La vida dedicada a la religión y a la moralidad puede ser algo inútil, aunque se tenga conocimiento de las Escrituras. Después que el Señor llamó a Saulo para que lo siguiera, el transformado Pablo comprendió que su vida anterior de fariseo tenía que lanzarse a la basura. Pese a su formación a los pies de Gamaliel, el apóstol demostró que su antiguo celo por el Dios conocido no era conforme a ciencia. Supo Pablo que él estaba agregando algo más a la justicia de Dios, como si sus obras lo ayudaran a ser aceptado. Estuvo envuelto en una falsa religión, a pesar de conocer las antiguas Escrituras y de rendirle devoción al Dios de Israel.
Sus colegas fariseos de su tiempo siguieron en su tradición de guardar la ley sin la comprensión de lo que significaba la justicia de Dios. Se comparaban con aquellos que tenían menor justicia que ellos y de esa manera sentían confort al pensar que Dios los valoraría en diferente y mejor manera. Pablo concluyó que aquellos que no tienen el conocimiento de la justicia de Dios están muertos, a pesar de su enorme celo por la divinidad (Romanos 10:1-4).
La justicia de Dios se revela en el Evangelio (Romanos 1:17), lo cual trae la consecuencia de confesar un evangelio que no avergüenza. Dios es un Dios justo que justifica al impío, de manera que envió a su siervo justo (el Cristo) para que sea conocido y su pueblo pueda ser justificado. Cuando uno conoce a Jesucristo reconoce su doctrina, el cuerpo de enseñanzas que dictó en esta tierra. Su Evangelio fue conocido por los apóstoles para ser anunciado por ellos como palabra incorruptible. De esa primera mano arranca el conocimiento de las Escrituras, de la pluma de todos los santos hombres de Dios que fueron inspirados para legarnos sus maravillosos documentos.
Conviene escudriñar la Biblia, ya que nos parece que allí está contenida la vida eterna. Si uno no conoce a Cristo no puede llegar a ser justificado (Isaías 53:11). Conocerlo a él implica entender lo que dijo respecto al Padre, a los elegidos para el reino de los cielos, así como al propósito de su muerte expiatoria en pro de sus ovejas. El buen pastor dio su vida por las ovejas, no por los cabritos; el buen pastor rogó por los que el Padre le había dado y le seguiría dando a través de la palabra expuesta por medio de aquellos primeros creyentes (los apóstoles o discípulos), pero no rogó por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9 y 20).
La práctica religiosa puede generar jactancia, en la medida en que comprendemos nuestros esfuerzos como más dignos que los de otros. Pero esa jactancia queda excluida en la justicia de Dios, anunciada por la ley y los profetas. Un denominador común nos iguala a todos los miembros de la raza humana: Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Sabemos que los que somos justificados lo somos gratuitamente por su gracia (Romanos 3:24). Esa redención vino a hacer Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre (Romanos 3:24).
Propiciar es apaciguar, ganar la benevolencia de alguien; por fortuna, Jesucristo vino para ser el Mediador entre Dios y la raza humana, pero no todos forman parte de sus ovejas (Juan 10:26). De nuevo, uno vuelve a la ley y al testimonio, cuando mira el propósito de esa propiciación alcanzada. No puso Dios a su pueblo para ira, sino para misericordia; no todo el que le diga Señor, Señor, al Cristo, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad del Padre. Esa voluntad está expresada en el Evangelio de Juan, cuando dice: Y serán enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí (Juan 6:45).
Resulta indispensable ser instruidos por Dios, para poder ser enviados por el Padre al Hijo. De esa manera estamos seguros que quien a Cristo va no será echado fuera. Pero ese que va a Cristo sabe que el Señor dijo que nadie podía venir a él si no le fuere dado del Padre. Vemos por las Escrituras que el Faraón de Egipto no fue enviado por el Padre al Hijo, ni Esaú, ni ningún otro réprobo en cuanto a fe. Ese punto se torna decisivo a la hora de aceptar pacíficamente la doctrina de Jesucristo.
Muchos de sus discípulos se volvieron atrás porque no soportaron las duras palabras del Señor. Ellos resultaron ofendidos con sus enseñanzas, como se relata en el Capítulo 6 del Evangelio de Juan. Pese a la estampida que se avecinaba el Señor no refrenó sus palabras sino que las reiteró, diciéndolas varias veces, así que su énfasis nos enseña que esa parte de su doctrina amerita ser aprendida y conocida.
No podemos ser justificados sin el conocimiento del siervo justo, pues ¿cómo se invocará a aquel de quien no se ha oído? Si uno ignora la justicia de Dios (Jesucristo en su redención) se colocará la justicia propia como medio propiciatorio. Entonces, la suma de la justicia de Dios más la del hombre anulan por confusión la pureza de lo que Dios exige. Jesús dijo en la cruz que su trabajo había sido consumado, a lo cual debemos responder con la comprensión de que no podemos agregar nada de nuestra parte. No nos eligió el Padre porque vio algo bueno en nosotros, porque no hubo nunca alguien justo ni quien buscara al verdadero Dios.
La diferencia entre Esaú y Jacob subyace en el que elige; es el Elector Supremo el que forma el barro para realizar un vaso para deshonra y otro para honra. A Jacob amé, pero a Esaú odié, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9:11-18). De allí que no puede haber jactancia, ya que vamos por la ley de la fe, sabiendo que esta fe es un regalo de Dios porque no es de todos la fe (Efesios 2:8; 2 Tesalonicenses 3:2). Por eso decimos una vez más que es el trabajo de Cristo solamente lo que redime a los escogidos del Padre.
El arrepentimiento para perdón de pecados se obtiene como un regalo de Dios. Así que hemos de hacer como Pablo, el cual se arrepintió de su celo por Dios sin conocimiento de la justicia de ese Dios. Él consideró vana toda su religión anterior, la tuvo como pérdida por el amor al conocimiento de Cristo. Muchos dicen creer en la doctrina de la gracia enseñada por el Señor, pero jamás se arrepienten de su religión anterior porque piensan que como tenía el apellido de cristiana eso va bien. Incluso hay pastores que no bautizan a sus feligreses si antes fueron bautizados en una religión del Baal-Jesús. Sostienen que como se bautizaron en el nombre de Cristo (en tanto anticristo) viene a ser suficiente, con lo cual siguen en la ignorancia de la justicia de Dios.
Creer en un sistema mixto de gracia con obras significa no creer en el Cristo de las Escrituras; los tales la han torcido para su propia perdición, dándose a la interpretación privada de ellas. El creyente se abraza al verdadero Evangelio de salvación que está condicionado solamente en el trabajo de Jesucristo. ¡Cuán importante resulta conocer lo que Cristo vino a hacer en la tierra! Vino a dar su vida en rescate por muchos, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). Los que tuercen ese trabajo procurándolo para todos, sin excepción, permanecen en la ignorancia de la justicia de Cristo. Nuestro amor se manifiesta ante ellos en cuanto les decimos que así no hay paz, que eso no es bueno ni dulce. Ese sistema de creencias de gracia más obras forma parte de la doctrina del extraño, del evangelio anatema enseñado por los maestros de mentira.
César Paredes
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