EL PECADO CONTRA DIOS

Se puede deducir que todo pecado contra Dios presupone un acto de desobediencia a su expresa voluntad. Quedó plasmado en el mandato de no comer del árbol prohibido, así que cualquiera que peca lo que hace es volver a comer de ese árbol, en alguna metafórica medida. Siempre que hay pecado existe una clara desobediencia a un mandato divino: No hagas esto (o haz aquello), pero se desobedece la orden. No en vano Jesús dijo que si lo amáramos a él guardaríamos sus mandamientos; de allí que el primer pecado consistió en no guardar su mandato.

Esa desobediencia presupone por igual un acto de desamor del hombre para con Dios, aún en su estado de inocencia. Todo ello nos conduce a la sentencia de Juan en una de sus cartas: Si lo amamos a él fue porque él nos amó primero. Entonces, ¿amó Dios a Adán antes de pecar? Hubo un amor eterno que no se alteró, como en el caso expuesto al profeta Jeremías, pero en ese amor estuvo escondida también la ira de Dios, como se demuestra por el hecho de que estuvimos todos los creyentes expuestos al juicio por el pecado, como lo estuvo por igual el Hijo en la cruz. Jesús el Cristo fue sometido al abandono del Padre por causa del pecado de su pueblo, pero no por eso podríamos decir que el Padre le interrumpió su amor.

El estándar de medición a la aceptabilidad de Dios sigue siendo su voluntad. De esta manera deducimos que cualquier actividad que marche contraria a la voluntad de Dios constituye pecado. A los gentiles dejó en la ignorancia de sus pensamientos, sin enviarles profetas o instrucciones especiales, soportando Dios con paciencia por igual la estupidez de sus razonamientos: que le hicieran esculturas de piedra, en forma de cuadrúpedos, de reptiles o de cualquier otra figura. Llegado el evangelio les anuncia que llegó el tiempo de arrepentimiento, en cumplimiento de lo que había anunciado antes respecto a la predicación a todas las naciones.

Dios no les envió mensajeros por siglos, sino que los dejó al abandono de su locura y extravío. La orden de arrepentirse viene como por formato de la ley, en el deber ser de cada persona, sin que ese arrepentimiento conduzca por necesidad para perdón de pecados. No que Dios le dio gracia a cada gentil, sino que les informó de algunas de sus normas como aquello que ya tenía el pueblo de Israel. A algunos gentiles los incorporó a su pacto de gracia, dándoles el arrepentimiento para perdón de pecados, otorgándoles la fe por la cual se obtiene la salvación y la gracia.

Pero los gentiles también desobedecen las normas enseñadas y son castigados en consecuencia. Tal vez antes eran dejados en sus disoluciones sin que distinguieran la ira de Dios por el pecado, pero ahora esa ira resulta notoria por la información del evangelio. Esto no quiere decir que Dios perdonó a los viejos gentiles que anduvieron en su ignorancia, ya que nadie puede ir al Padre excepto por el Hijo. De esa forma quedaron excluidos de la presencia de Dios todos aquellos que murieron en la ignorancia de la ley divina, por la necesidad de la expiación y ofrenda por el pecado. Son una gran parte de la humanidad, pero como pecaron sin ley sin ley también perecieron en el juicio que Dios les ha enviado.

Alguien dirá que hay injusticia en Dios, pero no existe excusa alguna en virtud de la ley general declarada a través de la obra de la creación (Romanos 1). A ellos les daban testimonio sus conciencias, así que son inexcusables; hoy día la excusa se desvanece en forma más rápida por cuanto la información o conocimiento del evangelio se ha agrandado, por lo cual la gente lleva mayor condenación. Pero los que han sido perdonados disfrutan de una paz de conciencia y de la alegría que brinda el haber recibido el Espíritu Santo. El brillo del rostro de Dios se nota en nuestros corazones, al tiempo que nuestros cuerpos se soportan en mejor grado por mitigar su aflicción con la presencia del Señor.

Como vamos de gloria en gloria, aguardamos el momento final cuando el Señor vuelva a esta tierra para buscar a su iglesia, para levantar a sus escogidos de los cuatro vientos. Esa gloriosa partida no será la última gloria que tengamos, pero sí una que nos separará por siempre del mundo, si bien otros se nos han adelantado con la muerte física y ya no padecen ninguna aflicción porque no siguen en el mundo. El mundo ama lo suyo pero nosotros somos sus aborrecidos, por causa del evangelio y porque Jesucristo no fue amado por el mundo. El principado de este mundo lo rige Satanás, aunque Jehová siga siendo el Rey de reyes. Sabemos que de acuerdo a sus planes eternos Dios ha querido que el diablo sea príncipe por el tiempo asignado, para que su daño lo veamos en la tierra. Esto nos sirve para valorar de qué personaje nos ha redimido el Señor, de qué cosas como el poder del enemigo, del pecado, de la ley que castiga y de la muerte eterna.

La Biblia nos dice que Caín era del maligno, que Dios odió a Esaú aun antes de que hiciese bien o mal, antes se ser concebido. Nos habla de los réprobos en cuanto a fe, de aquellos que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo. Los que no tienen sus nombres en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, adoran a la bestia y se gozan en ello (Apocalipsis 17:8). Jesús también afirmó que nadie puede venir a él si no le fuere dado del Padre; que todo lo que el Padre le envía viene a él, y no será jamás echado fuera. Uno puede inferir de esas dos premisas universales que la conclusión universal necesaria es que los que no vienen a Cristo jamás han sido enviados por el Padre.

¿Qué culpa tiene el impío, si Dios es el que ordena todo desde los siglos? Tiene la responsabilidad de criatura frente a su Hacedor, de la humildad frente al poder absoluto del Dios que la Biblia llama Despotes en el Nuevo Testamento (Carta de Pedro). Tiene la carga del pecado que comete desde siempre, de haber sido formado en maldad y se crecer desde el vientre de su madre en iniquidad. Por lo demás, la discusión entre el vaso de barro y su Alfarero resulta bizarra. Pero mayor calamidad muestra el que diciendo que cree y acepta la gracia soberana de Dios arguye a favor de un Cristo benevolente que murió y perdonó a todo el mundo, sin excepción, dejando al arbitrio humano su decisión final.

El falso evangelio pulula en todos los escenarios humanos y religiosos. Muchos son los que caminan encantados por sus blandas palabras, olvidando el viejo adagio latino que asegura que la palabra blanda tiene su veneno (Blanda oratio habet venenum suum). Algunos discípulos de Jesús que habían presenciado el milagro de los panes y los peces se espantaron del verbo de Jesús, cuando les habló de la soberanía del Padre. En el relato de Juan 6 los vemos murmurando contra el Hijo, en razón de las palabras duras de oír que ellos percibían. Este discurso no gusta a la carne humana, por lo cual el individuo prefiere una transformación discursiva que le brinde protagonismo.

Suena mejor decir que el Hijo de Dios sufrió por todos los pecadores del mundo, expió potencialmente sus culpas, pero aguarda con mirada suplicante y piadosa que alguno de ellos dé un paso al frente, se ponga a su lado, levante una mano de aceptación, grite un aleluya público y diga que él decide su destino en ese momento. Agrada más a las multitudes el refrán religioso benevolente que asegura que Dios ya hizo su parte en el Calvario, Satanás ha votado en contra suya de manera que de usted depende el voto final y decisivo. De esta forma la gente queda complacida y no se estremece como aquellos discípulos reseñados en Juan 6 que manifestaron repulsión por el verbo excluyente del Cristo. Sabemos que Jesucristo vino a morir solamente por todos los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21); no rogó Jesús por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9) sino que pidió al Padre por los que le había dado y le daría por la palabra de sus primeros discípulos (Juan 17:20), los que en resumen son el mundo amado por el Padre (Juan 3:16).

César Paredes

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