La luz del hombre natural se hace insuficiente por sí misma para llevar al individuo a la convicción de pecado. El error (jamartía) ἁμαρτία denuncia una falta de juicio, lo que conlleva a la culpabilidad. Eso no quiere decir que a la persona natural la invada el sentimiento de culpa, a veces tal sentir y pesar se convierte en un asunto cultural. Tal vez el temor al castigo judicial y civil deja un peso inminente en la conciencia del que cometió el delito, pero no por ello hablamos del peso del pecado en el incrédulo. Hace falta el Espíritu de Dios para que señale la maldad inherente del pecado frente al Dios santo de la creación.
El hombre natural conoce en algún sentido la ley de Dios colocada en sus conciencias, ya que lo que de Dios se conoce le fue manifiesto a través de la creación, de la naturaleza y sus leyes como obra divina. Así que bien conoce sus deberes, bien percibe lo que está bueno y lo que está malo. Son nociones comunes dejadas en el ser humano, las cuales han conducido a la humanidad hacia el ejercicio del derecho, más allá de que éste no haya sido perfecto. De esa manera se ha operado para que la humanidad se preserve y muestre un juicio suficiente para que vivamos quietamente las más de las veces.
En casi la mayoría de las religiones más primitivas, la idea de un Dios que debe ser adorado se impone en la comunidad. Incluso existen acciones que la sociedad considera meritorias de castigo, incluida la pena de muerte. De esta forma la sociedad se gobierna bajo ligámenes morales que derivan de un estado de conciencia social respecto al bien y al mal. Pese a lo dicho, la luz natural no descubre la noción del pecado como una falta al Dios de la creación.
Dadas esas condiciones naturales, persiste la enemistad del hombre con Dios, de acuerdo a lo que la Biblia denuncia. Una locura parece la norma divina o los asuntos del Espíritu, ya que parecen indiscernibles ante esa luz opaca e insuficiente. Esa tenue luz no descubre la raíz del pecado, no puede denunciar que existe una desobediencia mortal ante el Creador. La polución del alma humana no puede captarse con el brillo que da una vela, por lo cual el ser humano no es capaz de sentir el peso del pecado de Adán heredado por su raza.
Se hizo necesaria la aparición de la revelación de lo alto para la denuncia del pecado. No dudamos de que ella fue inmediata, como lo relata el libro del Génesis; Dios habló con Adán y fue su luz para su culpa. Al mismo tiempo le mostró su proto-evangelio, al cubrirlo con las pieles de los primeros animales sacrificados por causa del pecado. Un símbolo se instauraba en el imaginario humano, el que conduciría a comprender que sin derramamiento de sangre no hay remisión del pecados. Aquellos momentos difíciles para Adán y su mujer señalaron hacia dónde apuntar, a la simiente de la mujer de donde vendría el Cristo.
La humanidad fue creciendo y con ella la noción de redención; las naciones olvidaron poco a poco todo el discurso enseñado por el padre Adán, de forma que cada cual siguió por su camino en sus propias veredas y con sus propios juicios. La luz natural no permitió dar cuenta de la terrible malignidad humana, excepto por su efectos sociales o individuales en cuanto a la muerte por riñas, así como heridas por combates. Pero la noción de pecado no fue vista como un mal del espíritu del hombre, mucho menos su efecto en la relación con el Creador.
Ciertamente, la naturaleza descubre algunos asuntos relacionados con Dios, algunas de sus leyes naturales, pero no señala todas sus perfecciones. De esta manera, la convicción de pecado se hizo cada vez más débil, ya que esa pequeña luz humana no funciona bien para demostrar su horror ante el Dios tres veces santo. Muchas de las obras del ser humano se exhiben como una abominación ante el Señor, pero lo sabemos gracias a la revelación divina que se conoce como su palabra. La polución interna del corazón humano genera serias consecuencias eternas.
La mente del ser humano necesita una lumbre sobrenatural. Esa luz fue llegando con la dádiva de Dios a los judíos por medio de la ley dada a Moisés; sin embargo, los judíos no pudieron salvarse con esa ley a no ser que apuntaran al Salvador como el fin de la ley. Ese Salvador era la Simiente prometida que lucharía contra la serpiente antigua, venciéndola con su herida mortal en la cabeza. Pero Dios fue mostrando en su escenario las partes de aquello que agradaría a su gloria, lo que anunciaba la venida del Redentor de su pueblo escogido.
El Capítulo 1 de la Carta a los Romanos nos reseña la perversión natural del hombre caído. La razón depravada de los mortales humanos creó una deformación de lo que percibían como el Creador: le dieron semejanza de obra creada, de animales, de piedra, habiendo olvidado la vieja gloria contada por sus padres más antiguos, de acuerdo a lo que uno entiende fue el relato de Adán a sus descendientes inmediatos. El pecado deforma la visión divina, de acuerdo a su propia monstruosidad. Se ve que el hombre en su naturaleza no se avergüenza de su pecado, sino que persiste en su fin de muerte (Romanos 6:21).
La Escritura señala al hombre natural como muerto en delitos y pecados, por lo cual la teología cristiana nombra esa situación como la depravación total de la humanidad. En ese estado existe solo desgracia, abandono de Dios, con apenas una guía natural de acuerdo a las normas físicas necesarias para la existencia. Una gran parte de la multitud de israelitas que conocían la ley dada a Moisés resultó perdida como el más vil pagano. Eso no implica que haya habido un fracaso de la ley divina, sino que ella no se propuso salvar a nadie sino señalar el pecado para que abundara y así poder anunciar la gracia.
La palabra de Dios corta más que una espada de dos filos, ella penetra hasta partir el alma. Cuando el ser humano se confronta con la palabra divina, suelen suceder cosas interesantes. En algunos, la muerte los acompañará eternamente por cuanto sirvió para mayor endurecimiento; en otros, resultará en un olor de vida para vida por cuanto ella redimió con su agua limpia y por medio de la sangre de Jesucristo. Para esto nadie es suficiente, por lo que lo que resulta imposible para el hombre para Dios es absolutamente posible. Vale la pena darse a la lectura y escrutinio de la Escritura, dado que se nos ha dicho que en ella subyace la vida eterna. Ella, además, viene como testimonio de Jesucristo, el único Mediador entre Dios y los hombres.
El que cree tiene vida eterna, pero el que no cree ya ha sido condenado. Necesitamos que el Espíritu de Dios alumbre nuestras vidas, porque la lumbrera nuestra resulta insuficiente para la dimensión divina. Esa es la razón por la que cuando el hombre natural conoce a Dios un poco no lo glorifica como a Dios, sino que se da a las imaginaciones de su necio corazón (Romanos 1:21). Dado que el Espíritu de Dios es Omnisciente, su luz alumbrará el camino a seguir, denunciará el mal en nuestro espíritu, mostrará el gran daño que hemos sufrido pero nos podrá indicar el camino a seguir: Jesucristo, quien además de camino es la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por él.
César Paredes
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