LAS SAGRADAS ESCRITURAS (2 TIMOTEO 3:16-17)

El fundamento de la fe cristiana subyace en las Sagradas Escrituras. Si toda la Escritura ha sido inspirada por Dios, ella viene a ser útil para que el hombre de Dios sea completo y equipado para toda buena obra. Fijémonos en que la Biblia no necesariamente es útil para el hombre que no es de Dios, ya que aún la ofrenda del impío sigue siendo una abominación al Señor. Hay aclaratorias de importancia que precisan el grado de restricción de una promesa bíblica. De la misma manera podemos adelantar que se debe diferenciar entre el mandato divino y el decreto del Altísimo. El mandato se obedece o se incumple, pero el decreto se ejecuta. En síntesis, un decreto de Dios no se dio para que lo cumplamos o lo desobedezcamos, simplemente se ejecuta por la fuerza de su palabra.

Otro texto que se vincula con lo que decimos parece ser el que habla de la providencia de Dios; a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es: a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28). Por igual recordamos lo que dijo el apóstol Pablo: que las cosas de las Escrituras se escribieron por causa de nosotros (Romanos 15:4). La paciencia y la consolación de las Escrituras vienen para nosotros, no para el incrédulo; el carácter de Dios, sus propósitos y su plan de salvación se anotaron en ellas para beneficio de los elegidos. El incrédulo dirá como el Faraón: ¿Y quién es Jehová? En realidad Faraón no supo jamás que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida; no entendió ni se ocupó en saber que el Redentor vivía, que se levantaría de entre los muertos, como sí lo creyó Job. Las Escrituras fungen como la fuente de la verdad que guía nuestras vidas.

Existe un grupo de mal llamados cristianos que colocan sus tradiciones como autoridad sobre las Escrituras. Ellos hablan del magisterio, pero otros que son parecidos prefieren proferir nuevas revelaciones. Al grito de Dios me reveló, me habló, me inspiró a decir, anuncian nuevas profecías o interpretan el cumplimento de las antiguas. En realidad pudiera haber muchas razones por las cuales esa gente de religión actúa de esa manera, quizá una de ellas sea que no tienen un ancla firme en las proposiciones de la Biblia. Como no han sido llamados de las tinieblas a la luz, ellos necesitan evidencia de ese dios en el que dicen creer. Por lo tanto hacen actuar a esa divinidad de acuerdo a sus emociones y raciocinios entenebrecidos.

Algunos han llegado a hablar del fracaso de Dios, señalando al Calvario como la prueba de su desvarío. Piensan que Jesucristo murió por todo el mundo, sin excepción, de manera que como la mayoría de la humanidad camina hacia una muerte eterna de seguro Cristo fracasó en su proyecto. Si estudiaran las Escrituras con atino y razón, de acuerdo a su sintaxis y semántica, se darían cuenta de que Jesús no rogó por el mundo sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando. Mal pudo Jesús morir por aquellos por los cuales no rogó la noche antes de su crucifixión.

El concepto de la Sola Scriptura no es nuevo, es más bien algo antiguo y de siempre que fue retomado con la Reforma porque se había extraviado. La Escritura se interpreta con la Escritura, sin paradojas o contradicciones, por cuanto es la palabra de Dios. De allí que Pablo lo haya anunciado mucho antes, al decirnos que toda ella ha sido inspirada por Dios y nos resulta útil en tanto hombres de Dios. Si combatimos al mundo, debemos escoger las Escrituras como la espada que nos capacita junto al Espíritu para cualquier tipo de contienda.

Someternos a la autoridad de la Escritura exige humildad, pero sobre todo confianza. Tal vez a alguien le resulte dudoso confiar en unos relatos religiosos recogidos fundamentalmente por una nación de antes, pero ese fue el método que se utilizó para legarnos ese precioso regalo. No todos lo reciben, ya que a muchos les parece una locura los asuntos del Espíritu de Dios; otros señalan que existe un universal religioso donde cualquier culto puede tomar prestado para armar su estructura de fe. Bueno, no hay duda de que tal cosa se puede creer, pero en asuntos de la Escritura el que duda se compara al que es movido por cualquier onda del mar, el que es llevado como nube a cualquier parte.

El arrepentimiento para perdón de pecados se anuncia en las Escrituras, los mandamientos para obedecer también allí se prescriben. Pero al hombre de fe se le propone un reto, confiar plenamente en lo que allí se dijo como inspirado por Dios. De lo contrario seremos movidos como el tamo por el viento, quebrados como la caña estremecida por la brisa. Dejemos ir nuestras opiniones e ideas preconcebidas, incluso nuestras tradiciones, apeguémonos a la letra que vivifica, porque ni una jota ni una tilde de lo allí mencionado dejará de ser realidad. ¿Crees esto?

Si aceptamos la supremacía de la Escritura se implica debemos dejar que ella nos enseñe, sin añadirle ni quitarle a lo que Dios dijo. La Biblia nos ayuda a conformarnos a la imagen de Cristo, quien es el espíritu de las profecías. Estudiémosla diligentemente, porque nos parece que en ellas está la vida eterna, que ellas dan testimonio del Cristo. Oh, que ella nos ayude a transformarnos por medio de la renovación de nuestro entendimiento, para no conformarnos a este mundo; de esa manera comprobaremos cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta (Romanos 12:2).

¿Quieres oír la voz de Dios guiándote? Anda a las Escrituras y escúchala, porque no habrá otra que la sustituya. Las experiencias místicas no son aprobadas por ella, los pronunciamientos de decretos de fe tampoco. Ella marcó el fin de las revelaciones, así que no indague en los falsos maestros ni en los apóstoles de mentira. Recuerde que Pablo dijo que él era el último de los apóstoles, porque Jesucristo se le apareció a él como a un abortivo. Así que no escuche la voz de los nuevos apóstoles porque son implícitamente declarados falsos por virtud de la inerrante palabra de Dios. No escuches a los que reclaman los viejos dones especiales dados a la incipiente iglesia, ya que ellos finalizaron cuando cumplieron su propósito.

Frente a todas estas advertencias, provenientes de la Escritura, el que desobedece se asemeja al necio que ve el peligro y se enfrenta sin ninguna arma a él. Parece ser que la voz del maligno tiene ascendencia sobre el corazón extraviado, y por eso tal persona se juega el alma para buscar la prueba de lo sobrenatural. ¿Acaso no parece suficiente con conocer lo que ella enseña? Ah, tal vez es que no es un hombre de Dios, por lo cual la Escritura no le parece suficientemente útil.

La supremacía de la Escritura no es solamente un asunto de doctrina, sino también algo que sirve para la vida práctica. El día a día se comprende mejor con la Escritura abierta, con el examen de sus palabras y bajo el gozo que se obtiene por la voz del Salvador. La palabra de Dios es la lámpara que nos alumbra el camino, la lumbrera ante nuestros pies (Salmo 119: 105). Su palabra es verdad y no cambia jamás, así que apoyémonos en su veracidad y probemos cuál será la buena voluntad de Dios para con las personas que conformamos su pueblo.

César Paredes

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