La tierra contiene personas y otros tipos de seres vivos. Su armonía en la naturaleza nos hace contemplar con gratitud la obra del Hacedor de todo. Con el telescopio, la astronomía ha develado ciertas incógnitas de nuestro universo, pero nos ha dejado perplejos por mostrarnos la cantidad de estrellas y planetas que giran en una inmensidad espacial que maravilla. Ese Dios del que habla la Biblia hizo todas esas cosas con el puro mandato de su palabra. ¿Habrá algo que sea difícil para Él? Podríamos preguntarnos acerca del tiempo y su relación con la eternidad, porque no en el tiempo sino con tiempo hizo Dios los cielos y la tierra.
Esa idea precedente es de Agustín de Hipona, al responder a la interrogante de si Dios envejecía. Dios como Ser eterno no se afecta por el tiempo, por lo que viene a nuestra mente otra interrogante: ¿Qué hacía Dios antes de crear este universo que habitamos? Bueno, qué ha hecho en la eternidad pasada (si la metáfora se permite), sería una pregunta demasiado curiosa. Sin embargo, frente al inconmensurable Dios nosotros como criaturas somos demasiado insignificantes. La Biblia asegura que somos barro en manos del alfarero, pero que pese a ello Dios tuvo misericordia de un pueblo que escogió para Sí mismo.
Esa es la buena noticia del evangelio, la promesa de redención para todo el pueblo de Dios. Alegrémonos de que nuestras transgresiones hayan sido perdonadas y cubiertos nuestros pecados, porque ante ese Dios de semejantes dimensiones nadie puede estar de pie. Su inmenso poder demostrado en la creación guarda una proporción con su santidad. Todos sus atributos son proporcionales a su majestad y grandeza, por lo que es digno de reverencia y adoración.
En sus planes eternos quiso hacernos a su imagen y semejanza, nos coronó de gloria en su creación pero sometió al hombre a una prueba en la cual fallaría. Él ha dicho que hizo al malo para el día malo, por lo tanto Adán tenía que pecar para que el Cordero preparado y ordenado desde antes de la fundación del mundo se manifestase. Esa puede ser considerada su obra épica majestuosa, la aparición de su Hijo como Redentor de todo su pueblo. Nos redimió de la muerte, nuestro gran enemigo que tenía su aguijón llamado pecado. Pero venció el pecado y por lo tanto le quitó el aguijón a la muerte y despojó al sepulcro de su victoria.
Cristo nos liberó de las tinieblas del error, de la trampa de Lucifer convertido en Satanás, venciéndolo en la cruz y convirtiéndose en la justicia de Dios para beneficio de todo su pueblo. Aquellas cosas del Espíritu de Dios que antes nos parecían locura, ahora suenan como grata cordura al corazón; las cuerdas del Señor están hechas de amor por lo cual se prolonga su misericordia cada mañana. El hombre fue formado un poco menor que los ángeles, en cambio Satanás manifiesta un poder descomunal y una astucia infernal que le permite dominar en su principado. No obstante, los hijos de Dios caminamos como extranjeros en este mundo pero seguros detrás de nuestro buen pastor (Juan 10:1-5).
El pueblo de Dios no debe olvidar jamás que la gracia eficaz hace la diferencia entre la redención y la condenación. Dos personas son llamadas en igual forma por el deber ser de la palabra divina, pero solo uno da respuesta positiva. No pensemos ni por un instante que esa respuesta se debe a nuestra cualidad de inteligencia, de mansedumbre o humildad, sino que más bien viene como el producto de la misericordia de Dios. Ya que ambas personas en principio subyacen muertas en delitos y pecados, por lo tanto ninguna tiene la cualidad para la reacción.
Precisamente por ser criaturas dependientes debemos responsabilidad ante el Creador. Pero Dios no redime a nadie en desmedro de su justicia sino que lo hace porque es un Dios justo que justifica al impío. Sí, el Dios de la Biblia justifica lo injustificable, como se demuestra por aquel ladrón en la cruz, un sedicioso que no hizo ninguna obra buena en el mundo, que ahora está con el Señor en las moradas eternas. Pablo perseguía a los cristianos, buscaba a unos para encerrarlos en la cárcel y a otros los amenazaba de muerte. Con Esteban estuvo para martirizarlo, hasta sostuvo sus vestiduras mientras lo apedreaban. Pablo no había hecho ninguna obra buena, pero el Señor se le apareció y lo tumbó del caballo. De esa forma alcanzó misericordia, por un acto absolutamente compasivo y soberano del Dios de la creación.
Pablo caminaba en sentido contrario a la verdad, persiguiendo al mismo Jesús para acabar con sus ideas. Pero Pablo no sabía entonces que su nombre estaba escrito en el libro de la vida desde la fundación del mundo, que había sido predestinado para andar con Cristo desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1: 4, 11). Los métodos de Dios para alcanzar sus objetivos son variados, como se demuestra en la narración de las Escrituras. Dado que Jesucristo se convirtió en la justicia de Dios, el Creador nos imputa esa justicia porque el Señor murió para expiar todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). De esa forma la justicia de Dios no sufre alteración alguna, no se rebaja, sino que sigue su rasero natural condenando al que no es de la justicia de Cristo y redimiendo al que sí es de esa justicia.
Aunque los hombres sean juzgados de acuerdo a sus obras, ninguno de los redimidos puede alegar obra alguna como causa de su redención. Los que hemos sido justificados somos llamados justos, por una aplicación de la legalidad del Juez de toda la tierra. Los no justificados en Cristo serán condenados porque fallaron ante la ley de Dios y no fueron justificados en Cristo. Dentro del plano de lo inconmensurable de Dios, su obra máxima trata de la redención del hombre.
La salvación del hombre trae al centro de interés al Redentor, el Cordero de Dios preparado desde antes de la fundación del mundo. Al pueblo de Dios se le da la fe, porque no es de todos la fe sino que ella viene como don de Dios. Además, sin fe no agradamos a Dios, así que Jesucristo es el autor y el consumador de ella. Es un círculo lo que rodea la fe, ya que el ser humano no puede producirla por cuenta propia. Hemos sido salvados por gracia, por medio de la fe, todo como un regalo divino. De esta manera sabemos que nuestra salvación no depende de buenas obras, como si el ser humano tuviera de qué gloriarse.
Si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia; ¿dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe (Romanos 3:27). Nosotros como pequeñas criaturas, hechas del polvo de la tierra, hemos sido llamados de las tinieblas a la luz, de pura gracia. Esa situación demuestra también lo inconmensurable de la misericordia divina, del amor eterno que nos ha tenido por el puro afecto de su voluntad. ¿Cómo no vivir agradecidos y cómo no ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor?
César Paredes
Deja un comentario