Jacobo Arminio fue un peón de Roma en las incipientes filas del protestantismo. Él llevaba a escondidas la tesis de los jesuitas, la expiación de Jesucristo por todo el mundo, sin excepción, como estímulo para la teología de las obras. El tema de la predestinación soberana de Dios lo concebía de acuerdo a la tesis del jesuita Luis de Molina, quien afirmaba que Dios suprimía su propia soberanía ante el libre albedrío humano, para no influir en ningún sentido la decisión del prospecto cristiano. Ese concepto estructural teológico ha sido empleado por incontables evangelistas, como se puede uno dar cuenta al estudiar un poco a John Wesley o a Billy Graham. Por supuesto, numerosos miembros del sonado calvinismo también fueron azotados con esta rama espinosa del viejo pelagianismo. Pelagio fue un monje que vivió entre los siglos IV y V de la era cristiana. Sostenía el libre albedrío como su teología, sumado a la ausencia de la herencia del pecado de Adán. Cristo no sería sino un ejemplo ético para nosotros. Pelagio se oponía a la idea de la condenación al infierno, por hacer algo que no se podía evitar: el pecado. Habló contra la predestinación considerándola mero fatalismo, ajena a la doctrina del libero arbitrio.
Según el Pelagianismo, se considera que la persona alcanza la salvación por sus propios méritos. Después de la condena eclesiástica a las herejías de Pelagio, subsistió una combinación entre las ideas de la gracia y la doctrina de Pelagio, lo que resultó en el adagio de siglos posteriores de ayúdate que yo te ayudaré. En efecto, el pelagianismo creía que el hombre comienza la fe con su libre albedrío, y Dios lo ayuda como consecuencia de pura gracia. El Catolicismo bebe de esa fuente, pero intercambia los puntos básicos: dice que el comienzo de la fe obedece a un acto de libre albedrío, pero que la iniciativa proviene de Dios por igual para todo el mundo y se efectúa por colaboración humana.
La Biblia enseña que la humanidad murió en sus delitos y pecados, que no hay quien busque a Dios, que no hay quien entienda. Sin haber justo ni aún uno, creer en el Hijo de Dios no puede ser una condición de salvación sino el fruto primordial e inevitable del nuevo nacimiento que da el Espíritu Santo. Se habla de creer en el Hijo para tener la potestad de ser hecho hijo de Dios, pero se habla por igual que nacer de nuevo no depende de voluntad humana sino de Dios. La predicación del evangelio es un mandato y necesidad para que las ovejas oigan la voz del buen pastor. Por esa razón Pablo escribió: siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24).
Son incontables las iglesias protestantes arminianas, pero en esos lugares impera el espíritu de estupor. Cantan himnos hermosos (en algunas de ellas), hacen oraciones al cielo, leen la Biblia y la memorizan, dan diezmos y ofrendas, hacen labor social. En fin, obra más obra acumulan como prebendas, incluso llegan a decir a veces que también creen en las doctrinas de la gracia. Pero el arminianismo es un error teológico, una desviación intencionada de las Escrituras, por lo que se puede afirmar inequívocamente que es una herejía bíblica.
Obvio resulta que el que cree una herejía demuestra que sigue al extraño y no al buen pastor. Si se cree una herejía se testifica de andar perdido en términos de fe, de caminar por el sendero que parece recto pero que lleva a un fin de perdición. Los que asumen herejías teológicas demuestran que no han sido regenerados por el Espíritu Santo, que continúan tras los maestros de mentiras. El problema para muchos consiste en la confusión que se genera al ver a muchas personas arminianas dedicadas a las labores de sus iglesias o sinagogas de Satanás. No les parece compatible la labor religiosa hecha con la herejía que asumen, por esa razón prefieren catalogarlos como una variante más de tipología del cristianismo, no como una asunción contraria a la teología cristiana bíblica. Se habla de una creencia en la gracia pero por igual de una creencia de gracia más libre albedrío. De esa forma intentan reconciliar al más viejo estilo jesuita (con Luis de Molina y su molinismo) el mitológico libre albedrío con la soberanía de Dios.
Alguien le preguntó a Jesús si eran pocos los que se salvaban. La respuesta fue que era imposible para el hombre salvarse (para su supuesto libre albedrío) pero que para Dios no hay nada imposible. Pocos son los que entran por la puerta estrecha y caminan por el sendero angosto, muchos, en cambio, andan por las autopistas que llevan a la destrucción final. Decir esta verdad constituye una forma de amar al prójimo, negarle la verdad implica empujarlo a una eterna desolación. Las preciosas verdades de la Biblia son esenciales para la cristiandad.
El hereje arminiano no es un creyente al que le falta un poquito de doctrina, como si viviese en una inconsistencia teológica feliz. No, simplemente no ha sido regenerado por el Espíritu de Dios. De lo contrario, hubiese sido llevado a toda verdad, porque el Espíritu Santo no conduce hacia la mentira ni es Espíritu de confusión. En cambio, el espíritu de estupor que Dios envía sí que habla mentiras, para que se condenen todos aquellos que no amaron la verdad. El arminiano que persiste en su engaño, ama la mentira y resiste la verdad. A él le llega también el espíritu de engaño enviado por Dios para que se pierda en forma definitiva.
Todo cuanto sucede ha sido decretado por Dios, aún lo malo que acontece en la ciudad (Amós 3:6). Los arminianos no creen eso, sino que Dios permite el pecado, permite lo que otros intentan hacer en su contra; añaden que Dios ama a todo el mundo sin excepción, de lo contrario sería un tirano o un diablo. Bien, Romanos 9 señala que Dios odió a Esaú aún antes de ser concebido, antes de mirar en sus obras buenas o malas. Para soportar ese texto, el arminiano apunta que Dios amó menos a Esaú, pero que lo amó. En fin, el arminiano tuerce la Escritura para su propia perdición.
Las decisiones tomadas por Dios no se basan en lo que el hombre hace, como se demuestra del texto de Romanos 9:11-13. El hombre cayó y murió espiritualmente con Adán, no fue solamente afectado con algún mal como para que extienda su mano en busca de la medicina para el alma. La Biblia ha dicho: Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento. Nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para apoyarse en ti; por lo cual escondiste de nosotros tu rostro, y nos dejaste marchitar en poder de nuestras maldades (Isaías 64:6-7). Jesucristo añade a esto: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44).
Esa imposibilidad humana resulta incompatible con su idílico libre albedrío. Somos criaturas dependientes del Creador, al igual que Satanás hecho para el día malo (Proverbios 16:4). ¿A dónde huiré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y asirá tu diestra…Lo mismo te son las tinieblas que la luz (Salmo 139:7-12).
El que cree no puede sino habitar en la doctrina de Cristo, el que dice creer y no vive en la doctrina de Jesucristo no tiene al Padre ni al Hijo. El que le dice bienvenido al que no trae la doctrina del Señor, participa de las malas obras o plagas de los herejes. Por tanto, el Señor le dice a su pueblo que huya de Babilonia. Las cabras pueden vivir tranquilas en esa ciudad, pues su hora llegará cuando sean apartados los cabritos al lago de fuego eterno.
César Paredes
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