JESÚS ES EL CRISTO (1 JUAN 5:1)

Una alegría sale del alma del creyente ingenuo y superfluo, al saber que miles o millones de personas sostienen su misma creencia: Jesús es el Cristo, por lo tanto se tiene vida eterna por haber sido nacido de Dios. Un freno surge de repente de la Escritura: los demonios creen y tiemblan. No todo el que me dice Señor, entrará en el reino de los cielos. Pero Señor, hemos hecho milagros en tu nombre, hemos echado fuera demonios…a ellos se les dirá: Nunca os conocí. Bien, con ese freno conviene mirar de cerca el significado de la palabra Jesús, del término Cristo y del acto de nacer de nuevo o de Dios.

¿Qué significa Jesús? Lo que el ángel le manifestó a José en su visión fue categórico: Pondrás el nombre del niño por nacer Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Jesús significa Jehová salva, así que ese nombre tenía un sentido muy profundo. La palabra Cristo significa ungido, el Mesías, por lo que ese era el hombre esperado por siglos, la promesa anunciada desde el Antiguo Testamento para el pueblo de Dios. No fue anunciado para el mundo pagano, sino que en su ministerio se abrió el horizonte de su gracia y ahora los gentiles tienen cabida por causa del endurecimiento de Israel.

Eso está explicado en las Escrituras, por lo que nos inclinamos a exponer que aquellos que creen en Jesucristo no pueden simplemente decir que creen en ese nombre. Los mormones y los antiguos arrianos también creían que Jesús era el Cristo, pero le han dado ciertos matices por lo que su fe resulta vacía y hueca. Obviamente, Cristo no puede ser un vocablo vacío de significación sino uno que está cargado de un sentido teológico y doctrinal que expone las enseñanzas de su Padre. Su identidad permanece unida a su persona y a su obra, como un todo irresoluble.

Si el evangelio tiene que ver con el hecho de que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras, tenemos que contemplar ciertos hechos que pintan a Jesús como alguien que sabía lo que hacía desde un principio. Jesús no rogó por el mundo, así que ese es otro freno a la hora de dibujar la expiación que hiciera en la cruz. No rogó por los réprobos en cuanto a fe, sino solamente por aquellos que el Padre le había dado hasta entonces y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de sus apóstoles (Juan 17:9 y 20). Ya vamos viendo que no basta con decir que Jesucristo nació y vivió en Israel, que predicó el sermón del monte, que dijo muchas bienaventuranzas, que sanó enfermos y echó fuera demonios. No basta con afirmar que murió martirizado en una cruz y que resucitó al tercer día. Eso también lo saben y creen los demonios, como dijera Santiago.

El Dios hombre Mediador nos anuncia su eficaz trabajo logrado en la cruz del Calvario. Eso forma parte central de su obra, ya que se convirtió en el Mediador de su pueblo al amistarlo con el Padre. Ese pueblo fue el conjunto de personas que él representó en la cruz, todos los cuales por los que oró y rogó la noche previa a su martirio (Juan 17). Como buen pastor, puso su vida por las ovejas, no por los cabritos. Por lo tanto, anunciar que la expiación de Jesús fue un hecho de alcance universal en forma absoluta, sin exclusión de ninguna persona, lo denuncia como un fracasado que no alcanzó sus objetivos. Por el contrario, decir que Jesús murió en exclusiva por su pueblo, el mundo amado por el Padre, lo hace un trabajador eficaz en su totalidad. Esa es la razón por la cual pudo afirmar sin duda alguna que su obra había sido consumada.

Esta palabra de la cruz que anunciamos es tenida como locura por los incrédulos, pero para los escogidos resulta el poder de Dios para salvación. Sabemos que no había otra forma de redención excepto la cruz del Señor en favor de todos sus escogidos. A nosotros se nos imputó su justicia y somos declarados justos, por medio de la fe de Jesucristo. El evangelio se nos anunció y el Espíritu operó el nuevo nacimiento, dándonos la fe necesaria para asumir todo el paquete de la gracia. Hay gente a la que este evangelio no le gusta, pero no es de todos la fe sino que ella es un regalo de Dios. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, el cual premia a los que nos acercamos a Él.

Como siempre, gente iletrada en materia de las Escrituras ha asaltado el evangelio, apropiándoselo y maquillando sus palabras para hacerlas atractivas ante las masas. Trabajan muy bien el argumento de la piedad, de la misericordia, aunado al de cantidad. La mayoría parece que tiene la razón, resulta la premisa con la cual se mueven agitando a las congregaciones. Le dicen paz cuando no la hay ni la tienen, de manera que Jehová ha tenido que decirnos que no escuchemos sus palabras, las de los que intentan alimentarnos con vanas esperanzas. Ellos siempre tienen una visión de su propio corazón pero no de la boca del Señor. Anuncian muchas bienaventuranzas pero irritan a Jehová con sus engaños (Jeremías 23:16-17). El apóstol Pedro habla del carácter indocto o iletrado de tales personas (2 Pedro 3:16).

El apóstol Juan nos advierte contra tales personajes, los que no viven en la doctrina de Jesucristo. Estas personas pueden decir que Jesucristo es el Hijo de Dios, pero eso no los acredita de ser nacidos de Dios, ya que caminan extraviados de la doctrina enseñada por Jesús. Recordemos el capítulo 6 del evangelio de Juan, cuando un grupo de discípulos que habían sido beneficiarios del milagro de los panes y los peces se escandalizaron por la doctrina de la soberanía de Dios en materia de salvación. Ellos se fueron murmurando y ofendidos, diciendo que nadie podía oír tales palabras.

¿Qué dice Jesús acerca de él mismo? Anuncia que la vida eterna consiste en comprender o conocer al Padre y a Jesucristo el enviado. Así que si alguien no lo conoce a él no puede tener vida eterna, por más que diga que Jesucristo es el Hijo de Dios (Juan 17:3). Sí, la gente perece por falta de conocimiento, los judíos tenían celo de Dios pero no conforme a ciencia (entendimiento). No resulta válido el dicho en el que muchos creen, que aman a Jesús con el corazón y que no lo entienden con la cabeza, porque lo más importante es el amor y no el entendimiento o la doctrina. Semejante falacia es condenada por las Escrituras: Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna (1 Juan 5:20).

El evangelio parece estar escondido por el dios de este siglo, pero para aquellos que han de perderse. Lo leen, lo confiesan, pero su fe tiene una naturaleza espuria. Con ojos ciegos miran las tinieblas y no la distinguen de la luz, lo cual se traduce en que no pueden ver el brillo del evangelio de la gloria de Cristo. Sus palabras huecas las repiten, domingo a domingo, en sus asambleas donde honran de labios a su divinidad. El corazón de ellos permanece alejado del verdadero Dios porque no se ha operado el nuevo nacimiento. Si Dios no envía su Espíritu y no los enseña, no podrán aprender para ir a Cristo. Todo lo que harán será repetir una y otra vez que creen en ese esquema religioso aprendido en sus viejas escuelas religiosas. Se ofenderán cada vez que oyen las palabras duras del Señor, cuando agradece al Padre por su soberanía absoluta en materia de redención. Así, Padre, porque así te agradó.

Ese Jesús anunciado en la Biblia aseguró que enviaría por parte del Padre al Espíritu de Verdad (el Espíritu Santo), para que testificara respecto a todo lo que él es (Juan 15:26). ¿Cree usted que ese Espíritu de Verdad va a guiar a uno de los suyos por un evangelio anatema, para después redimirlo en forma definitiva? Ese Espíritu de Verdad le recuerda a los suyos las palabras de Cristo, lo que dijo concerniente a su doctrina: que nadie podría venir a Cristo si el Padre no lo enviare, lo cual se traduce en que los que el Padre no envía al Hijo no podrán jamás ir a él como Mediador o Salvador. Esa doctrina de la soberanía de Dios en materia de redención la enseñó Jesucristo, por lo que el Espíritu de Verdad nos la recuerda con la palabra de Dios. Jamás nos la oculta, jamás nos va a decir créela tú pero no la repitas porque eso molesta a la gente. Jamás nos va a decir que Jesucristo no perdona pecados porque solo intercede por su pueblo, como si Esteban se hubiese equivocado cuando clamó al Señor para que no le imputara de pecado a los que lo apedreaban (para que los perdonara); o como si Juan se hubiese equivocado en su Primera Carta escrita, cuando en el Capítulo 1 dice que Jesús (él, como referente) es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados.

El Espíritu de Verdad jamás nos hará habitar en un evangelio extraño, sino que cuando nos hace nacer de nuevo nos lleva a toda verdad; como Cristo dijo: Tu palabra es verdad, cuando hablaba con el Padre. Entonces, ese Espíritu de Verdad nos conduce por esa palabra del Padre, la misma doctrina enseñada por el Hijo. Así que el vocablo Jesús no puede ser jamás una palabra vacía, sino un término cargado de doctrina, que representa a la persona y a la obra del portador de ese nombre: Jesucristo, el justo.

César Paredes

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