La gran tragedia humana le viene como destino al hombre, un peso de pecado con el que fue concebido, una carga que no puede botar por cuenta propia. Muchos ignoran el significado de la justicia de Dios, así que pretenden colocar la suya propia para justificar sus acciones. El Ser Supremo, absolutamente Santo, condena la iniquidad con paga eterna por la razón de que no se puede saldar la deuda cometida contra un Ser eterno. La paga del pecado es la muerte, todos los que pecan quedan destituidos de la gloria de Dios. Dos axiomas que generan la consecuencia nefasta de la tragedia de la humanidad.
Mientras la vida sigue, el hombre se entrega al pecado: cualquier licencia para alejarse de su Creador; los más religiosos, los que se leyeron por fuera la tapa de un libro, suponen que sus rituales les brindan cierta protección, que el Dios del cielo por ser definido como Amor no los enviará a un juicio de condenación perpetua. Pero lo que de Dios se conoce queda manifiesto por medio de la obra de la creación que testifica ante nosotros, aunque existe una revelación escrita que también manifiesta el plan de Dios para los seres humanos.
En la Biblia, conocida como la palabra del Dios viviente, se anuncia el arrepentimiento para perdón de pecados, el creer el evangelio para vida eterna, pero se condiciona ese creer y ese arrepentirse al trabajo que hizo Jesucristo en la cruz del Calvario. Si se ignora esa justicia de Dios, se tiende a establecer la justicia propia de cada quien, lo cual presupone una ignorancia mortal, la cual hace perecer el alma humana. ¿Cuál es ese conocimiento crucial que la gente ha ignorado?
El sentido de la justicia de Dios es ese conocimiento descuidado; la Escritura nos dice que esa justicia de Dios es el mismo Jesucristo (Jeremías 23:6; 1 Corintios 1:30). Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). Fijémonos en el destinatario de esa justicia de Dios: Pablo habla a los hermanos en Corinto, así que usa el nosotros como un colectivo que engloba a los creyentes en Cristo. No dice que Dios hizo pecado a su Hijo para beneficio de todo el mundo, sin excepción, pues si así dijera todo el mundo hubiese sido salvo, sin excepción.
Acá vemos el núcleo del asunto. La justicia de Dios justifica y redime al impío, de tal forma que ninguno de los redimidos tiene algo de qué gloriarse, sino en la cruz de Cristo. Si Dios hubiese declarado su justicia en alguna persona porque vio que esa persona tenía unas cualidades especiales de humildad y mansedumbre, de inteligencia y prontitud, entonces la obra de esa persona haría gloriar al ser humano.
El evangelio no nos avergüenza ya que es el poder de Dios para salvación del creyente, en ese evangelio se muestra o revela la justicia de Dios (Romanos 1:16-17). Esto pertenece al ámbito de las declaraciones forenses o judiciales, sin que se fundamente en ningún acto del pecador. Dios es justo y justifica al impío que pertenece a la fe de Jesús, así que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley (Romanos 3:21-28). Alguno dirá que es la fe la que lo justifica, pero la fe es un regalo de Dios, no es de todos la fe. Entonces la fe no es la que justifica sino un medio por el cual el individuo recibe la gracia divina. Así que tanto la gracia, como la salvación y la fe son todas obra de Dios, un regalo del Señor (Efesios 2:8).
¿Qué hizo que Dios se fijara en mí, siendo yo tan pecador? Somos todos formados de la misma masa, dijo Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 9. No tenemos de qué gloriarnos. Tenemos un ejemplo de la ejemplar soberanía de Dios en materia de salvación que debe dejar claro el asunto. A Jacob amé y a Esaú odié, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9:13). Desde la eternidad Dios escogió a quién salvar y a quién condenar, para que sea por la elección y no por las obras.
¿Parece eso injusto? En ninguna manera, sino que Dios en su soberanía hace como quiere. Este peso trágico tuvo Judas Iscariote en su existir, lo mismo que sufrió Caín o el Faraón de Egipto. De igual forma lo poseen todos aquellos destinados para tropezar en la roca que es Cristo, que forman parte del conglomerado de réprobos en cuanto a fe, en los cuales Dios demostrará su poder y su ira, y hará notorio su poder. A éstos, Dios los soporta con mucha paciencia en tanto vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9:22).
Por contraste, Dios quiso en su soberanía mostrar notoriamente las riquezas de su gloria, para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, llamando pueblo suyo al que no era su pueblo. Pues solamente el remanente será salvo por gracia, por medio de la fe, como un don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe.
Así que es la cruz del Señor la que establece la diferencia entre el réprobo y el elegido para salvación. Pero para eso hubo un ordenamiento eterno (1 Pedro 1:20), una elección antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), una predestinación para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:5). No hubo nada bueno en nosotros sino solamente la elección descansó en el puro afecto de la voluntad de Dios, para alabanza de la gloria de su gracia. El que no logra entender, esto le indica que no ha creído todavía el evangelio de Jesucristo. Esa persona anda perdida, en la suposición de su vanagloria, descansando en sus buenas obras, teniendo su propia justicia como baluarte de vanidad.
No se trata de entender primero para ser salvo después, porque también sería una obra intelectual como mecanismo de salvación, lo cual no es bíblico. Se trata de que una vez que hemos sido nacidos de nuevo, por medio del Espíritu Santo, la verdad nace en nosotros. Tenemos la mente de Cristo, por lo tanto su conocimiento no nos resulta ajeno. En cambio, la doctrina que viene del pozo del abismo pulula en aquellas personas que dicen creer en la gracia de Dios, pero suponen que pueden vivir en la ignorancia de ese conocimiento una vez que supuestamente han nacido de nuevo.
La persona que se gloría en su entendimiento, en sus obras de cualquier tipo, en su pequeñísima justicia, queda excluida de la gloria de Dios. La diferencia entre cielo e infierno yace en la cruz de Cristo, en su trabajo en exclusiva por su pueblo (Mateo 1:21), un trabajo que no hizo por el mundo no amado por el Padre (Compárese Juan 3:16 con Juan 17:9). La perversa doctrina de la expiación universal, la cual pregonan el catolicismo, el arminianismo evangélico y otros grupos, conlleva a una autoexaltación. Se supone que Cristo hizo lo mismo por todo el mundo, sin excepción, pero el que va al cielo hizo su pequeña parte de voluntad propia, con su mítico libre albedrío. En cambio, el que va al infierno no supo aprovechar la oportunidad otorgada. Allí hay mérito propio, algo de qué gloriarse y por lo tanto se comparte su gloria con la de Dios, mezcla su propia justicia con la de Cristo.
Si el trabajo de Cristo se hizo en forma idéntica por los salvados como por los condenados, resulta evidente que el esfuerzo del pecador constituyó el factor decisorio entre cielo e infierno. Esto no es más que un falso evangelio pregonado por los profetas de mentiras, por los que dicen paz cuando no la hay, por los que se escandalizan de la absoluta soberanía de Dios. Estos son los mismo que denuncian a Dios como alguien peor que un diablo o como un tirano (John Wesley, por ejemplo). Estos son de los que dicen que Dios condenó a Esaú por vender la primogenitura, nunca a priori a sus malas obras (Spurgeon, por ejemplo, en su célebre sermón Jacob y Esaú).
El falso evangelio que se fundamenta en el pecador, en sus obras muertas, en sus delitos y pecados, no ha salvado ni una sola alma. Muchos dirán en el día final: Señor, en tu nombre hicimos milagros, echamos fuera demonios; en tu nombre evangelizamos (como los viejos fariseos), recorrimos la tierra en busca de un prosélito. En tu nombre fuimos domingo a domingo a la iglesia, cantamos y dimos ofrendas, oramos, suplicamos y ayunamos. Pero ya el Señor lo ha declarado: el que no vive en la doctrina de Cristo, no tiene al Padre ni al Hijo; nosotros preguntamos: ¿cómo puede tener al Espíritu Santo? En realidad a quien tienen es al espíritu del anticristo. Por esa razón el Señor les dirá en aquel día: Nunca os conocí.
Nos queda por decir que el dios de la expiación universal envía al infierno a aquellos que supuestamente les fueron perdonados sus pecados en la cruz; porque muchos no creen y por lo tanto perecen en sus pecados. ¿Cómo pueden haber sido borrados sus pecados en la cruz y después de haber sido castigados esos pecados en Jesucristo tienen que ir al infierno de fuego? Eso no sería propio de un Dios justo que justifica al impío, sino de un ídolo que llaman Jesús o Jehová, pero que no es sino una elaboración imaginada al calco de la carne humana. La ignorancia hace perecer el alma, conocer al siervo justo viene como signo de la justificación (Isaías 53:11).
César Paredes
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