El que juzga a otro pero hace aquello que juzga, se condena a sí mismo (Romanos 2:1). Esa premisa mayor se centra en ese capítulo de la Carta a los Romanos, así que podríamos ordenarla de la siguiente manera: 1) Todo aquel que juzga a otro haciendo lo mismo que juzga es culpable. La premisa menor podría ser ésta: 2) Fulano juzga en otro lo que él mismo hace. La síntesis inequívoca habrá de ser: 3) Fulano es culpable. La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad, contra los que detienen con injusticia la verdad.
Esa verdad detenida se conoce por medio de la creación del mundo, por lo cual nadie puede tener excusa de sus maldades. La ley de Dios mora en los corazones humanos, para que sus conciencias les testifiquen; no obstante, esa ley moral y aún la ley escrita de Moisés no salvó a nadie. Existe ahora la ley de la fe (Romanos 3:27, pero ya Abraham había dado prueba de ello, ya que creyó y su fe le fue contada por justicia). La humanidad desde antiguo conoció a Dios por medio de su creación, pero supuso que ella se había hecho a ella misma. Se inventaron el mito de la evolución, para huir de la idea del Creador y de su revelación escrita. Poco a poco, el razonamiento humano se fue envaneciendo hasta que el corazón del hombre quedó completamente entenebrecido.
De aquella sabiduría griega que resulta admirable también emanó la necedad: una multiplicidad de dioses inventados, como argumentos circunstanciales que obvian el enfrentamiento con el verdadero Dios. En su sabiduría, los griegos también se inventaron un monumento al dios no conocido. Lo querían abarcar todo pero por causa de que ellos (como el resto del universo pagano) se habían olvidado de la gloria del Dios incorruptible, la cambiaron por imágenes de aves, de cuadrúpedos, de reptiles o de hombres corruptibles divinizados.
La falta de honra al Dios de la creación (el mismo de las Escrituras) hizo que Dios entregara a ese universo pagano a la inmundicia, hacia las concupiscencias de sus corazones. Por esta vía les llegó la deshonra de sus propios cuerpos. Hombres con hombres y mujeres con mujeres, encendidos todos en sus lascivias, como consecuencia de sustituir la verdad por la mentira. El hecho de que no tuvieron en cuenta a Dios hizo que Dios los entregara a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen (Romanos 1:28). El resultado fue un almacenamiento de fornicación, injusticia, perversiones, avaricia, maldad, envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades (Romanos 1:29).
La lista de los daños continúa: se volvieron murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios (odiadores de Dios), injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia (Romanos 1:30-31). Por esta razón, el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad. El solo hecho de vivir en medio de personas con las características descritas arriba genera malestar psíquico. Uno tiene que elevar las alertas para no andar en medio de estos escarnecedores, atestados de toda maldad. La trampa la colocan a nuestra espalda y doquier uno ande debe de estar atento, por lo cual también se nos dejó una clara advertencia y recomendación: velad y orad para que no entremos en tentación.
Al creyente se le ha prometido la vida eterna en la perseverancia del bien hacer, a nosotros los que buscamos gloria, honra e inmortalidad. Estos valores positivos los otorga el Dios Creador, no la gloria del mundo, ni la honra de los príncipes y nobles, mucho menos la inmortalidad de los recuerdos por obras que hagamos. Dios otorga esos valores como parte de la vida que no acaba, el conocimiento de Dios como Ser verdadero y de Jesucristo el Hijo enviado. La contraparte la tienen los del conjunto entregado a sus vientres y lascivias: ira y enojo, tribulación y angustia por hacer lo malo. Al creyente también se le otorga paz, no la del mundo (porque el mundo tiene su paz, a su manera) sino la que sobrepasa todo entendimiento, la que cubre nuestros corazones y nos asegura el camino donde andamos. Es la paz de Dios por medio de Jesucristo.
En esta humanidad descrita por las páginas de la Biblia, se añade que el resultado final es que no existe justo alguno, ni aun uno, no hay quien entienda ni quien busque a Dios. Todos se han desviado, haciéndose inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. La humanidad toda es como un sepulcro abierto dispuesta a engañar con su lengua, como si poseyera veneno de áspides bajo sus labios. La gente vive maldiciente, quejumbrosa y amargada, anda con pies apresurados para derramar sangre; están llenos de quebranto y desventura, sin conocimiento del camino de la paz (Romanos 3:10-17).
Esta oscura descripción de la humanidad, desde la óptica del Creador, se da porque el ser humano perdió el temor de Dios delante de sus ojos. El hombre religioso que pretende que por sus buenas obras podrá escapar de la ira venidera, tiene una advertencia de inmediato: por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios; sino que por medio de la ley viene el conocimiento del pecado (Romanos 3: 20).
La buena noticia lo es para el que cree en Jesucristo, pero no para el que cree por cuenta propia. Me explico: el Padre es quien envía al Hijo aquellos que tendrán vida eterna (Juan 6:44); el corral de las ovejas donde moran los hijos de Dios también tiene cabras infiltradas. Esto se da a menudo por culpa de los pastores asalariados que no cuidan la doctrina, sino que venden la idea de amar a Jesús con todo el corazón pero dejan a un lado la doctrina que separa. La doctrina que separa viene del Padre, enseñada por Jesucristo; es la doctrina descrita por los apóstoles y todos los escritores bíblicos. Esa doctrina conviene cuidar ya que quien se ocupa de ella puede salvarse y ayudar a salvar a otros.
Así le expuso Pablo a Timoteo su amigo y hermano, que no se descuidara en los asuntos de la doctrina aprendida. Alguno querrá objetar el contenido del mensaje y dirá que la doctrina que salva sería una obra humana; pero la respuesta la da la Escritura: la salvación pertenece a Jehová. Sin embargo, Isaías lo dice: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Pablo lo ratifica: Tienen celo de Dios pero no conforme a ciencia (conocimiento) (Romanos 10:2). También es cierto que el hombre impío no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque le parecen una locura (1 Corintios 2:14).
Entonces, ¿para qué ocuparse del conocimiento del siervo justo? ¿Para qué ocuparse de la doctrina? Vemos que la recomendación de Pablo a Timoteo se dirige a los creyentes, la de Isaías también habla a los que creemos. Así que no se le dice al impío que se ocupe de una doctrina que no puede entender, sino al que tiene el Espíritu Santo. En otras palabras, al que dice tener el Espíritu Santo, al que dice ser creyente, porque por medio de lo que confiese su boca, de acuerdo a lo que haya creído su corazón, se sabrá si es o no un árbol bueno. No puede el árbol malo dar fruto bueno, pero no puede el árbol bueno dar un fruto malo. Esas son palabras de Jesucristo, el mismo que aseguró que la oveja que le sigue (la que cree de verdad) no ser irá jamás tras el extraño (Juan 10:1-5).
¿Y quién es el extraño? El que predica falsas doctrinas, el que anuncia que la gracia se combina con las obras, el que asegura que Jesús vino a expiar todos los pecados de todo el mundo, sin excepción. Que eso lo crea el impío no hay problema, el impío siempre anda en la vanidad de su mente. Pero el que dice creer y habla como impío está dando fruto de árbol malo (Lucas 6:43-45). La Biblia dice que el nombre del niño por nacer debería ser Jesús (Jehová salva) porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Jesús lo dijo muchas veces: vino por las ovejas perdidas de la casa de Israel (Pablo nos asegura que nosotros somos el Israel de Dios); agregó el Señor que él pondría su vida por las ovejas (Juan 10), no por los cabritos que estarán fuera: y serán reunidas de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos (Mateo 25:32).
Esas palabras duras de oír, predicadas por Jesús, espantaron a muchos de los que lo seguían como discípulos. Hoy día, los falsos pastores, los profetas de mentiras anuncian a un buen pastor que ama a todos por igual, que puso su vida en rescate no por muchos sino por todos, que espera que usted levante su mano, dé un paso al frente, acepte la oferta de salvación. Pero esas son palabras blandas para los oídos de los que aman las fábulas, que traen su veneno. La verdad es que la sangre de Jesucristo no fue derramada en vano, ni echada al azar, como si la descripción hecha por Dios de acuerdo a lo descrito en Romanos 3:10-31 fuese un invento. Si no hay quien busque a Dios, ¿cómo pudo Cristo morir por aquellos que jamás lo van a aceptar? El Señor murió por su pueblo, conforme a las Escrituras. A ese pueblo revive el Espíritu Santo en el día del poder de Dios, para hacerlo nacer de nuevo sin que medie voluntad de varón.
El que no hable conforme a la ley y al testimonio es porque no le ha amanecido Cristo. El tal es un impostor y su fruto confesado revela que es un árbol malo. Pero sin duda, sigue siendo inexcusable.
César Paredes
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