LA REGENERACIÓN ARMINIANA

Dentro del arminianismo el incrédulo carece de habilidades suficientes para acudir a Cristo, pero en lugar de ser Dios quien lo lleva al Hijo es la gracia preventiva quien lo ayuda. Ese invento surge de la mente de Luis de Molina, doctrina que se conoce como Molinismo. En el siglo XVI Arminio llevó a Ginebra esa semilla para que prosperase animosamente y consumiese el oxígeno del creyente protestante. La cizaña ha crecido y consume las almas a su alrededor para socavar los espacios de paz.

La gracia preventiva viene a ser el momentum peculiar dado por Dios a todos los hombres, sin excepción. Se la dio a Esaú y al Faraón, a Judas y a cada réprobo en cuanto a fe, a aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). Con esa gracia se hace suficiente el movimiento que pudiera dar el hombre hacia su Creador. Con esta fuerza inicial cada ser humano tendría la energía para cooperar, si quisiere, de manera que obtenga la salvación. Al parecer, la muerte en delitos y pecados no sería real sino una figura de lenguaje que denota la gravedad del alma humana. De esa forma resolvió Roma el problema que tenía con ciertas Escrituras y que había sido hecho público por la Reforma Protestante.

Los evangélicos de hoy día, en un porcentaje muy alto, asumen esa doctrina como si viniera del Espíritu de Dios. Debemos advertir que esa es una auto-salvación, que la predestinación no tendría sentido porque ya el hombre se salvaría a sí mismo con una pequeña ayuda lanzada del cielo. El problema se acrecienta al preguntarse por qué razón no todos aprovechan esa ayuda. Los que la descuidan causan su propia destrucción final, pero los que la aprovechan se redimen con su esfuerzo. Es decir, la gloria de Dios queda por fuera de la redención, el Hijo quedaría expuesto a vituperio por cuanto hizo un esfuerzo inútil por aquellos que no aprovecharon la oferta general y auxilio de la gracia preventiva.

Por otro lado, existe un sinnúmero de personas que han muerto en sus delitos y pecados y que no han oído jamás de esa gracia preventiva. Ni siquiera han escuchado el evangelio, así que para ellos falló no solo Cristo con su crucifixión y sangre derramada sino la doctrina de la gracia preventiva. Ellos no estuvieron al tanto por cuya razón se condenaron. Claro está, siempre surgirá alguien que intente resolver el problema, como lo hizo Billy Graham, promotor de la doctrina de Arminio. El aseguraba que Dios miraba en los corazones de esas personas que jamás han escuchado de Cristo y tomaría de ellos aquellos cuyos corazones buenos y suficientes los ayudarían a ser redimidos.

Entonces, Cristo ya no sería necesario predicarlo del todo porque Dios va a salvar a los buenos, sin que el Señor sea la puerta de entrada para las ovejas. Entrarán al reposo de Dios sin que invoquen su nombre, sin conocer a quien debían invocar. Es allí donde se dan la mano ambas doctrinas: la protestante-arminiana y la católico-romana. ¿Por qué llamarnos diferentes? Razón habría en recibir el cliché que nos cataloga como los hermanos separados que no queremos la unión.

El problema grave gira en torno a la eficacia de la muerte de Cristo. ¿Qué significa ser la propiciación por los pecados de su pueblo? ¿Por qué Cristo oró y rogó por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por la incorruptible palabra de sus apóstoles? ¿Cuál es la razón objetiva por la cual el Señor no rogó por el mundo, en su oración intercesora realizada en el Getsemaní la noche previa a su crucifixión? Muchos se extravían en la mira de la extensión de la expiación, queriéndola hacer llegar adonde no fue procurada. En realidad deberían mirar el foco de su eficacia, ya que aquellos que fueron representados por Cristo en la cruz fueron realmente redimidos. Y es que la expiación salva, ese es su significado; la declaratoria divina de que Cristo es la justicia de Dios para su pueblo nos justifica, como dijo Isaías (53:11). Vale la pena conocer a ese siervo justo, indagar en las Escrituras el significado de lo que hizo.

No existe una gracia preventiva ni la llamada gracia común o genérica, simplemente existe la gracia salvadora, ya que si por gracia entonces no es por obras. ¿Cómo puede haber una gracia preventiva o común donde se le exija al individuo su propia obra, para que continúe con el impulso que supuestamente Dios le ha obsequiado? Dios no nos dio un toque para que nosotros se lo devolvamos. Cristo no murió por los no elegidos del Padre, no malgastó su sangre redimiendo potencialmente a los réprobos en cuanto a fe. Cristo no hizo posible la redención, simplemente salvó a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Por esa razón predicamos este evangelio, para que las ovejas escuchen la voz del buen pastor y sean llamadas eficazmente. Jesús afirmó lo siguiente: Nadie viene al Padre sino por mí…Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere…Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí, y el que a mí viene no le echo fuera.

Al parecer todavía hay quienes pretenden asegurar que Cristo hizo posible que todos vinieran al Padre, o que trabajó para que aquellos a quienes el Padre no le envía tengan la posibilidad de venir por cuenta propia. Esto lo piensan y sostienen los que todavía odian a Dios y deshonran al Hijo, al malbaratar la preciosa expiación alcanzada en la cruz. Cristo no cargó con los pecados de los réprobos en cuanto a fe, de aquellos a quienes Dios odió desde antes de ser formados, como lo hizo con Esaú (Romanos 9:11-14). Y si no llevó sus pecados tampoco murió en alguna forma por ellos.

Una acotación final ha de hacerse, que Dios no miró en los corredores del tiempo para escoger a quienes iba a predestinar para salvación. Sería incongruente con la naturaleza de la expiación y con la elección del Padre, como incongruente también se vería el que un muerto en delitos y pecados pudiera tener buena voluntad para con Dios (Romanos 3:10).

Los que se aferran a esa incongruencia de la gracia que previene o de gracia común, abogan por una expiación universal o general. Ellos trabajan su teología como agentes de Satanás con la intención de destruir el evangelio. El Evangelio es la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados, por eso en él se revela la justicia de Dios y viene a constituirse en el poder de Dios para salvación. No pretendió Dios salvar a Esaú, ni al rey de Asiria, ni al Faraón, ni a Judas Iscariote, ni a ningún otro réprobo en cuanto a fe destinado para tropezar en la roca que es Cristo. Por lo tanto, atribuirle a la expiación una eficacia para esos réprobos implica extralimitarse en los propósitos divinos, en cuanto a la gloria propia que tendría el Hijo como Redentor de su pueblo.

La regeneración arminiana viene como una ilusión, un subproducto del evangelio anatema enseñado por los falsos maestros, seguido por los ciegos guiados por otros ciegos. Su meta final consiste en la caída hacia el pozo del abismo, para perjuicio de los hombres de religión que no escudriñaron las Escrituras. La regeneración potencial que promueve el arminianismo no justifica a ninguna persona, mucho menos el hecho de que alguien pretenda hacer su parte como si con ello completara el esfuerzo del Señor.

En cambio, el sufrimiento y la muerte de Cristo no fue a causa de alguna culpa que el Señor haya tenido, sino que fue producto de cargar con todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Su trabajo consumado en la cruz apaciguó la ira de Dios que había en contra de todos los que representó en el madero. El Señor murió y pagó el precio exigido en favor de la liberación de todos aquellos que le fueron encomendados por el Padre. Esta salvación reposa garantizada en la cualidad de su nombre, por efecto de sus méritos, yace en sus manos y en las manos del Padre.

César Paredes

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