DIO SU VIDA EN RESCATE POR MUCHOS (MATEO 20:28)

Los muchos son aquellos hijos que Dios le dio, sus amigos o su iglesia. Dios por soberano y conocedor de todo cuanto hace, no da palazos a ciegas sino que en Él todas las cosas son un Sí y un Amén. Eso quiere decir que no se equivoca ni apunta al azar, para ver qué obtiene. Dios tiene un plan específico por el cual logra lo que se propuso desde siempre. Por lo tanto, Jesús como el Hijo del Hombre, es también el Buen Pastor que puso su vida por las ovejas (Juan 10:11, 15).

Por esa razón Jesús supo que los que hablaban con él no formaban parte de sus ovejas. Así se los hizo saber a algunos cuando les aseguró que ellos no creían en él porque no eran parte de sus ovejas (Juan 10:26). No se trata de creer primero para ser después una oveja, sino de la cualidad de oveja para poder creer. Esa cualidad la da el Padre según quiso en la Predestinación de las almas y de todo cuanto acontece. Jesús aseguró por igual que las ovejas oyen su voz y él las conoce, por eso le siguen. Además, él les da vida eterna y nunca perecerán. Por otra parte, enfatizó en que nadie las podrá sacar de sus manos (Juan 10:26-28).

Hay algunos que osan decir que si bien nadie arrebata una oveja de las manos de Jesús, la oveja puede huir. Pero esa fantasía lo que anuncia es el fracaso de Jesús en su propósito y discurso, por lo tanto esa fantasía es absolutamente blasfema. ¿Quién puede huir de las cuerdas de amor con que Dios nos ata? Habiendo recibido el corazón de carne con un espíritu nuevo, el redimido no desea jamás escapar de las manos del Dios Justo que justifica al impío. El hecho de que el redimido peque no implica que pretenda huir, así que habiendo sido adoptado como hijo ahora disfruta la herencia de Jesús.

Los que se dan al evangelio extraño de las obras más la gracia, desesperan porque piensan que un día podrán escapar de los lazos de Dios. En realidad están en las manos de otro dios, ese que siempre se ve frustrado porque lucha con el libre albedrío del hombre. Una mentira lleva a otra mentira, para finalmente acercarse a la muerte definitiva. Cristo compró su iglesia con su propia sangre (Hechos 20:28), sangre que jamás será pisoteada por sus beneficiarios. Esto se resume en que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3; Mateo 1:21; Hebreos 2:17).

En tal sentido, el Evangelio resulta en el poder de Dios para salvación, ya que en él se revela la justicia de Dios (Romanos 1:16-17). Cualquiera que haya nacido de nuevo sabe esta gran verdad del Evangelio, pero los irredentos la desconocen (Romanos 10:3). El que no cree en el Evangelio también es tenido por incrédulo (Marcos 16:16). Urge vivir en la doctrina de Jesucristo, misma doctrina del Padre enseñada por los apóstoles a la iglesia naciente. Juan nos asegura que el que no habita en esa doctrina del Señor no tiene ni al Padre ni al Hijo, en definitiva no ha creído el Evangelio y sigue siendo un no regenerado (2 Juan 1:9-11).

Por lo tanto, la Escritura declara que todo aquel que predica o sigue un evangelio diferente al anunciado por los apóstoles se declara no solo incrédulo sino anatema (bajo maldición). Horrenda cosa yacer bajo la maldición del Todopoderoso, cosa normal para los que no creen el Evangelio. El Evangelio presupone que se crea en la justicia de Dios, no en una serie de enunciados históricos sobre un personaje llamado Jesucristo. Creer que nació en un pesebre, que fue bautizado por Juan el Bautista, que hizo milagros y predicó grandes sermones y bienaventuranzas, forma parte de un informe histórico. Eso no redime, si bien no estorba; creer que murió y resucitó, que está a la diestra del Padre, resulta una información importante pero todavía no redime a nadie. Los demonios creen eso y mucho más, aún tiemblan, pero ni uno de ellos ha sido redimido de sus culpas. Los que predican un evangelio diferente le dicen a la gente que ellos tienen la habilidad de tomar una decisión por Cristo. De allí que en sus misiones evangelizadoras intenten persuadir a la audiencia para lograr una mano levantada.

Como si el Espíritu Santo necesitara de la ayuda de la persuasión retórica instaurada por un predicador bajo un ambiente seductor: piano suave, mientras otros oran en silencio (a un dios que no puede oír), arengando a la masa a que tome una decisión rápida ya que puede morir esa misma noche para pasar la eternidad en tinieblas. Esos falsos maestros le dicen a la gente que Dios necesita de ellos, de su cooperación, que ya Cristo hizo su parte y que ahora le toca a ellos hacer la que les beneficie.

Existen teologías que han creado dioses a partir de sus postulados, seguirán siendo falsos aunque los llamen Jesús y digan que es el Cristo. En realidad ellos se entronizaron en su ego, son ellos los que decidirán y para eso han construido históricamente el mítico libre albedrío. Como si el ser humano pudiera ser independiente de su Hacedor, como si el hacha moviera la mano de quien con ella corta. Ese dios resulta en un ser débil, cambiante, deseoso de un alma que le acepte su esfuerzo porque solo no puede lograr sus propósitos (salvar a todos, sin excepción).

La expiación en la que creen los del otro evangelio se ve impotente, sin poder asegurar la salvación de todos aquellos por los que se pretendió hacer. En su lógica contravienen el sano juicio de la mente del Señor, ya que suponen que se hizo un esfuerzo por todo el mundo, sin excepción, a pesar de que Jesús no rogara por el mundo por el cual no murió (Juan 17:9). De esta forma, queda patente que el trabajo del Cristo que pregonan no aseguró la salvación de ninguno, sino que la hizo potencialmente posible para todos por igual. Quedan satisfechos porque entienden que una redención para todo el mundo resulta más justa que solamente para el pueblo del Señor (Mateo 1:21).

Entiéndase que ese falso Cristo aparenta haber comprado con su sangre a los que se van hacia el infierno de fuego, porque como depende de la decisión, esfuerzo y propósito de sus beneficiarios debe completarse o actualizarse. Los predicadores del evangelio anatema (maldito) alegan que si hubo predestinación la hubo solo en el caso de que Dios mirara en los corredores del tiempo y descubriera quiénes se iban a salvar voluntariamente. Por eso hubo una elección, nunca porque Dios haya decidido a priori. Sin embargo, la Biblia insiste numerosas veces en que esto no fue de esa manera, sino que dependió del afecto de la voluntad divina, no de las obras de buena voluntad o de decisiones espontáneas de los corazones de los muertos en delitos y pecados. A Jacob amé, mas a Esaú odié (aborrecí), aun antes de haber nacido ni hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9: 11-12).

Sepamos que Jacob no pudo ser amado por Dios en virtud de su voluntad muerta en delitos y pecados; pero Dios es Justo y justifica al impío que es de la fe de Jesucristo. Dios es quien da vida y eligió a unos vasos para mostrar su misericordia, gracia y piedad, mientras a otros formó para exhibir en ellos su justicia y terror contra el pecado. ¿Hay injusticia en Dios que hace como quiere? ¿Quién fue su consejero? ¿Podrá Esaú alegar que no pudo resistirse a la voluntad de Dios? ¿Podrá argumentar que él no debe ser inculpado?

César Paredes

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