La Biblia nos asegura que Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Sin embargo, uno también lee que Dios se arrepintió de haber hecho al hombre (Génesis 6:6). Por igual leemos que Dios se arrepintió de haber nombrado rey a Saúl, porque él le había dado la espalda a Jehová (1 Samuel 15:11). Y lo más curioso es que en el mismo libro de Samuel y mismo capítulo se muestran los dos textos como si uno desdijera del otro; de hecho, en 1 de Samuel 15:29 está la referencia del Dios que no miente ni se arrepiente.
Esa afirmación del Dios que permanece en su voluntad se había escrito en Números 23:19, de manera que el escritor bíblico tiene su base para reafirmarlo posteriormente. Si miramos el verbo arrepentir tenemos que pensar en un cambio interno de actitud respecto a un hecho, una conducta, una decisión. Por ejemplo, si un pecador se arrepiente Dios puede perdonarlo. De esta manera, el arrepentimiento para perdón de pecados implica ese cambio de actitud que provoca la transformación de mentalidad en el pecador.
Dios está airado contra el impío todos los días (Salmos 7:11), lo que nos hace suponer que Dios no se arrepiente de tener esa actitud contra la impiedad y los que no han sido redimidos, ya que Él es santo. Sin embargo, cuando uno de sus elegidos se arrepiente Dios cambia también en su pago justiciero. En cuanto a sus hijos, la Biblia afirma que Dios al que ama castiga, y azota a todo aquel que tiene por hijo. Resulta obvio que cuando el hijo se arrepiente Dios puede interrumpir la disciplina, lo cual se traduce en un arrepentimiento divino de lo que estaba realizando. Así que no se ve contradictorio el hecho de que Dios se arrepienta de algo, puesto que lo que anuncia es un cambio interno por la conducta externa de alguien.
Muy fácil, arrepentirse no siempre implica un lamento por haber hecho algo, como quien se lamenta por sus pecados. A veces, arrepentirse tiene otro sentid. Resulta lógico que si el hombre está en una relación dinámica con Dios como Creador, esa relación de diálogo se da también por medio de estímulos y respuestas.
En la pedagogía del pecado y la ley se puede observar tal dinamismo. Ante un hecho punible la ley castiga de acuerdo a lo estipulado, pero ante un arrepentimiento oportuno la ley concede ciertos privilegios. Dios habla con su profeta y le dice que no quiere la muerte del impío, sino que se arrepienta y viva. Anuncia que cada quien pagará por sus pecados, para que abandonen la queja de que fue por culpa de los padres o antecesores que los hijos tienen dentera (Ezequiel 18).
Aunque Dios es grande en misericordia, su justicia no se sacrifica. La Biblia también dice que Dios ha hecho todo cuanto ha querido (Salmos 115:3), y que el afecto de su voluntad impera (Efesios 1:5). No podemos imaginar a un Dios contradictorio, alguien que lamenta aplicar su justicia. En el caso de Ezequiel se debe observar que no hay una referencia absoluta sino circunstancial a un caso específico, cuando Dios responde sobre el refrán en Israel, el que dice que los padres comieron las uvas agrias, y los hijos tienen la dentera. Dios tiene placer también cuando aplica su ley para castigar, ya que de esa manera cumple su palabra siempre respetable. Dios honra su palabra que es verdad.
En Pedro y Judas vemos la ilustración de lo expuesto por Ezequiel; Pedro fue un hombre justo (justificado por la fe), pero pecó al negar al Señor. En ese momento actuó como impío, pero Dios no quiso su muerte sino que le dio arrepentimiento para perdón de pecados (Jesús había orado por Pedro para que su fe no faltara). Judas, por su parte, aparentaba ser un hombre justo, pero se apartó del camino de la justicia. Por lo tanto, cometió iniquidad, de acuerdo a las abominaciones del hombre inicuo. Por supuesto que no vivirá, por lo tanto otro tomó su oficio y sus hijos quedaron huérfanos como dijera el Salmo que habla de su maldición. Estos son los casos de los justos en su propia opinión, con apariencia de piedad que niegan su eficacia.
En ningún momento ese texto expone que Dios desea algo que no puede alcanzar, que anhela que el impío en general se vuelva de su camino, pero que queda frustrado si no lo hace. Eso no sería congruente con el Dios que ha hecho aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Entonces, hemos de ver que Dios no quiere que los malos preparados como vasos de ira para destrucción se vuelvan atrás. De seguro Dios hablaba con su profeta en relación con sus impíos, aquellos que formaban parte del pueblo de Israel. No obstante, esa muerte puede presumirse física, porque en ocasiones la ley castigaba con esa pena capital a algunos malhechores. Así que Jehová le dice a Ezequiel que no desea que el impío muera en su pecado pero que si continúa con la impiedad de seguro morirá.
A Judas Iscariote lo dejó en su maldad, como había sido predeterminado, para que se cumpliera la palabra profetizada. En cuanto a Judas no se dice que Dios no quiso su muerte impía, sino más bien se le dijo que hiciera pronto lo que tenía que hacer. Por lo visto, no conviene sacar los textos de sus contextos, para trasladarlos al lugar en que apoyen una teología que la Biblia no respalda. Juan el apóstol nos habla de los hermanos que cometen un pecado de muerte, por los cuales él no desea que se pida. Si los llama hermanos debe ser que morirán físicamente, como un castigo del Padre, pero que no morirán espiritualmente. Lo mismo acontecía en Corinto, cuando Pablo le escribía a la iglesia sobre la dignidad en la comunión de la Cena del Señor. Refirió que algunos andaban enfermos por la mala actitud, mientras otros dormían (habían muerto).
La teología del mandato y del decreto puede resolver la duda que tuviera alguien si leyera en forma superficial esos textos. Otro ejemplo lo tenemos en Jeremías 18, cuando Dios usa la metáfora del Alfarero que trabaja con el barro. Habla del Dios que puede destruir una vasija de barro rompiéndola, para hacer otra nueva. Ese Israel fue amonestado con el modelo de los pueblos que Dios destruía por sus fechorías, de manera que el pueblo de Dios comprendiera que también podrían aquellas naciones hostiles llegar a arrepentirse de hacer sus maldades. En ese caso, Dios cambiaría el castigo destructivo para hacerles el bien a esos pueblos. Visto así, la Biblia habla del arrepentimiento de esas naciones paganas que llevarían al arrepentimiento (cambio de efecto) de parte de Dios.
El hecho de arrepentirse el Dios Soberano no presupone un lamento y congoja por lo que haga o no haga Jehová, sino que indica un intercambio para con los pecadores. Los que estaban ligados al castigo que podía ser eliminado, podrían recibir el obsequio del perdón por parte del Señor. Y de nuevo, si aquellos impíos se volvieren al mal, Dios se arrepentirá (se apartará de hacerles el bien) para volver a hacerles el mal (darles un castigo). Se trata de un dar y recibir a cambio, de una prestación y contraprestación, en vías de fomentar la pedagogía divina para que Israel entendiera que no debía volverse arrogante. Cuando el escritor bíblico dice que Dios se arrepintió de haber hecho al hombre, no lo veamos como un lamento por alguna frustración, simplemente entendámoslo como un anuncio de cambio en cuanto a que no los dejaría vivir en esa violencia que colmaba la tierra. Asimismo, el texto de Ezequiel deja ver cierta ironía en relación a los justos israelitas que acusaban a Dios de no ser equitativo, por lo cual manifestaron la queja de que eran castigados por los pecados de sus padres. Ellos se presumían sin pecado, mientras señalaban a Dios como injusto. Por eso Dios les responde de esa manera, como si hubiese gran justicia en medio de su pueblo acostumbrado a hacer el mal.
Volviendo a la teología del mandato y del decreto, diremos que Dios ordena una ley para que la gente actúe en consecuencia. Por supuesto, al igual que Adán quebrantó el mandato impuesto, los demás seres humanos delinquen a diario. Vemos que la ley se cumple y se quebranta, pero en cuanto al decreto divino no podemos decir lo mismo. Los decretos de Dios tienen que cumplirse (todo lo que ha ordenado desde el principio). El Padre había ordenado al Cordero (su Hijo) a quien preparó para la inmolación, desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). En virtud de ese decreto uno tiene que comprender que Adán debía quebrantar el mandato y comer del árbol prohibido, para que el Cordero pudiera actuar como Redentor y llevar la gloria que tiene en tanto él es la justicia de Dios, así como nuestro Mediador y Salvador.
Dios no se lamenta, sino que todo cuanto quiso ha hecho. La Biblia nos dice que si alguno se lamenta, que lo haga por su pecado. Si recibimos el arrepentimiento para perdón de pecados, Él será amplio en perdonar (se arrepentirá, sin lamento alguno, para no condenarnos). Pero el que no cree, ya ha sido condenado (y Dios no se arrepentirá de la condenación reservada para los réprobos en cuanto a fe).
César Paredes
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