El Dios de las Escrituras hizo caer maná del cielo, para alimentar a su pueblo en el desierto. No se podía guardar sino comer lo necesario de él, de manera que el milagro aconteciera cada día. Separó las aguas del Mar Rojo para que Israel en forma sosegada caminara en su separación de Egipto, las cerró de nuevo para ahogar caballos y soldados del ejército del Faraón. Una nube calibraba el rayo solar para no sofocar a los transeúntes, un foco de fuego alumbraba en la noche; la tierra se abrió para tragar a los hijos de Coré junto a su rebelión.
No olvidemos las plagas en Egipto, ni la salvación a los que tiñeron con sangre animal los dinteles de sus moradas. La vara de Moisés (de Aarón también) prevaleció como serpiente feroz sobre los poderes de los magos egipcios. Unas tablas escritas con el dedo de Dios sirvió de sello distintivo con enseñanzas éticas para su pueblo, lo que ha servido a la humanidad para provecho de su cultura y de su moral. Ese Dios de los milagros no tuvo la ocurrencia de crear el casete y el audiolibro, o tal vez un video juego en aquellos momentos históricos, lo cual habría resuelto el problema que suponía el aprender a leer para un pueblo recién salido de la esclavitud.
¿Por qué Dios no le entregó a Moisés un sistema windows para que su pueblo aprendiera más fácilmente su encomienda? No porque no haya podido hacerlo sino porque el Señor de las Escrituras es el Logos, como señala Juan en sus primeras líneas del Evangelio. En el principio era el Verbo (Logos), y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios. El Dios que es la Palabra exige que su pueblo aprenda a leer y a escribir, en medio del desierto, para que copie en sus vestiduras y escriba en sus casas las cosas importantes que les dio por medio de Moisés.
En una oportunidad, por causa de las picaduras de víboras, levantó una serpiente de bronce para que quien la mirara sanara de sus heridas venenosas. El pueblo se pervirtió poco a poco, por la imagen levantada que comenzó a adorar. El ser humano no se acostumbra a lo abstracto sino que quiere concretizar todo lo que imagina. El Dios invisible que se da a conocer por medio de las cosas invisibles, con su eterno poder y deidad no puede ser comparado a ninguna de sus criaturas: sean humanas o animales. Tampoco se puede asemejar a una piedra, a un árbol, a lo que se ha denominado las cosas inanimadas.
Dios es Espíritu, pero se manifestó en carne a través de su Hijo; también envió mensajeros celestiales (el Hijo, inclusive) para instruir en ocasiones a sus escogidos. Nos sigue exigiendo la lectura y la escritura, como signos de lo que Él es: la palabra. No cualquier palabra, sino aquella que fue revelada por medio de los santos hombres de Dios siendo inspirados. Desde un principio vemos a ese Dios contra la idolatría, destruyendo la teología idolátrica de los que se dicen cercanos a su nombre, así como de aquellos que se declaran distantes de su presencia.
La Escritura ha sido tomada como la autoridad final para la vida y para la relación con Dios. En ella se pone de manifiesto la voluntad del Señor, como la fuente de la verdad. El Evangelio, el Hijo, el concepto de justicia, la justificación, la creación, el reino de Dios, el cielo y el infierno, son algunos de los temas esenciales que despliega por medio de sus páginas. Como se trata de la Sola Scriptura, no se necesita suplementarla con nada: nada de imágenes, nada de esculturas, nada de vitrales, no más serpientes de bronce como si fuesen necesarios los estímulos pedagógicos a manera de recordatorios.
Un profeta nos resalta esta idea: ¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo? ¿La estatua de fundición que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor de su obra? (Habacuc 2:18). Las imágenes de la Iglesia de Roma parecen contrariar las palabras del profeta, ya que las usa para adorar: figuras del Dios Trino, de Jesucristo, de la Virgen María, de ángeles y santos, cosas que no traen provecho alguno. Pablo argumenta que lo que las gentes sacrifican a sus ídolos a los demonios sacrifican (1 Corintios 10:20). Poco importa que se haga en nombre de la didáctica teológica, ya que debe destruirse todo aquello que confronta lo irrepresentable de la Divinidad. El único provecho existente resulta económico, el salario de los trabajadores de la arcilla o la madera, de los escultores, de los que venden amuletos, de los artistas que decoran los sitios de veneración. Esas estatuas de fundición ejercen el ministerio de la pedagogía de la mentira.
Cruces, el niño en el pesebre, una virgen en su aposento junto a los animales del establo, nada de eso resulta útil sino de estorbo: a los demonios sacrifica, dice la Escritura. Ídolos mudos, con pies que no caminan, con ojos que no ven, ausentes de vida pero presentes para el reino de la oscuridad. Un atractivo y fuente de contacto en el reino de las tinieblas, donde habita el padre de la mentira. Claro, alguien traerá a colación los querubines del arca reseñados en Éxodo 28, pero se olvidan de que fueron para decoración y, además, instituidos por Dios. No fueron ordenados para que se les adorara o venerara, ni mucho menos para fungir como mediadores entre Dios y su pueblo.
Precisamente, el Dios de los querubines reseña por igual al Dios del arte; no es un Dios que está contra la fotografía o el dibujo, ni contra la pintura o escultura, lo que sí es que nada de lo mencionado debería ser objeto de adoración o culto. Él lo dijo: No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas ni debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni las honrarás (Éxodo 20:4-5). Aunque este mandamiento parece ser eliminado de algunas traducciones de las Biblias católicas, cabe recordar que en la Vulgata Latina aparece escrito, de manera que su propia Biblia asumida como la oficial lo contiene (a pesar de que algunas de sus traducciones también oficiales execra este mandamiento).
La serpiente de bronce sirvió de emblema del Cristo que vendría, como lo confirma el Nuevo Testamento. Sin embargo, por causa de la perversión del pueblo hubo de ser destruida para evitar el paganismo de Israel en torno a dicha escultura. El concepto de Sola Scriptura nos enseña que las Escrituras deben gobernar sobre las tradiciones e interpretaciones de la iglesia que se considera sujeta a la Palabra de Dios. En ese concepto se encuentra el fundamento de la justificación por la fe de Cristo Jesús, lo cual nos libera de la justificación por Roma o por cualquier otro medio.
Finalmente, recordemos con Josué la recomendación que Jehová le dio: Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien (Josué 1:8).
César Paredes
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