La Biblia juzga la tradición, no la tradición a la Biblia. ¿Cómo saber qué libros componen la Escritura? Si miramos hacia el Antiguo Testamento diremos que el Nuevo testifica en múltiples pasajes sobre la autenticidad del anterior. Son cuantiosas las citas bíblicas que remiten a lo escrito en el Viejo Testamento, pero resulta muy relevante el testimonio de Cristo en relación al Testamento Antiguo. En el aposento alto, citado por Lucas 24:44, Jesús se dirigió a sus discípulos haciendo un resumen de la estructura del Antiguo Testamento: era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Precisamente, la Biblia hebrea conformaba dicha estructura, ya que los Salmos eran el primer conjunto de los Escritos y de esa manera los representaba. Otra referencia al canon bíblico dada por Jesús la encontramos en Lucas 11:51: …desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías. Abel está referido en Génesis 4:8, mientras Zacarías fue mencionado en 2 Crónicas, que era el último libro del canon hebreo, el cual equivale al orden que poseemos que habla desde Génesis hasta Malaquías. Recordemos que la estructura hebrea contiene los mismos libros que nosotros tenemos pero, como ya señalamos, algunos libros se incluyen dentro de unos apartes con nombres diferentes, como es el caso de los salmos que forman parte de los Escritos.
Esparcidos los judíos después del año 70 d.C., se dieron a la tarea de determinar cuáles eran los libros que se consideraban con la autoridad de la palabra de Dios. El auge del cristianismo motivó a los judíos a buscar con celeridad el conjunto de sus libros para continuar con sus creencias. Esto los condujo a establecer su canon hebreo de acuerdo a los aportes de muchos escribas y rabinos que se mostraban austeros y celosos respecto a sus viejos libros. El mundo cristiano incipiente también estuvo motivado a establecer el canon del Nuevo Testamento, ya que una multitud de escritos extraños aparecieron, en especial los de la literatura gnóstica que molestaba en gran medida a los de la fe de Jesucristo. Por esto hubo varios criterios para alcanzar el canon o regla debida de autoridad. Buscaban el dinamismo del libro, lo que equivalía al poder de Dios que cambia las vidas; por igual validaban su autoridad (si provino de Dios, como si tuviese la fórmula Así dice el Señor). La capacidad profética era otro de los juicios que se hacían, en el sentido de que fuera escrito por un hombre de Dios (por los santos hombres de Dios, como dijera Pedro, siendo inspirados). Buscaban su autenticidad, desechando todo lo que les resultara dudoso o contradictorio con otras Escrituras ya consolidadas. Otro de los criterios se basaba en la aceptación que había tenido en el pueblo de Dios, pero siempre en todos los criterios que los animaba existía el subyacente principio científico que hoy conocemos como la regla de la no contradicción. Dios no puede contradecirse, por lo tanto su palabra debe seguir esa línea austera y segura. En 2 de Pedro 3:26, leemos lo que Pedro opina de lo expuesto por Pablo, como ejemplo de lo que acabamos de afirmar.
No podemos dejar de lado el hecho de que el Nuevo Testamento viene a ser complementario del Antiguo. Lo que era una sombra o un tipo encuentra la claridad de la luz y el antitipo en el Nuevo Pacto. Pero a cada uno de esos dos Testamentos se le atribuyeron libros considerados apócrifos, algo que etimológicamente significa escondidos y ocultos. Son escritos que promueven doctrinas falsas y están en contradicción con el resto de las Escrituras. Abundan en inexactitudes históricas y geográficas, por lo que resulta natural que Jesús y quienes escribieron el Nuevo Testamento jamás citaron tales libros apócrifos del Viejo Testamento. Tampoco ningún canon o concilio eclesiástico reconoció a los apócrifos como libros inspirados; en cuanto a los apócrifos referidos a la época cristiana desde temprano le hicieron frente.
Llama la atención el control divino en medio del caos humano, ya que el libro que Dios inspiró a sus santos hombres fue escrito en un período de 1.600 años, por más de 40 autores, en diferentes épocas y lugares, en tres continentes (África, Asia y Europa), en tres lenguas: Hebreo, Arameo y Griego (Véase Evidencia que exige un Veredicto, de Josh MaDowell, ed. Vida). Ese libro siempre tuvo un mismo mensaje central: la soberanía divina en la creación, el propósito del Alfarero sobre el barro creado, el pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo y el Cordero preparado y ordenado desde la eternidad para ser manifestado en tiempos apostólicos. Todo ese concierto literario comienza con el relato fantástico del Génesis, con la palabra del Señor en ejecución y como acto creativo, ya que por la palabra creemos haber sido constituido el universo. Esa palabra señala al Verbo encarnado, al Cristo que es el Logos eterno e inmutable, Dios hecho hombre para beneficio del pueblo escogido.
Dios con su soberanía y autoridad impuso su ley al pueblo de Israel, sin que interviniera actividad democrática alguna, como un verdadero Despotes que bien señalara el apóstol Pedro en una de sus cartas.
Así que el espíritu de la ley hemos de buscar y no las tradiciones humanas perdidas en los rituales religiosos. Ese extravío aconteció a lo largo de la historia de Israel pero se manifestó acentuadamente en la época de Jesús y sus apóstoles. Jesús fustigó amplia y reiteradamente a los escribas y fariseos, los encargados de administrar el estudio y compendio del Antiguo Testamento, por inclinarse ante la letra y olvidar la misericordia que también contenía. Al parecer, ya Pablo batallaba con los creyentes para que no se dejaran influenciar con la filosofía que los circundaba, en las sutilezas huecas de las tradiciones humanas (Colosenses 2:8).
La Biblia como regla de fe propone conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Esto es clave para no irse tras la filosofía que se centra en el hombre como criatura suprema, como si fuese la medida de todas las cosas. En Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, para que estemos completos en él. Cristo es la cabeza de toda potestad y principado, en quien tenemos vida por habernos perdonado todos nuestros pecados.
La palabra de Dios arremete contra el culto a los ángeles, de aquellos que están hinchados de su propia vanidad y mente carnal (Colosenses 2:18). Existe una apariencia de humildad, cuando se mira a las cosas que uno desea y supone ciertas pero no a lo que Dios propone. La Escritura señala lo que Dios quiere para nosotros, mas la mente carnal busca elementos fantásticos para enfatizar el contexto celestial. El culto a los ángeles es uno de ellos, hoy día revivido por doquier. Incluso se oye en medios denominados cristianos que cuando alguien muere nos cuida y nos vigila desde el más allá, como un ángel de Dios, cosa por demás imposible y contradictoria con todas las Escrituras.
Recordemos que solo hay un Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Tal vez no nos hemos dado cuenta de la total corrupción de la naturaleza humana, la cual confronta al incrédulo con la ira de Dios por el pecado y contra el pecador. Hemos vivido en un abismo de miseria, pero fuimos rescatados de esa vana manera de vivir; sin embargo, existe una tendencia a volver atrás en virtud de la ley del pecado que habita en nuestros miembros (Romanos 7:23). El mundo sigue estimulando con sus atractivos, por lo que hemos de afianzarnos en la fe de Cristo. Es necesario el conocimiento de la doctrina del Señor para vivir en humildad y mansedumbre, en el amor al que hemos sido llamados. De no ser por la gracia del Señor, nadie sería salvo de Satanás, de sus maquinaciones y de todos sus medios mundanos de prisión; tampoco seríamos libres de la ley y de la ira divina.
Pero esa gracia nos exige velar y orar, escudriñar las Escrituras, conocer al siervo justo que justifica a muchos. Nuestros propios esfuerzos no bastan para convertir almas, ni las nuestras ni las de otros, así que si miramos al pacto de gracia podemos encontrar la salida para el día a día de este transitar por el mundo hacia la patria celestial. Porque hemos de considerarnos extranjeros y peregrinos, caminantes de la senda angosta, mientras nos esforzamos por entrar por la puerta estrecha. El reino de los cielos lo arrebatan los valientes, se nos conmina a perseverar hasta el final, pero sabemos que estamos preservados en las manos del Padre y del Hijo. Una cosa no elimina la otra, al estar preservados debemos perseverar; si perseveramos es porque estamos preservados.
El que no ha sido regenerado se mantiene en un estado de inhabilidad total para salir de su pozo fangoso. Ese es el estado de miseria natural del hombre caído, declarado muerto en delitos y pecados por las Escrituras. Una persona tan arruinada, ¿cómo se recobrará? No por el camino de las obras sino por el de la gracia. Pero para eso nadie es suficiente, sino que aquello que resulta imposible para los hombres viene a ser posible para Dios. La criatura caída debe implorar clemencia ante el Todopoderoso, debe buscar a Dios mientras puede ser hallado. El principio de humildad resulta valioso en ese trance, ya que solamente Dios es soberano y si Él no nos mira con gracia nadie tendrá el poder ni siquiera de suplicarle.
La Biblia como regla de fe ha sido propuesta ante la humanidad en general, si bien no cada miembro de la raza humana ha oído al respecto. Una tristeza enorme generan aquellos que teniendo acceso a la Escritura descuidan el hábito de su lectura y estudio; un hombre perdido en la montaña apreciaría un mapa para salir de su laberinto. La Escritura contiene la instrucción necesaria para alcanzar la vida eterna, se nos propone como regla de fe para que no deambulemos por los senderos marcados por Satanás y sus ministros disfrazados de mensajeros de luz.
César Paredes
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