RESPONSABILIDAD HUMANA

Jehová, el Dios de los hebreos, ha dicho: Yo te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra (Éxodo 9:16). El Faraón tuvo que escuchar a Moisés con esa advertencia, pero por igual el Faraón siguió siendo responsable por no dejar ir al pueblo de Israel. La soberanía de Dios no elimina la responsabilidad humana, al contrario, la hace necesaria. El Todopoderoso del cual todo depende obliga a que el hombre le rinda un juicio de cuentas. La criatura tan ínfima suele infatuarse ante el Creador, como si en realidad se hubiese convertido en un dios.

Jehová también despertó el espíritu de Ciro, rey de Persia, para que cumpliera Su palabra dicha por boca de Jeremías (2 Crónicas 36:22). A pesar de que el corazón del rey está en las manos de Jehová, no puede dejar de responder por sus actos. Dios muestra misericordia a quien quiere mostrarla, pero el ser humano solo puede recibirla si se la da. En ocasiones, los malignos operan iniquidad contra los justos, pero Dios tiene la intención de que ese supuesto mal se convierta en bien. En realidad, a los que a Dios aman todas las cosas les ayudan a bien, esto es: a los que conforme a su propósito son llamados.

Y de nuevo, aunque Jehová le dijo a Moisés desde un principio que endurecería el corazón del Faraón para que no dejara ir a su pueblo, el mandatario egipcio pagó con creces su maldad (Éxodo 4:21). Y Jehová endureció el corazón del Faraón, y el Faraón no escuchó a Moisés como Jehová se lo había dicho (Éxodo 9:12). La Biblia nos cuenta cosas que se callan en los púlpitos, como que Jehová ordenara que no se escuchara el consejo de Ahitofel para enviarle el mal que Jehová deseaba sobre Absalón (2 Samuel 17:14).

En ocasiones padecemos por la maldad de los que nos rodean. A veces rompen nuestros corazones con las artimañas del diablo, hasta que llegamos a suponer que nos sucede la maldad por causa de nuestros pecados. Asaf tuvo un problema con el asunto del mal, al ver la prosperidad de los impíos que no tenían congojas por su muerte como los demás mortales. Al entrar en la presencia de Dios (el santuario de Dios) comprendió el fin de ellos: Dios los había colocado en resbaladeros para que cayeran a la ruina (Salmo 73:17-18). Pero esos malvados que serían despreciados por Jehová fueron responsables por la maldad causada.

Conocemos la historia del rey de Asiria, báculo en las manos de Jehová para hacer tareas destructivas. Después de alcanzar lo planeado, Jehová castigó la soberbia de ese rey que pretendía hacer aquello por sí mismo. La ira de Jehová contra Judá y Jerusalén hizo que Sedequías se rebelara contra el rey de Babilonia, para sufrir después un sitio y un ataque que destruyó a muchos. Entre ellos a Sedequías, cautivo hacia Babilonia una vez que le sacaron los ojos y lo ataron con grillos, hasta que muriera en la cárcel (Jeremías 52:3-11).

Ese rey Sedequías había hecho lo malo delante de Jehová, pero el pueblo también pagó porque al parecer nadie se rebeló contra los actos de profanación del rey. Jehová habla a través del profeta Habacuc, diciéndole que Él levantaría a los caldeos, nación cruel y presurosa…cuyos caballos serán más ligeros que leopardos, más feroces que lobos nocturnos…Luego (esa nación) pasará como el huracán, y ofenderá atribuyendo su fuerza a su dios (Habacuc 1:6-11).

El texto anterior exhibe lo que Dios hace desde antes de que acontezca, planifica lo que habrá de venir sin importar si es obra buena o mala. En este caso, la nación caldea, absolutamente pagana, sería invocada por Jehová para castigar a parte de su pueblo. Esto fue planificado, incluso el hecho de que ofendiera a Jehová atribuyendo la fuerza caldea al dios de los caldeos. Visto el panorama bíblico, ¿quién todavía se atreve a invocar el libre albedrío como eje guía de la voluntad humana? Eso no es más que un mito religioso, una elaboración emanada del pozo del abismo, obra de Satanás para ensalzar al hombre caído, la promesa hecha por la serpiente antigua en el Edén cuando le dijo a la mujer que los hombres serían como dioses.

La crucifixión y muerte de Jesucristo se hizo bajo la autoridad divina. Cristo le dijo a Pilato que él no tendría ninguna autoridad para crucificarlo, si no le fuese dada de arriba. Ah, pero Jesús agregó algo sobre la responsabilidad: Por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene (Juan 19:10-11). Muchos pecados fueron cometidos contra el Cristo, en especial el día de su entrega y crucifixión, pero todos ellos fueron planificados por Jehová, de acuerdo a lo que leemos a través de las profecías del Antiguo Testamento. ¿Fue responsable Judas Iscariote de haber sido escogido como diablo? ¿Fue su traición perdonada porque ella había sido predestinada? En ninguna manera, cada quien pagará por su pecado.

Para los creyentes Cristo es precioso, pero para los que no creen ha venido a ser una piedra de tropiezo, una roca que hace caer. Estos tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron destinados también (1 Pedro 2:7-8). Tropezar en la palabra puede ser tenido como poner en duda algunas partes esenciales del Evangelio, tener por general lo que es particular en materia de expiación; de igual forma, suprimir alguna de las personas de la Trinidad, basado en razones carnales que impiden comprender lo que ha sido revelado, es también tropezar. Algunos objetan la deidad de Cristo, otros rechazan el infierno de fuego, inclinándose a la aniquilación final como prueba del amor de Dios. Hay quienes sostienen que cuando Dios odia en realidad ama menos, porque Él es amor; otros dicen que la predestinación existe porque Dios miró en el túnel del tiempo y supo quiénes eran los que iban a creer.

Vemos que existen incontables formas de tropezar en aquella roca que es Cristo. Están los que siendo religiosos no comprenden o conocen al siervo justo que justifica a muchos, los que siendo celosos de Dios ignoran el significado de la justicia de Dios, con la consecuencia de colocar la suya propia (Romanos 10:1-4). En síntesis, a todos los que se rebelan a la palabra siendo desobedientes a ella, la palabra misma (Cristo el Logos) caerá como una roca sobre ellos. ¿Son responsables al torcer la palabra para su propia perdición? Por supuesto que lo son, así lo declara la Biblia. Incluso, por el hecho de ser Dios soberano en forma absoluta se presupone por necesidad la responsabilidad absoluta de la criatura humana ante su Creador. ¿Adónde huiré de tu presencia? (Salmo 139:7). Esa soberanía mencionada se contempla en el texto citado de Pedro, cuando leemos: siendo desobedientes, a lo cual fueron también destinados.

Dios ha escogido y preordenado a algunos para creer en Cristo, a quienes el Señor les da la fe debida como regalo, a los cuales representó en la cruz cuando expiaba sus pecados; pero también ha ordenado a otros para que sean testigos de su ira por los siglos de los siglos, en un fuego que no se extingue, por causa de su infidelidad y desobediencia a la palabra de Cristo. Ambos grupos deben obediencia al Señor, ninguno de ellos goza del mítico libre albedrío, concepción tomada del paganismo religioso. En lugar de libre albedrío lo que tenemos es la tarea de ser responsables, más allá de que podamos o no cumplir con ese cometido.

Nosotros, como generación escogida, pueblo de Dios en el sentido espiritual, hemos sido llamados por la misericordia divina, por medio de la semilla incorruptible de la palabra, somos llamados pueblo adquirido por Dios. Se nos llama real sacerdocio, nación santa, con el fin de anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. A nosotros se nos pide que nos abstengamos de los deseos carnales que batallan contra el alma (1 Pedro 2:11). ¿Es mucho pedir? ¿No tenemos la mente de Cristo, el Espíritu Santo en nosotros, el conocimiento de la palabra de Dios? Aunque hayamos sido vendidos al pecado, aunque la ley del pecado inunde nuestros miembros, hemos de dar gracias a Dios por Jesucristo porque seremos liberados de este cuerpo de muerte (Romanos 7).

Tenemos la responsabilidad de huir de las pasiones juveniles, de resistir al diablo hasta que huya de nosotros, pero debemos huir de la tentación. Todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre sino del mundo (1 Juan 2:16). El mundo pasa y sus deleites, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. La vanagloria de la vida puede ser vista como el orgullo de la vida, la ambición de poseer honor, de hacerse un nombre como Nimrod, como los constructores de la vieja Torre de Babel. Lo mismo hicieron los escribas y fariseos, los denominados doctores de la ley, de igual manera procuran los que anhelan vivir en palacios, en casas de lujo, en la gula de una rica dieta, en edificios suntuosos. Conviene hacer un ejercicio escrito para colocar la extensa gama de variables que encierra esa sola frase: la vanagloria (el orgullo) de la vida.

El vocablo griego usado por Juan para vanagloria es ἀλαζονεία (alazonéia), que significa falsa pretensión o impostura. Es la jactancia, el orgullo, la autoconfianza que desdeña a Dios como soporte. Esa impostura no viene del Padre Celestial sino del mundo, de sus hombres, de la carnalidad con que se vive a diario. Nada de lo que el mundo ofrece vale la pena adquirirlo, es la antítesis de lo que proviene de arriba. Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Antes de la caída viene la altivez.

César Paredes

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