UNA CRUZ PARA EL ORGULLO HUMANO

El Evangelio sencillo se expone en la Biblia, pero los predicadores complican su enunciado. Simple y plano aparece lo que Jesucristo dijo, al igual que lo que sus discípulos expusieron en torno al mensaje de salvación. No dijo el Señor que moría por todo el mundo, sin excepción, sino que se atuvo a lo que decían las Escrituras. El nombre del niño sería Jesús, por la razón ya conocida: Jehová salva, de acuerdo a su étimo, porque esa criatura salvaría a su pueblo de sus pecados. Aparte de la claridad del ángel que hablaba con José en una visión, el niño cuando creció se hizo un Maestro. Pero era también un profeta, el Ungido de Jehová, el enviado a esta tierra de acuerdo al decreto que data desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20).

Ese Jesús tuvo muchos discípulos, pero un gran número lo abandonó porque sus palabras eran duras de oír. Duro es el mensaje del Dios soberano para algunos, como el Faraón, Caín o Esaú; agradable y tersa le resulta esa palabra al elegido para salvación, ya que no habría otra forma de redimirse del pecado y sus efectos. ¿Qué espantó a aquellos discípulos que se retiraron murmurando contra Jesús? ¿Por qué resultaron ofendidos, según nos cuenta Juan en el Capítulo 6 de su Evangelio? La razón fundamental fue la lógica de las proposiciones del Señor: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene no le echo fuera. Ninguno puede venir a mí si no le fuere dado del Padre.

¿Quién no puede entender tales proposiciones? Resultan bastante simples, lo que conduce a extraer una síntesis de ellas: los que no vienen a Jesús no lo hacen porque el Padre no los ha enviado. Lo demás es cortar y pegar, un conglomerado de supuestos necesarios. Dios inculpa de pecado al hombre que está bajo la responsabilidad moral de su ley, sin importar si tiene o no la capacidad de hacer el bien. Incluso destina a los réprobos en cuanto a fe sin mirar en sus actos buenos o malos, simplemente porque así lo tuvo a bien el Juez justo de toda la tierra. Estas aseveraciones pueden cotejarse en las Escrituras, en especial si se lee con atención el Capítulo 9 de Romanos.

Pero se edifica una cruz para el orgullo humano, predicándosele un evangelio complicado para que el auditorio no se dé cuenta de lo que la Escritura dice en forma simple. Incluso ha habido casos de personas, con una gran cantidad de años en alguna iglesia, a las cuales se les ha dicho lo de Esaú y Jacob, pero muestran perplejidad preguntándose si eso en realidad está en la Biblia. Tal vez, si se predicara en forma simple lo que la Escritura anuncia, muchos huirían despavoridos por las palabras duras de Jesús. Eso traería consecuencias graves para la congregación habituada a sus terapias semanales, a la simulación de la piedad en la que no creen.

Si creyeran pedirían la palabra, anunciarían a Cristo, tal como lo dicta la Escritura. En cambio, se afianzan en el otro evangelio, ese que les da verbo blando y atractivo para los que se espantan con la soberanía de Dios. De esa manera se comienza a tejer el evangelio complejo, con la cruz que satisface el orgullo humano. Un poco de buenas obras acá, otro poco por allá, y pasado cierto tiempo el alma se habitúa a creer la mentira anunciada: Que Jesucristo murió por todos y derramó su sangre por cada individuo, sin excepción; esto llevaría a una conclusión también necesaria: que los que no se salvan se salvarían si hicieran un poco de esfuerzo.

Bueno, así están las cosas en la mayoría de las congregaciones que se denominan cristianas. Se espantan cuando escuchan sobre la soberanía absoluta de Dios, se refugian bajo el argumento de cantidad, repitiéndose la falacia acerca de que no todos pueden estar equivocados. Tal vez les resulta cierto lo de que la mayoría tiene la razón. El asunto pasa porque se presume que ese evangelio amplio y ancho da más posibilidades a las masas para redimirse del pecado, aunque con ello se destruya la teología de Dios.

Los creyentes de verdad siempre desean la leche purificada, no adulterada, la palabra racional del Evangelio. Se crece en la gracia y en el conocimiento de Cristo, pero siempre bajo la guía de la razón junto al Espíritu. El error de cálculo conlleva a un resultado equivocado, pero el que nos guía a toda verdad no nos paseará jamás por la mentira. Pedro nos lo dice en forma sencilla: Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación (1 Pedro 2:2). Esa leche espiritual no adulterada es el Evangelio, el de suave digestión. En otros términos, el evangelio adulterado resulta indigesto, pero el hábito por la comida chatarra se ha extendido hasta el ámbito del espíritu.

Isaías nos lo decía también: el que tenga sed venga a las aguas, y el que no tenga dinero, que venga y compre, y coma; sí, compre vino y leche sin dinero y sin precio alguno (Isaías 55:1). Estamos obligados a un culto racional (Romanos 12:1), no a un culto ilógico. Dios es soberano absoluto, hace con su barro lo que quiera; a algunos los convierte en vasos de honra, mientras a otros los construye como vasos de deshonra. ¿Tachará alguien a Dios de injusto? ¿Por qué, pues, inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad?

Los que construyen un edificio no pueden subestimar el fundamento, la roca sólida cabeza del ángulo. Si el Cristo de la Biblia no es el fundamento, la roca les caerá encima y los aplastará. El olor del conocimiento del Señor se manifiesta por medio de los creyentes, siendo nosotros un grato olor de Cristo para Dios, en los que se salvan y en los que se pierden. En estos últimos un olor de muerte para muerte, y en aquellos que se salvan olor de vida para vida (2 Corintios 2:15-16).

Nos duele ver a los que se pierden, como a Pablo le dolía el Israel endurecido, el que tenía celo por Dios pero no conforme a entendimiento (Romanos 10:1-4). Nuestra oración va por aquellos que andan perdidos, para ver si Dios los quiere ver fuera de peligro. Familiares, amigos, gente cercana y conocida, muchos de ellos mejores en calidad humana que nosotros mismos; pero si el Padre no los enseña hasta que aprendan, no podrán acudir al Señor Jesucristo. Para esto, ¿quién es suficiente?

Una vez le preguntaron a Jesús si eran pocos los que se salvaban, a lo que él respondió: lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. En eso descansamos, pero continuamos con este mensaje por todo el mundo, con la esperanza de que esta palabra no volverá vacía, sino que hará aquello para lo que fue enviada.

César Paredes

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