GRACIA PARTICULAR

GRACIA PARTICULAR

Jamás se ha señalado la gracia como una oferta colectiva, siempre ha sido un regalo particular. La misericordia de Dios puede ser derramada sobre todas sus criaturas, como lo asegura el Salmo 145:9, pero su gracia otorga la salvación solo a sus elegidos. Se demuestra en múltiples ejemplos de la Escritura, así que traigamos a la memoria por ahora el caso del saneamiento de los diez leprosos. La misericordia de Jesús se vio en todos los que le pidieron sanidad, pero eso no fue gracia sino piedad misericordiosa. Es decir, de los diez sanados solo uno se regresó a adorar. Si fuese gracia sobre los diez, los diez habrían vuelto con Jesús.

Ningún mérito nuestro puede exigir gracia, ya que no existe compensación por ella. Al contrario, ella llega a quienes no merecen favor alguno, de manera que los que no la tienen tampoco podrán exigir el regalo. Uno de los ladrones en la cruz halló la salvación en sus últimos momentos, pero esa gracia lo invadió porque había sido elegido por el Padre desde antes de la fundación del mundo. Vemos que los hombres de religión carecen de cualidades para exigir la gracia, porque sus obras no pueden pagar por ella. ¿Cómo puede alguien pretender pagar lo que se da de gratis? En tal caso sería un soborno al que otorga el regalo, pero ante Dios ¿quién puede sobornar o engañar?

Los desprovistos de la gracia se dan a las buenas obras para conquistar lo que no poseen. Piensan que memorizando textos de la Biblia, interpretándolos fuera de contexto, podrán engañar a Dios como engañan a los ciegos que los siguen. Las buenas obras siguen a los redimidos, las que fueron ya preparadas de antemano. Pero los pecados de David, de Salomón, de Elías (sujeto a pasiones), de Pablo (miserable de acuerdo a Romanos 7), de Aarón (con el becerro de oro), de Manasés, el rey terrible, el de Pedro que negó al Señor y daba de maldiciones, el de aquel hermano de Corinto que se acostaba con la mujer de su padre, etc., no detienen la gracia. Sin procurarlo hemos sido llamados al banquete del Señor, por el puro afecto de su voluntad, seducidos con cuerdas de amor, sorprendidos por el nacimiento de lo alto, habiendo Dios escogido lo necio del mundo, lo que no es, para deshacer a lo que es.

La gracia tiene la cualidad de ser eterna, porque fue planificada desde antes de que el mundo fuese (2 Timoteo 1:9). Al mismo tiempo, ella es gratuita, ya que hemos sido justificados gratuitamente por la gracia de Dios (Romanos 3:24). La gracia depende de la absoluta soberanía de Dios (Mateo 11: 25-26), con lo cual nadie puede reclamarla ni ofrecerla a todos, ni mucho menos hablar de una gracia genérica o común. Cuando Dios habla de su gracia se entiende que está en su más absoluto derecho de darla a quien Él deseó darla. Pero se muestra interesante descubrir y saber que esa gracia divina no escapa a la justicia de Dios.

El Dios justo que justifica al impío tiene la potestad de ser amigable por causa de Jesucristo. Habiéndose el Hijo convertido en la justicia de Dios, se entiende que Dios se muestra justo en quienes otorga su gratuidad. A los demás (los que quedan sin su gracia) les cobra sus pecados. ¿Es Dios injusto por haber planificado el mundo de esa forma? En ninguna manera, responde Pablo; no somos más que barro en manos del Alfarero quien forma vasos de honra y vasos de deshonra. ¿Cómo le reclamaremos el porqué nos hizo de una u otra manera? Dios no puede ser obligado a otorgar su regalo sobre ninguna de sus criaturas; además, la gracia no se merece como para alegar alguna buena obra o alguna insistencia de nuestra parte.

Dios no permitió que la raza humana cayera en pecado, simplemente lo ordenó para mostrar a Su Hijo como Redentor de un pueblo. Adán tenía que pecar (1 Pedro 1:20). La gracia se manifiesta como parte de su plan eterno, así que nadie tiene de qué gloriarse. Pero no se equivoque ninguno, que donde hay gracia no hay obras que la puedan exigir; donde hay gracia, no hay ignorancia de la palabra redentora; donde hay gracia, se manifiesta por igual el reconocimiento del siervo justo que justifica a muchos. Ignorar ese conocimiento de la justicia de Dios descubre por igual una tácita ausencia de gracia manifiesta. Es allí donde las obras cobran fuerza para hacer creer, para aparentar, con falacias del buen hacer, que la salvación nos viene como recompensa de búsqueda. Las cabras siempre intentarán apocar el gozo de los redimidos, con sus cabezazos indiscretos a todo aquel que le anuncie la necesidad de arrepentimiento y de creer el Evangelio.

El que ha sido enseñado por el Padre, hasta que haya aprendido, será enviado al Hijo y no será echado fuera. Pero el autodidacta irá en vano hacia Jesucristo. Dios no nos escoge porque valoramos la gracia, ni porque hayamos decidido ir en su camino y no en el nuestro. Nos escoge por el puro afecto de su voluntad, de manera que cuando el Espíritu nos da su aliento de vida eterna comenzamos a dejar nuestros caminos y a valorar la gracia en forma plena. Si todos ciegos, todos sordos, todos muertos, ninguno puede desear al Señor, a no ser que la gracia lo invada.

Muchos se incomodan cuando uno habla de la libre gracia de Dios, libre para Él pero para nosotros una necesidad. El hombre soberbio de inmediato saca su carta escondida, su libero arbitrio, para imponer su teología ante los descuidados de doctrina. Piensan que la gracia de Dios se da en forma general para cada persona, sin excepción, pero que depende de cada quien el aceptarla. Esa falacia no soporta el análisis racional, ya que uno podría preguntar lo que sucede con aquellos a quienes supuestamente se les dio la gracia genérica y no saben nada de ello porque no se les ha anunciado el evangelio. Entonces de inmediato surge una nueva respuesta escondida: Dios los juzgará de otra manera, serán salvos de acuerdo a lo que pensaron que era Dios. Poco importa la revelación en ellos, ya que Dios los juzgará de acuerdo a sus acciones y sin mediación de Jesucristo.

Algunos, más avezados y osados, argüirán que Jesucristo propició por todo el mundo, sin excepción, para lo cual mostrarán textos sin sus contextos. Entonces, ese perdón de pecados alcanzado en la cruz viene a ser despreciado por suprema ignorancia, de manera que el Salvador queda sin su obra concluida. El Consumado es de la cruz sería un enunciado equivocado, lo cual debería ser sustituido por un Consumado podrá ser. Ya que si todo depende de la criatura para que el Creador reciba su gloria, para que el Redentor consume su trabajo, la bandera del libre albedrío aparece como anillo al dedo. Dios hizo su parte en la cruz, el diablo hace la suya con la tentación, pero usted dará la palabra final. Dos votos consumados, uno a favor y otro en contra; ahora usted decide. Eso sí, no importa que usted haya sido declarado muerto en delitos y pecados, que odie al Dios soberano de la Biblia, que no busque a Dios. Lo que importa es que ahora usted decide.

Con ese evangelio extraño las multitudes vuelven cada domingo a las Sinagogas de Satanás, donde Cristo no visita. Ellos siempre buscarán la manera de reconciliar la soberanía de Dios con el libre albedrío humano, por lo que pasarán domingo a domingo insistiendo en ese filosofar inútil. Inútil por cuanto el hombre no tiene libertad alguna ante el Creador, ya que si la tuviera no sería responsable ante el Todopoderoso. El que tiene que responder es aquel que no tiene independencia de Dios, como bien dijo el salmista David: ¿Adónde huiré de tu presencia? (Ni al cielo ni al Seol, porque allí está el Señor: Salmo 139: 7-8).

Pese a los cabezazos de las cabras Dios sigue siendo absolutamente libre y otorga su gracia sin obligación ante nadie. No importa si la arcilla se levanta ante el Alfarero, con sus argumentos contra la justicia divina. Ese es el punto de quiebre de la criatura, el test que no tolera responder ni puede falsificar. Siempre mostrará el sobre roto para dejar ver su contenido. Hay que dejar a un lado a los ciegos guías de ciegos, como dijo Jesús en Juan 15:14 respecto a los fariseos.

La gracia ha abundado en grandes pecadores, como en el caso del ladrón en la cruz, un sedicioso sin buenas obras y merecedor del castigo impuesto por Roma. Pero esa gracia que nos cae del cielo tiene la particularidad de humillarnos por medio del arrepentimiento (METANOIA), el cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y a quiénes somos nosotros. El Señor siempre ha manifestado su gracia a través de los tiempos, como se deduce de ciertos textos del Antiguo Testamento. Por ejemplo, en Éxodo 33:19 se lee: Yo haré pasar mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. Noé es otro de los personajes de quienes se dice que halló gracia ante los ojos de Jehová (Génesis 6:8).

Cielo e infierno son inevitables después de esta vida, inmediatamente después de la muerte física. He allí el destino final de la gracia o la desgracia, así la Biblia canta la bondad y la severidad de Dios (Romanos 11:22). Venid, benditos de mi Padre, para heredar el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo; a otros les será dicho: Apartaos de mí, malditos (desgraciados), al lago de fuego eterno (Mateo 25:34 y 41).

César Paredes

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