Dios a través del sacrificio de su Hijo, para que apaciguara su ira con nosotros los creyentes.
La Biblia nos asegura que no es de todos la fe, por cuya razón no todo el mundo será salvo. La fe se contrapone a las obras, así que la gracia triunfa junto a la fe. Eso sí, por medio de la fe hacemos obras que agradan a Dios, como frutos propios del que espera en el Señor. Ninguna persona puede capacitarse para cumplir a cabalidad la ley de Dios, de manera que el que quebranta un punto de la ley se hace culpable de todos. Ahora tenemos la ley de la fe (Romanos 3:27), la que nos permite tener paz para con Dios por haber sido justificados por ella, por medio de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 5:1).
El justo por la fe vivirá, pero todos los que se enardecen contra Jehová serán avergonzados (Romanos 1:17; Habacuc 2:4; Gálatas 3:11; Hebreos 10:38; Isaías 45:24). El que retrocediere en la fe no agradará al alma del Señor, pero éstos son los que profesan y se contagian de fe porque leen la palabra. Sin embargo, la fe auténtica la da el Señor a los suyos, en tanto es su autor y su consumador. El que posee ese regalo será guardado en las manos de Jesucristo y en las del Padre, para que nadie pueda arrebatarlo, sino que será resucitado en el día postrero.
La palabra se anuncia para que el Espíritu vivifique a los que son de Cristo; de esta manera podemos decir que hemos recibido al Señor, creyendo en su nombre porque nos fue dada la potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12). Tenemos la justicia que es de Dios por la fe, esa justicia que es Jesucristo. Recordemos que él se hizo pecado y padeció en la cruz por causa de su pueblo (Mateo 1:21), por lo tanto agradó al Padre quien aceptó su holocausto en favor de todo su pueblo. El Padre nos ha dado un gran amor, para que nos llame sus hijos; pero tenemos una parte contraria a este regalo: el rechazo, odio y desconocimiento del mundo.
Natural resulta que el mundo no posea la capacidad de amar. El amor viene de Dios pero Dios no ama a todo el mundo; la Escritura lo dice, que está airado contra el impío todos los días, que ha hecho vasos de ira para el día de la ira, que odió a Esaú, que los réprobos en cuanto a fe van hacia la condenación. Jesús mismo no rogó por el mundo (Juan 17:9) la noche antes de su expiación, por lo tanto no los representó en la cruz al día siguiente. Y si se ha escrito que nosotros amamos al Señor porque él nos amó primero, cabe destacar como conclusión que quien no ha sido amado por Dios no puede amarlo a Él y ¿cómo amará a su prójimo?
Claro está, la mente trae la historia humana en este momento para decirnos que la humanidad ama. Bueno, el Faraón quiso a su primogénito, Goliat de seguro tuvo cariño por sus padres, Acab amaba a Jezabel, pero ese amor del mundo no tiene parangón con el amor de Dios y el de los creyentes. Lo que el mundo ofrece es amar lo suyo, proteger lo que le pertenece, ansiar más, pero a las primeras de cambio puede disolver ese amor por otro mejor. No así los creyentes, ya que la prueba de que le agradamos a Él consiste en el amor que le tengamos y que poseamos los unos por los otros. No amemos al mundo, se nos ha dicho, sino al Padre, a la iglesia (a la verdadera), incluso a nuestros enemigos. Esto último viene como un ejercicio de comprensión de que hemos de abandonar cualquier tipo de orgullo, como si fuésemos superiores a ellos. Nuestra distinción con ellos proviene de arriba, de lo que hizo Dios con su Hijo en nosotros.
Por la fe otorgada guardamos los mandamientos de Dios, aunque a veces hacemos aquello que no queremos hacer. Cuando pecamos sabemos que nuestro corazón nos reprende pero por igual conocemos que mayor que nuestro corazón es Dios. Ese Dios sabe todas las cosas, además de que nos dejó su Espíritu en nosotros el cual se contrista cuando hacemos algo indebido. De allí procede la corrección, la disciplina del Señor porque a quien ama disciplina y azota a todo el que tiene por hijo. Esa corrección es horrible, pero eficaz.
Una vez que hayamos sido disciplinados y corregidos, nuestro corazón no nos reprende y comenzamos a tener confianza en Dios. Lo sabemos porque cualquiera cosa que pidamos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él (1 Juan 3:19-22). Nuestra conciencia nos acusa por nuestros pecados, sabemos cuándo el Espíritu Santo se contrista en nosotros, pero Dios es mucho más grande que nuestra conciencia. Él tiene el poder para manejar esos asuntos que nos confunden, como supremo Juez conoce las pruebas que nos señalan pero como Dios de amor para sus elegidos trae dulzura ante nuestra conciencia.
Por la fe dada soportamos la disciplina, el hecho de saber que Dios no oye nuestras oraciones. Esto pareciera duro e imposible, pero ha sido parte del castigo de Dios a su pueblo en el Antiguo Testamento, así como lo sugiere Juan en la epístola citada. Habla de la reprensión del corazón y de Dios que sabe todas las cosas. Esto nos lleva al arrepentimiento, a la confesión del pecado delante de Él; luego nos dice que si nuestro corazón no nos reprende (si estamos a cuentas con Él), tenemos confianza y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que le agradan.
Al arreglar las cuentas con el Señor, vuelve la confianza; al volver la confianza nos vuelve a oír en las oraciones y nos responde positivamente. Pero en ningún momento pensemos que aún en el pecado (como aquel hijo pródigo) el Señor no nos está aguardando. Seguimos en sus manos y en las manos de su Padre, aún con el Espíritu Santo dentro de nosotros (aunque contristado, por lo cual nos sentimos igualmente tristes por el mal que hacemos). Lo que sucede es que pasamos por un proceso de corrección y no nos agrada estar bajo su mano castigadora, pero será breve porque acudiremos a Él lo más rápido que podamos para suplicar perdón y alivio del castigo.
Jehová, no me reprendas en tu furor, ni me castigues en tu ira (Salmo 38:1). Señor, delante de ti están todos mis deseos, y mi suspiro no te es oculto. Mi corazón está acongojado, me ha dejado mi vigor, y aun la luz de mis ojos me falta ya. Mis amigos y mis compañeros se mantienen lejos de mi plaga, y mis cercanos se han alejado…Por tanto, confesaré mi maldad, y me contristaré por mi pecado. Porque mis enemigos están vivos y fuertes, y se han aumentado los que me aborrecen sin causa…No me desampares, oh Jehová; Dios mío, no te alejes de mí. Apresúrate a ayudarme, oh Señor, mi salvación (Salmo 38).
César Paredes
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