El libre albedrío funge como bandera de todos aquellos que desean independencia del Creador. Como si fuese posible por el solo hecho de la promesa de la serpiente en el Edén, como si Dios se despojara de su soberanía por instantes para dar paso a la libertad de la criatura que previamente la ha colocado en un lugar neutro. Porque si el hombre murió en delitos y pecados, se hace necesario volver a nacer; y si los defensores del mito del libre albedrío pudieran nacer de nuevo por su cuenta para poder decidir, entonces también necesitarían del arbitrio divino para colocarlos en un lugar neutral.
Pero no es así como la Biblia propone, no es así como enseña Jesucristo, el que ha dado su vida por todos los pecados de su pueblo. No murió el Mesías por los cabritos que pondrá a su izquierda para apartarlos hacia la condenación perpetua. Dios es soberano por siempre, a otro no dará su gloria; Dios ha tenido un plan que cumple a cabalidad, siendo sus promesas en Él un Sí y un Amén. De manera que si Dios no cambia, su inmutabilidad no puede sino servir como peso de hundimiento en aquellas almas que esperan confiadas en que su propia libertad los hará cambiar de actitud para un día decirle sí a Jesucristo.
La Torre de Babel fue fundada con el fin de que el hombre se hiciera un nombre alto. De nuevo revoloteaba en el cerebro humano el sueño sembrado por el dragón, el de ser como Dios. La predestinación forma parte del plan providencial de Dios para sus escogidos. No hay otra forma de llegar al cielo sino por el Evangelio, pero nadie puede tener oídos para oírlo si no le son abiertos. De nuevo surge la pregunta en el hombre que objeta a Dios: ¿Por qué, pues, Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad? Lo cierto es que a unos endurece Dios y a otros despierta para vida eterna, así que no depende del que quiere ni del que corra. ¿Por qué, entonces, predicar? Porque ha sido un mandato y esa es la única vía para conocer al Padre: Jesucristo alabó al Padre por los que le daría por medio de la palabra de sus antiguos discípulos (Juan 17:20).
Esa palabra, asegura Pedro, es una semilla incorruptible. No puede ser una semilla contaminada, ya que el falso evangelio no ha podido salvar ni una sola alma; antes, el falso evangelio solamente corrobora que sus miembros, sus militantes, andan todavía extraviados de la verdad. Más allá de que repitan como loros los versos de la Biblia, Dios nos escogió desde antes de la fundación del mundo y antes de que hiciésemos bien o mal (Efesios 1:4; Romanos 9: 11-12; 2 Timoteo 1:9). Así que ninguna causa buena pudo haber en nosotros para que Dios nos haya escogido, sino simplemente el consejo de su voluntad inalterable. Ese es nuestro gozo, el de poder poseer algo que nadie puede obtener por méritos propios.
Pero así como Abel fue envidiado por su hermano Caín, lo somos también por aquellos que llamándose hermanos entre ellos desprecian la verdad de la palabra de Dios. Ellos aman más la mentira, así que reciben de gratis y de buena gana el espíritu de estupor que Dios les ha enviado para que terminen de perderse. Ellos actúan y hablan como su hermano mayor el Faraón de Egipto: ¿Y quién es Jehová para que yo los deje ir? De igual forma aseguran que el Jehová en el cual ellos creen no se interesa mucho en la doctrina sino en el amor. De esa forma afirman que el amor une pero la doctrina destruye.
Dios es el que justifica al impío, basado en la justicia imputada de Cristo, alcanzada en la cruz del Calvario (Romanos 3:21-26). Isaías nos habló de la importancia de conocer al siervo justo que justifica a muchos, de manera que el que ignora esa justicia de Dios cree de otra manera. Los que creen de otra manera asumen que la gracia proviene de Dios (lo cual es cierto), pero añaden un poquito de sabor al proceso o al acto de salvación: su libertad plena para poder decidir. De lo contrario, aseguran con su representante John Wesley que Dios sería un diablo, alguien peor que un tirano. De seguro coinciden con su padre Arminio (de la teología arminiana que profesan) en que ese asunto de la predestinación resulta repugnante. Para endulzar las palabras de la Biblia hacen malabares lingüísticos con el fin de autodemostrarse que odiar significa amar menos, cuando Dios refiere a su propio odio por Esaú (Romanos 9).
La Torre de Babel, reseñada en Génesis 11, nos advierte contra la utopía humana: construir un mundo separado de Dios, distanciado de su ley, hacerse un nombre grande hasta los cielos. En materia política, económica y religiosa parece ser que se está logrando hoy día, como si fuese la gran meta de la humanidad. Un nuevo orden mundial, una nueva forma de pensar, con antivalores que pasarían a ser los nuevos valores: pedofilia, incesto, hechicería, guerra contra la Biblia en las escuelas y universidades, permisología para los matrimonios homosexuales, el tráfico de pequeños, todo ese estado de anomia imaginado en aquella vieja torre parece ser que se ha convertido en una cercana realidad. No en vano Jesucristo nos habló de su Segunda Venida, diciéndonos que habría unas señales similares a las mostradas en los días de Noé (cuando vino el diluvio), o en los días de Lot (frente a la vieja Sodoma).
En lugar de obedecer el mandato de Dios de llenar la tierra, los habitantes de Babel pretendían construir una ciudad y una torre como marca de su autonomía. Pero eso sí, no una autonomía inocente (como si eso fuese posible) sino una que rivalizara con la soberanía de Dios. Eso tampoco puede ser posible, en el plano conceptual puro: Un Dios soberano no permite nada, sino que ordena o decreta que suceda lo que tiene pensado. El hecho de hacerse un nombre para ellos mismos implicaba un grito de orgullo por su propio trabajo, como si fuese la expresión mayor de su libre albedrío. Lo que nunca supieron, pero tal vez ahora lo sepan, es que para eso mismo fueron ordenados, como vasos de ira para exhibir la justicia de Dios contra el pecado.
La pretensión de que la torre alcanzaría el cielo implica por fuerza el deseo de gobernar junto al Altísimo, pero bajo la vieja pretensión de Lucifer: subir a lo alto y ser semejante al Creador. El hombre mostró en Babel lo que ahora parece seguir exhibiendo con más fuerza por los medios audiovisuales: Hacerse un nombre para ellos mismos, mostrar su aparente independencia del Dios que los hizo. No en vano Nimrod fue un cazador contra Jehová o delante de Jehová, el cual gobernó en Babilonia (la ciudad Babel o confusión). Flavio Josefo narra en sus Antigüedades de los Judíos que Nimrod dijo que se vengaría de Dios (por el diluvio), en caso de que quisiera ahogar el mundo nuevamente, lo que lo lleva a construir una torre bien alta para que ni las aguas pudieran alcanzarla (Libro 1, Capítulo 4). Y si Nimrod no la hizo al menos sus seguidores lo pretendieron.
La gente desea en su odio a Dios colocarse delante de Él (Génesis 10:9), enrostrarse ante el Señor. Por ese motivo la gente se rebela contra el Hacedor de todo, como lo hizo el Faraón de Egipto, como también sucedió con Caín al asesinar a su hermano Abel. Esaú luchaba contra Jacob en el vientre de la madre, como el niño Ismael de la esclava Agar batalló contra Isaac. De igual manera hacen los que son del mundo contra los que somos de Dios, simplemente no soportan nuestra quietud y nuestra palabra de fe.
La batalla la dan los injustos contra los justificados por Dios, pero el mensaje es el mismo para todos: arrepentíos y creed en el Evangelio. Sabemos que creerán aquellos que fueron ordenados para vida eterna, desde antes de la fundación del mundo. Sabemos por igual que el diablo siembra cizaña junto al trigo, que las cabras corren solas al aprisco de las ovejas para maltratarlas, que existen pastores asalariados que dejan entrar el lobo al corral y huyen con su salario a cuestas. Nuestro deber sigue siendo juzgar con justo juicio, discriminar y examinar para ver qué espíritus son de Dios.
Hay espíritus (personas) que no son de Dios, cuyo evangelio es el otro del extraño, el que ablanda las palabras de Jesús y transforma la doctrina del Padre para hacerla grata a los oídos de las masas. Existen pastores que ordenan a sus ovejas a silenciar el tema de la predestinación, incluso permiten que lo crean pero para ellos mismos, en silencio. Saben que eso los atormenta, que esa doctrina espanta a muchos en sus sinagogas, los cuales dejarán las bancas libres y las arcas un poco vacías. Hay otros pastores que aseguran que Dios es soberano, pero no tan soberano; al parecer todos ellos parecen ignorar el significado de la justicia de Dios. Tienen gran celo por Dios, pero no conforme a entendimiento (Romanos 10:1-4).
En lugar de construir una torre muy alta hagamos un lugar en el suelo para nuestras rodillas, donde podamos inclinarnos ante el Todopoderoso que nos hizo. Ese mismo Dios asegura que hizo al malo para el día malo, que hace el bien y crea el mal, que mata y da vida, que no hay quien detenga su mano y le diga: ¡Epa!, ¿qué haces? En lugar de hacernos un nombre para nosotros, hablemos de la gloria del único sabio Dios, porque Dios honra a los que le honran. En lugar de luchar contra Jehová, amistémonos ahora con Él y por eso nos vendrá paz.
César Paredes
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