EL CONFORTADOR

En Juan 16 vemos una promesa de Cristo a sus discípulos, extendida a cada creyente, respecto al Consolador. Es el Parakletos, el Espíritu que nos dirá todas las palabras de Jesús. Al mismo tiempo, una de sus misiones consiste en convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Verso 8). La razón de convencer al mundo de pecado es porque ese mundo no cree en Jesucristo, pero la razón por la cual lo convencerá de justicia se centra también en Cristo, en el hecho de que él iría al Padre y ya no sería visto por esos apóstoles. Esa justicia de Cristo hace referencia al antagonismo de los judíos, los cuales lo consideraron un blasfemo violador de la ley, por lo cual lo crucificaron. Se probó que Cristo era inocente, santo y justo, un hombre aprobado por Dios (porque Jesús fue tanto Dios como hombre). Llegó ante el Padre y fue bien recibido (está sentado a su diestra hasta que se coloquen a todos sus enemigos por estrado de sus pies). En resumen, Jesús no fue un impostor.

Jesús fue el Mediador (todavía lo sigue siendo) entre Dios y los hombres, en el sentido en que también por su mediación se convierte en nuestro Salvador. Habiendo cumplido él la exigencia de la ley divina, su justicia nos fue impartida a cambio de nuestros pecados (de los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras: Mateo 1:21). Por supuesto, esos que son predestinados por el Padre para ser semejantes a su Hijo, habrán de creer oportunamente el evangelio, en el día del poder de Dios.

Por medio del Espíritu enviado comprendemos la revelación del Evangelio, obtenemos la fe en el dador de ella, en su consumador. En cambio, los que se apoyan en su propia justicia indican que no poseen ese Espíritu enviado por el Señor. Si el pecador es convencido de que por naturaleza está carente de justicia, lo que en consecuencia demanda juicio de Dios, entonces puede escapar del castigo eterno por medio de la justicia de Cristo. Si no es convencido -lo cual indica que el Espíritu no trató de convencerlo- ha sido dejado de lado, al menos por el momento, en su tránsito por el camino de la impiedad.

El pecador impenitente rechaza la salvación afianzada solamente en la persona y en el trabajo de Jesucristo. Jamás entenderá a ciencia cierta que su única gloria posible lo sería en la cruz de Cristo, que no podrá jamás combinar gracia con obras. Pero su estado de condenación lo hace marchar en la ignorancia del evangelio. De estos hay por miles, en especial militando en las filas de las religiones denominadas cristianas. Estos son los que proponen obras propias porque consideran injusto que Dios haya predestinado a unos para vida eterna y a otros para muerte perpetua. Estos se escandalizan porque Dios haya odiado a Esaú aún antes de haber nacido, sin mirar en sus obras buenas o malas. Ellos aseguran que Dios miró en los corredores del tiempo y vio quiénes se iban a salvar y quiénes lo iban a rechazar, por lo tanto escogió bajo esa visión.

Esta teología demuestra que esas personas no han sido visitadas por el Espíritu Santo como Consolador, sino que han sido colocados para el juicio de Dios. Esa doctrina de demonios supone que la justicia de Cristo no demanda vida eterna en el cielo sino que solamente habilita a toda la humanidad, sin excepción, para que cada quien decida conforme a su mítico libre albedrío. Esa doctrina engañosa se asemeja a la de aquellos judíos que colocaban su propia justicia al ignorar la justicia de Dios (Romanos 10:1-4). Todavía no han comprendido que el juicio le vino a Satanás para condenación, como lo aseguró Jesucristo, de manera que por su incomprensión lo escuchan en su mentira de la salvación condicionada en el pecador.

Pero cada creyente verdadero conoce lo que el Espíritu le ha dicho en convencimiento. Sabe por igual que Dios es justo y justifica al injusto solamente bajo el parámetro del trabajo consumado de Jesucristo, para que el pecador quede excluido de cualquier gloria personal y se exhiba de esa manera la gloria prístina del Omnipotente Dios. Esa gran verdad la expone el Espíritu Santo a cada uno de los miembros de la familia escogida del Padre, de acuerdo a los planes eternos no contradictorios que han acordado: El Padre eligió a un pueblo para sí mismo, el Hijo rogó y murió por ese pueblo, el Espíritu hace nacer de nuevo con la verdad del evangelio a cada uno de los que son suyos. En virtud del nuevo nacimiento hemos sido sellados para el día de la redención final (1 Corintios 1:22). Lo que hace el Espíritu siempre será contrario a lo que realizan los falsos espíritus, los demonios que exponen sus doctrinas del abismo. Existen espíritus engañadores (1 Timoteo 4:1), como existen predicadores que anuncian a otro Jesús (2 Corintios 11:4). En síntesis, podemos diferenciar al Espíritu Santo de los espíritus demoníacos por la doctrina que exponen.

El Espíritu nos hablará de lo que enseñó Jesucristo, pero los demonios predicarán alteraciones de esa verdad. El Espíritu Santo genera el nuevo nacimiento con poder, de Sí mismo, sin mediación de voluntad humana (Juan 3 y Juan 1:13). No existe ningún misticismo en la conversión que hace el Espíritu sobre la criatura escogida, no genera ningún disturbio como para que se den alaridos, gritos de angustia contra el pecado, estados de ánimo confundidos, ni agites corporales de posesión. El que alguna persona se agobie por su miseria espiritual no le indica el signo de la visita del Espíritu Santo. En el acto de conversión tampoco se manifiesta una lucha como si alguien pudiera resistirse a Dios.

Al contrario, cuando el Espíritu Santo opera en un pecador la conversión, le da a la persona el conocimiento suficiente de la verdad de Jesucristo como la única garantía de la salvación definitiva. La persona redimida conoce que ya no posee más el corazón perverso, más que todas las cosas, sino que se la ha dado un corazón de carne para amar el andar en los estatutos del Señor.

La doctrina del Señor viene a ser el habitáculo del creyente, el medio probatorio para conocer a sus hermanos. Si alguien no vive en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9-11). Si una persona no conoce que la sangre derramada del Cordero de Dios ha sido derramada solamente por el pueblo escogido de Dios, y que la justicia de Cristo ha sido impartida a quienes él representó en la cruz, quiere decir que continúa creyendo otro evangelio anatema. Sepa que el Espíritu Santo nos lleva a toda verdad, no a toda mentira. Dios asegura en su palabra que los que no creen el evangelio no han sido regenerados, así como los que ignoran la justicia de Dios (Marcos 16:16; Romanos 10:3).

¿Sabe usted de qué convence un falso espíritu? Convence a la persona de que tiene libre albedrío, de que posee algo de qué gloriarse, de que su libertad de decisión hizo eficaz la salvación potencial de Cristo en la cruz. También convence de que usted debe perseverar en sus propias fuerzas para ser salvado, negando que el Espíritu de Dios es quien preserva a los santos. También un falso espíritu puede decirle y convencer al irredento de que la expiación universal es una verdad teológica, que Cristo al morir por todos hizo posible la salvación, pero que usted debe votar a su favor para decidir su propio destino final. Eso hacen los demonios y los maestros de doctrinas de demonios.

Una persona puede estar convencida por causa de influencias externas, pero la palabra de Dios impresa por el Espíritu Santo se graba en el alma. No confundamos el sentido de justicia que aterroriza al mundo con la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. La palabra de Dios corta, penetra hasta abrir el alma, desnuda los pensamientos y los expone ante la justicia divina. El Espíritu Santo o el Consolador siempre usará las palabras del Señor, sin distorsión alguna; en cambio, los que tuercen las Escrituras son los falsos maestros influenciados por espíritus de engaño, para causar confusión y perdición en quienes los siguen.

César Paredes

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