OSCURECER LA GLORIA DE LA FE EN CRISTO

Por épocas en la historia de la era cristiana, la humanidad ha embestido contra la doctrina de Cristo. En un momento estuvo de moda ser arriano, si bien todavía algunos persisten en su desvarío. El libre albedrío ha sido otro caballo de Troya, regalado a la iglesia protestante como presente romano. Una vieja herencia de Pelagio, el expulsado por sus herejías pero vuelto a recibir porque se arrepintió de una de ellas. Las demás pasaron bajo la mesa papal, la iglesia oficial que ya comerciaba como Estado en los asuntos del pueblo.

El movimiento herético posee diferentes vientos, pero todos inspirados en el pozo del abismo, como bien dijera el apóstol Pedro: para propia perdición (del hereje o del que tuerce la Escritura). El arminianismo se practica hasta desconociendo su origen o sin saber a quién se debe su nombre (a Jacobo Arminio, peón de Roma en las filas de la Reforma). Su semilla brotó como la hierba mala que no muere fácilmente, se propagó para causar intoxicación en el mundo cristianizado. Por supuesto, las cabras comen de esa hierba y su natural digestión la toleran, pero las ovejas que revueltas viven con esos animales reciben males sin número.

El gozo de la soberanía de Dios se ve nublado por efecto de la droga perniciosa del arminianismo. El Cristo que murió por su pueblo ahora ha pasado a morir por todas las personas, sin excepción, asunto que la muchedumbre aplaude motivada por sus pastores. La salvación ha dado un viraje de la monergia hacia el trabajo conjunto entre Dios y el hombre (sinergia). Dios ama ahora a todos sin excepción, sufre por Judas y Faraón, lo mismo que por Caín, porque se han perdido a pesar de su esfuerzo. Quiso salvar a Esaú pero él no se dejó, así que frustrado el Hijo de Dios ve que su sangre constituyó un fracaso en la cruz.

Eso forma parte de la doctrina implícita de Jacobo Arminio, la herejía predominante de hoy día. Claro está, dentro del catolicismo romano esa también es su teología, la de las obras para la redención. No en vano se han inventado un adagio que atribuyen como palabra de Dios: ayúdate que yo te ayudaré. Las nubes del arminianismo contienen la lluvia de la teología romana, la que en innumerables templos se canta y se celebra en forma triunfal, para maltrato del pueblo de Dios que pudiera haber en esos sitios. A ese pueblo Dios le dice: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas (Apocalipsis 18: 4).

Se oscurece la gloria de la fe cristiana, cada vez que uno se encuentra con un arminiano que declara la expiación universal, la suficiencia de Cristo por todos (dado que es Todopoderoso), el sufrimiento en la cruz al mirar a a toda la humanidad, bajo la aspiración de subsumir a toda ella en su alma. Nada más lejos de la realidad bíblica, esos intentos de los arminianos que se disfrazan de creyentes porque memorizan textos de la Biblia.

Jesús dijo que él era el buen pastor que ponía su vida por las ovejas (no por los cabritos, a los cuales dirá en el día final: apartaos al lago de fuego). Jesús declaró abiertamente que los que no son ovejas no pueden acudir a él (Juan 10:26). Jesús enseñó en forma pública que ninguna persona puede venir a él si no le fuere dado del Padre. Que todo lo que el Padre le envía a él vendrá a él, y nunca será echado fuera. Así que se deduce que los que no vienen a él (las miríadas de réprobos en cuanto a fe) jamás han sido enviados por el Padre al Hijo. Esos son los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo, los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo.

¿Por qué se anuncia este evangelio, si no todo el mundo lo puede aceptar? Porque fue ordenado por Dios el hacerlo, porque es la única manera de que los escogidos desde la eternidad para redención puedan llegar a creer. Porque de esta manera se incrementa la condenación en los que rechazan abiertamente a Jesucristo. Todo esto lleva gloria a Dios, de manera que celebramos la justicia divina: a los creyentes, Cristo los ha justificado; a los réprobos, Dios les cobrará de acuerdo a sus malas acciones.

De igual forma, somos grato olor a Dios en Cristo, tanto en los que creen como en los que se pierden. En los que creen, olor de vida para vida; en los que se pierden, olor de muerte para muerte, pero de todas formas somos grato olor para Dios. ¿Quién es suficiente para estas cosas? (2 Corintios 2: 15-16).

A Jesús un día le preguntaron si eran pocos los que se salvaban. Respondió que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios. Con esto queda sellado el hecho ya anunciado por Jonás: La salvación pertenece a Jehová (Jonás 2:9). Una carta de 1628, encontrada en posesión del arzobispo de Canterbury, relacionada con el superior de los Jesuitas, que residía en Bruselas, decía de la siguiente manera: ´…Tenemos ahora algunas cuerdas de nuestro arco. Hemos plantado la soberana droga del Arminianismo, la cual esperamos purgará a los Protestantes de sus herejías; y ha de florecer y dar fruto en su tiempo…Estoy siendo llevado con felicidad, para ver cuán felizmente todos los instrumentos y medios, sean grandes o pequeños, cooperarán para nuestros propósitos…Nuestra fundación es el Arminianismo.’ (Augusto Toplady. Arminianism: The Road to Rome -Monergism, internet).

Los que asumen la doctrina arminiana como válida no son creyentes a los cuales les falta un poco de teología. No, ellos no han nacido de nuevo porque el Espíritu Santo, que nos conduce a toda verdad, jamás permitirá que confesemos dos evangelios. No se trata de que aman a Cristo con el corazón pero se desentienden del intelecto doctrinal, sino de que ese Cristo que profesan es un dios débil que intentó salvar a todos por igual, pero algunas personas no lo permitieron. Además, el arminiano odia la verdad y profesa la mentira, por lo cual tarde o temprano recibirá el espíritu de estupor enviado por Dios mismo para que termine de perderse.

Como Pablo dijo de algunos judíos, en su Carta a los Romanos, su oración para con ese Israel era para salvación. Ellos andaban perdidos a pesar de su enorme celo por Dios, pero al ignorar la justicia de Dios que es Jesucristo colocaban sus propias obras por justicia. Eso hacen los seguidores de Arminio, y poco importa si usted sabía quién ha sido Arminio. Basta con seguir la falsa doctrina que anuncian para saber que no tienen la justicia de Dios. Jesús no rogó por todo el mundo, sino que dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9); murió solamente por el mundo amado por el Padre (Juan 3:16).

Nuestro Dios es soberano y hace como quiere, al que desea endurecer endurece y tiene misericordia de quien quiere tenerla. ¿Será injusto Dios que actúa de esa forma? En ninguna manera, ya que su soberanía se lo autoriza; además es un Dios justo que justifica al impío, ese es el Dios que puede salvar. Por el conocimiento sobre el siervo justo éste justificará a muchos (Isaías 53:11).

Hagamos brillar la gloria de nuestra fe en Cristo a través de la ocupación en la doctrina de Cristo. Esto lleva honra, así que quien no vive en esa doctrina es un transgresor que no tiene a Dios (2 Juan 1:9-11).

César Paredes

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