Contrario a la ley de la naturaleza, la gracia aparece porque la naturaleza enseña que el más débil ha de sufrir consecuencias desastrosas. Además, justo es mirar el contexto de nuestros padres Adán y Eva en el Edén. En medio de tanta pureza incontaminada, aún ellos sin haber pecado antes se dieron al mal. ¿Qué no podrá hacer en relación a la maldad el hombre muerto en delitos y pecados? Si no hubiese gracia nadie sería salvo; entonces la gracia no puede ser una oportunidad para que el muerto decida, ya que está muerto. Con esa sentencia en su alma la humanidad no puede anhelar a Cristo, y si lo anhelara lo confeccionaría a su medida hasta producir un falso Cristo, un ídolo más llamado Jesús, con la Biblia como sustento pero con los textos fuera de contexto. De esa manera la muerte continúa en esos zombies del espíritu, por lo que la gracia contrasta con su valor, para deslumbrar más, ya que sin ella nadie sería salvo.
Por esa razón la Biblia enseña por doquier que la salvación depende de Jehová, quien la da a quien quiere darla. Eso no le parece justo al que se denomina a sí mismo cristiano, en tanto sigue bajo la ley del más fuerte. Su naturaleza le enseña que debe conquistar la sobrevivencia, pero en materia de fe otras son las normas. Alguien con el Espíritu Santo habitando en él no puede contradecir el discurso que se yergue como tema y rema en la Santa Escritura: la soberanía de Dios en todos los ámbitos, la predestinación por el puro afecto de su voluntad, la expiación específica de Cristo en favor de su pueblo, los dos pueblos escogidos soberanamente: uno para alabanza de la gloria de su gracia y otro para alabanza de la gloria de su ira y justicia contra el pecado.
Se ha escrito que el Evangelio es el poder de Dios para salvación a cada quien que cree. Ha sido el instrumento escogido por Dios para liberar a su pueblo del error, de la ignorancia y de las tinieblas de Satanás junto al mundo. Pero el Espíritu libera a aquellos que han sido elegidos para ser emancipados de la culpa y poder del pecado. El viento de donde quiere sopla, le dijo Jesús a Nicodemo; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.
Hechos 20.24 nos habla de Pablo que daba testimonio del evangelio de la gracia de Dios. En Efesios 2:8-9, el apóstol señala que por la gracia hemos sido salvados, por medio de la fe (todo esto, asegura, es un regalo de Dios). No podría ser de otra manera, ya que no es de todos la fe y Cristo es su autor y consumador; sin fe resulta imposible agradar al Todopoderoso. De manera que nadie puede hacer nacer la fe de sí mismo, por mucho que medite o intente creer. El acto de creer sigue siendo un efecto de la gracia de Dios.
La gracia tiene poder suficiente y viene como dádiva divina para los que Él escogió desde antes de la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8;17:8; Mateo 1:21; Juan 17:9). Sabemos que la gracia no puede ser opcional, como algo que está para todos y solo algunos más avezados la aceptan. La gracia de Dios se define como irresistible (ya que los dones o regalos de Dios y su llamamiento son irresistibles). Se puede resistir al Espíritu de Dios en la forma general de su llamado por medio de la palabra revelada, así como por la obra de la creación. Pero cuando el Espíritu sopla (o hace nacer de nuevo), la criatura muerta en delitos y pecados no tiene voluntad de resistencia.
Dios hizo todo de esta manera, para que el hombre se le opusiera y lo negara, pero no pensemos por un momento que el corazón del rey no está en sus manos para inclinarlo a todo lo que Él quiere. El relato bíblico contiene numerosos ejemplos de la capacidad soberana del Señor, de cómo influencia en los faraones, de cómo lo hará en el fin de los tiempos (Apocalipsis 17:17). El libro de Daniel narra lo que habrá de acontecer y cosas que ya sucedieron, pero que serían dadas mucho después de haber sido escrito su mensaje.
Nuestro deber como creyentes incluye la aceptación y predicación de la doctrina del Padre, que es la misma del Hijo. No hemos de ser tímidos en anunciar la gracia transformadora del Evangelio, pero sabemos que el mundo con sus atractivos ha desviado el anuncio exigido como deber nuestro hacia otros derroteros. A veces se prefiere la metafísica antes que la simpleza del Evangelio. Al igual que en el Antiguo Testamento, ahora Dios sigue levantando a sus testigos para encaminar a los que se desvían por las sendas de las huecas filosofías, atraídos por un evangelio mezclado de fantasías e imaginaciones egocéntricas.
La gracia habla algo más que de la gratuidad de la salvación; nos dice que frente a la muerte del espíritu por causa de la paga del pecado existe una salida única y específica. Por supuesto, la gracia no se llama genérica ni común, porque ella siempre es eficaz. Es decir, si fuera común todos serían salvos, sin excepción, ya que si por gracia no sería por obras la salvación. Dado que el hombre no ha podido salvarse haciendo obra alguna, necesita la dádiva divina.
Uno podría preguntarse acerca de la razón por la cual Dios no entrega su gracia a cada persona. La respuesta la da la Escritura en todas sus páginas: existe un plan eterno e inmutable, donde el Cordero de Dios sería llamado el Redentor. Asimismo, habrá un castigo donde los no redimidos pagarán por sus pecados. La soberbia humana imperará en aquellos que siguen a su padre el diablo, el padre de la mentira. Lucifer fue vencido de su propia soberbia al pretender ser como Dios y anhelar sentarse en Su trono. Su locura y estulticia lo llevó a una demostración de su atroz pensamiento: quiso que el Creador lo adorara (como se demuestra de la prueba a la que fue sometido Jesucristo cuando fue llevado al desierto y se confrontó con Satanás).
En esencia, eso es lo que desea cada alma perdida: imponer su criterio ligado a su propia soberbia. La derrota no se hace esperar, por lo que Dios destinó de antemano a todos aquellos que habrán de tropezar con la roca que es Cristo, para la alabanza del poder de Dios (Romanos 9:22). Ese deseo divino viene como parte antagónica al deseo de hacer notorias las riquezas de su gloria, mostrada para con los vasos de misericordia preparados de antemano para gloria (Romanos 9:23).
Frente a semejante contraste, el Evangelio revela la gracia de Dios como algo que ninguna religión pagana puede ofrecer. Estas son las buenas nuevas de la gracia de Dios, la que viene por Jesucristo (Juan 1:17). Si la ley manifestaba la consecuencia del pecado, la gracia exhibe el amor y la misericordia de Dios. Lo que resultó imposible para los hombres se demostró posible para el Señor. Y si Dios pide justicia al ser humano, Cristo se ha presentado como nuestra justicia, pues por gracia somos salvos. Mientras la ley nos expulsa de la presencia de Dios, ya que maldito habrá de ser todo aquel que quebrante alguno de los puntos de la ley de Dios, la gracia nos lleva a la presencia del Creador y Todopoderoso Señor.
César Paredes
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