Con la fe evitamos el temor ante los hombres, así como ante los peligros y males que pueden sobrevenir por ataques diabólicos. La verdadera fe en el Dios de las Escrituras asume que a quien hay que temer es al Todopoderoso, pero ahora que le conocemos lo reverenciamos. No estamos puestos para ira sino para misericordia, por esa razón aparece nuestra reverencia en agradecimiento a quien nos libró de la maldición de la ley. El principio de la sabiduría es el temor a Jehová, por cuya razón tememos al Omnipotente, a su castigo de Padre, aunque no caeremos de nuevo bajo su ira.
Preferible resulta temer al Señor que tenerle miedo a los seres humanos. Mucho mejor para el alma arrodillarnos ante Dios y no ante los hombres; el temor neurótico que embarga a muchos espíritus se da por ausencia del temor a Dios. El poder de la fe nos ayuda a sobreponernos a los diversos miedos que nos provienen de los otros seres humanos. La fe nos coloca en lugar seguro, al saber que nuestra alma está a salvo. Con la información de que estamos bajo el pacto de gracia, nos alcanza la consecuencia necesaria de ese convenio: la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento.
Al saber que la eternidad está garantizada en aquel que tiene el poder para cumplir todas sus promesas, caminamos firmes en medio de los contratiempos del mundo. Hagamos el bien, decía Pedro, una vez que encomendemos nuestras almas a Dios (1 Pedro 4:19). Si nos ocupamos con acciones virtuosas, de seguro nuestra alma yacerá confiada. Esa confianza no viene garantizada por nuestras obras sino por haber encomendado nuestra alma al Todopoderoso, en tanto que por consecuencia la virtud nos sigue en aquello que hacemos.
El diluvio vino y Noé y su familia reposaron en el arca, confiados en lo que el Señor les había indicado. Pero Noé actuó por fe, se focalizó en el Omnipotente y su palabra, haciendo caso omiso de los comentarios y burlas de quienes negaban la posibilidad de lluvias. Una vez consolidada la fe, vienen las acciones, el trabajo que sigue como consecuencia, la ocupación en lo que debemos realizar. Si miramos hacia arriba no tenemos que volver la mirada hacia las cosas de abajo, a lo terrenal. Mientras el mundo nos grita que no podemos, desde el cielo escuchamos la voz que nos dice no te dejaré ni te desampararé.
Fue de esta manera que David venció a Goliat, trayendo a la memoria otras escenas en las que Dios le había dado la victoria: frente a leones y a las garras de los osos. Siempre hemos de acordarnos del camino por donde nos ha traído el Señor (Deuteronomio 8:2). La provisión de Dios en cada circunstancia pasada, la redención en medio de nuestros enemigos reales, incluso los castigos recibidos por parte de la mano del Padre que nos ama, todo ello viene como recuerdo para el alma que confía en su Señor. Cuando allí miramos nuestro espíritu se humilla ante el único que tiene poder.
Isaías nos recuerda que Jehová hizo al destruidor, para que no temamos a quien destruye sino a quien mueve su mano. He aquí yo hice al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra; y yo he creado al destruidor para destruir (Isaías 54:16). Si Jehová es quien nos levanta enemigos, temamos su nombre para que nos libre de ellos. Por esa razón dice enseguida el profeta, de parte de Dios: Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová (Isaías 54:17).
Cobra sentido lo que Dios había dicho momentos antes: Si alguno conspirare contra ti, lo hará sin mi; el que contra ti conspirare, delante de ti caerá (Isaías 54:15). Eso forma parte del amor de Dios para nosotros, el fracaso de los conspiradores. Eso significa Egipto entregado como precio de nuestro rescate, algo que el impío no puede comprender porque lo considera locura. Muchas calumnias se levantan contra los hijos de Dios, por parte de los que nos odian (recordemos que el mundo nos odia y ama lo suyo). Muchos nos acusan ante nuestras conciencias, nos injurian y denigran de nuestra teología, pero ellos caerán mientras nosotros desaprobamos sus acusaciones falsas. Somos servidores de Jesucristo, no del Anticristo; somos privilegiados por pertenecer a la heredad de Dios, bajo su gracia permanente. Los demás no son agraciados, sino que más bien parece que Dios se olvidó de ellos. Entonces, nuestra fe triunfa una vez más y nos da el valor contra la cobardía.
Las llamas del infierno, el terror de una conciencia desaprobada, son signos de la época cuando vivíamos bajo la ira de Dios, lo mismo que los demás. Nosotros sabemos de la maldición de la ley, la que no pudo salvar una sola alma, nos mantenía en la esclavitud del pecado, por cuanto cuando la ley vino para que el pecado se mostrase. Ese terror propio del impío supera al terror que cualquier ser humano pueda infligirnos; pero ya fuimos liberados cuando nacimos de nuevo. Ahora un nuevo espíritu tenemos en el novísimo corazón de carne, sin que tengamos que poseer un instante más el corazón pedregoso que no funcionaba para las cosas propias del Espíritu de Dios.
Por lo tanto, la fe de Cristo también nos libra de los temores, dándonos poder, amor y dominio propio. El poder de la fe extingue el fuego del terror; por fe sabemos que Dios hizo al devorador o destruidor, que el malo ha sido creado para el día malo; por la fe conocemos que hemos sido predestinados para ser conformes a la imagen del Hijo de Dios. No nos beberemos la copa de la furia de Dios, ni su sedimento; al contrario, el Señor nos convida a participar de sus bodas en el reino de los cielos.
La fe que nos ha sido dada se presenta con una metáfora de un escudo que apaga los dardos de fuego del maligno. En esa figura de lenguaje se nos conmina a colocarnos a diario la armadura del Señor, para poder salir librados de las pruebas de cada día. El yelmo de la salvación merece una gran atención, porque va en la cabeza. Es allí, en el lugar donde suponemos está nuestra mente, donde debemos protegernos para que no penetren las ideas malignas de que no somos salvos, de que nos faltan obras, de que tal vez todo esto sea un mito religioso.
Son muchos los demonios que en la tierra intentan molestar a los hijos de Dios, pero nos fue ofrecido el traje del guerrero o la armadura del cristiano. Ese yelmo de la salvación destruye el desaliento y el engaño, como el casco que protege al soldado de cualquier golpe dañino o mortal en la cabeza. Ese yelmo va en la cabeza, pero en nuestro frente tenemos el escudo de la fe, para detener los mensajes infernales lanzados por el maligno. Nuestra lucha no es contra los seres humanos, aunque ellos sean agentes satánicos; es contra un conjunto de principados, potestades y gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes (Efesios 6:12).
La verdad se define como una coraza y va en nuestros lomos, junto a la justicia de Cristo que permanece como una coraza. Nuestro evangelio nos da una buena pisada, nos asegura el lugar donde pertenecemos y andamos: el apresto del evangelio. El fundamento de nuestro evangelio lo constituye la doctrina de Cristo, de donde tomaremos ánimo para batallar con la espada del Espíritu Santo (que es la palabra de Dios, cargada de la doctrina del Padre, del Hijo y de los apóstoles). Nuestro combate se describe en una estado de oración que se da en todo tiempo, en súplica en el Espíritu, luchando o velando también por toda la iglesia (todos los santos).
Que tengamos palabra para exponer con denuedo el misterio del evangelio, del que somos embajadores y que nos honra en gran manera. Si esto hacemos, el miedo se esfumará y el gozo ocupará su lugar.
César Paredes
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